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El Centinela | Portland, OR Domingo, 30 de Abril de 2017

Inicio : Comunidad y Fe : Columnas Anteriores Arzobispo John Vlazny 30 de Abril de 2017

17 de Febrero de 2012 2:21:00 PM
La misión evangelizadora empieza aquí

Arzobispo John Vlazny


Hace poco un Ministro de Portland fue honrado por revitalizar la vida de fe de su comunidad y por ser un buen líder de su iglesia. Siempre es una buena noticia cuando un compañero es honrado. Pero me quedé decepcionado cuando me enteré de que este hombre de Dios fue reconocido porque él estaba reinventando el cristianismo en una “Portland postreligiosa”. Para mí, esto es penoso.

No reinventamos el cristianismo. Esta fe y esta Iglesia, antiguas y nuevas al mismo tiempo, son tesoros que han sido pasados a nosotros por varias generaciones antecesoras. La historia del cristianismo tuvo sus raíces en un país pequeño en el Oriente Medio hace 2.000 años en la persona de un predicador itinerante que se llamaba Jesús.

Él conmovió a muchas personas, perdonó a los pecadores, sanó a los afligidos y pagó el mayor precio por todos cuando murió en la cruz. Pero la historia no se acabó el día de su muerte. Sabemos que él resucitó después de tres días y que encargó a los discípulos llevar a cabo su trabajo de edificar el Reino de Dios aquí en la tierra. Las estrategias para edificar ese Reino varían según la época y el lugar, pero eso no es una reinvención del cristianismo. Es la proclamación de la Buena Nueva y el llamado a la conversión llevado a cabo en los tiempos y circunstancias de los individuos. No hubo una reinvención de la vida virtuosa a la que todos estamos llamados.

Hasta la expresión que se refiere a una “Portland postreligiosa” es equivocada. De muchas maneras vivimos en una Portland pre-religiosa. La misión evangelizadora acaba de empezar aquí. Muchas personas se mantienen a distancia de la iglesia e incluso de Dios, pero no podemos culparlos. Simplemente no han experimentado un encuentro significativo con las verdades y los valores del cristianismo. Es difícil rechazar lo que uno no conoce.

Vivimos en una época muy laica, un mundo aparentemente distanciado del Dios que nos hizo, nos ama y desesperadamente quiere salvarnos. En estos momentos oscuros es precisamente cuando algunas personas piensan que necesitan reinventar el cristianismo o que la época de la creencia religiosa se ha terminado. Durante estos tiempos, estos eslóganes pegadizos y dichos ingeniosos seducen y engañan a muchos y ellos se extravían en su búsqueda de una vida mejor, la cual, según ellos, solamente se encuentra ahora mismo, porque ellos no piensan en el futuro.

Pero para nosotros, que somos personas de fe, todavía esperamos una época mejor. Sabemos que Nuestro Señor camina con nosotros. A pesar de la oscuridad y las dificultades, seguimos adelante sin miedo. Jesús vive y está con su Iglesia.

El beneficio de los retiros
En enero pasado los Obispos del Noroeste tuvimos nuestro Retiro Anual. Este año el Obispo Emeritus Sylvester Ryan de Monterey fue el director. Él nos guió por medio de algunas meditaciones inspiradoras y ejercicios espirituales. Para mí, esta semana siempre es muy importante en términos de examinar mi propio corazón y mi vida de oración y hacer los cambios necesarios para porder servir a las personas de nuestra Iglesia local.

Un retiro es una oportunidad de pasar tiempo con Dios. El mismo Jesús invitó a sus propios discípulos a pasar un tiempo así cuando les dijo, “Vengan, ustedes mismos, en privado, a un lugar solitario, y descansan un poco”.

Mientras que los jóvenes en nuestras parroquias se preparan para la Confirmación en la primavera, espero que ellos también encuentren oportunidades para reflejar las bendiciones en su vida, tanto como los obstáculos y la gracia que los pecados y el egoísmo traen a sus vidas. Hay muchas casas de retiro por toda la Arquidiócesis y les invito a todos a ir de retiro también, para que puedan pasar un tiempo de reflexión con Dios.

El legado de Martin Luther King
El mes pasado celebramos la vida del Dr. Martin Luther King, Jr., el líder que trabajó tanto por los derechos civiles y fue asesinado hace casi 44 años. Sin embargo, lo que él logró durante su corta vida sigue siendo extraordinario hoy en día. A los 33 años, él luchó por la igualdad y los derechos civiles en todo el país.

A los 34 años, él emocionó a los americanos con su discurso “Yo tengo un sueño”. A los 35 años, ganó el Premio Nobel de la Paz. Y a los 39 años fue asesinado, pero el legado de su sueño de igualdad racial sigue en desarrollo entre nosotros.

Su compromiso con la justicia social no era un simple resultado de sus convicciones políticas personales. Él respondía a un llamado que él, un hombre muy religioso, recibió de Dios, lo cual le permitía aguantar el racismo, la persecución, el rechazo y, al final, la muerte.

El Dr. King habló claramente y sus hechos justificaron sus palabras. Él afirmó que un cristiano no puede aplaudir todo que hace el gobierno. Tampoco se puede callar frente a todo que hace una Nación.

A menudo no sabemos cómo reaccionar frente a una tragedia; no sabemos qué hacer
enfrentados con los grandes males que han permanecido por tanto tiempo en nuestra cultura. A veces cuando escuchamos los gritos de los pobres, les damos dinero para ayudarlos. Somos generosos, pero vacilamos al responder a las preguntas difíciles, como, ¿por qué son pobres los pobres? ¿Se tolera la violencia hoy en día porque el cambio nos da miedo? ¿Por qué muchos de nuestros hermanos y hermanas no quieren apoyar una reforma migratoria?

Estas preguntas requieren respuestas y no se dará ninguna respuesta hasta que las personas se hablen entre sí, con sinceridad, sobre las demandas de la justicia. Como el Dr. King, hemos sido llamados, por medio de nuestro Bautismo, a causar un impacto positivo en el mundo de hoy.

Los Obispos a favor de los Inmigrantes

Durante la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, los obispos hispanos de los Estados Unidos mandaron una carta a nuestras hermanas y hermanos migrantes. Escribieron para asegurar a todos los inmigrantes, especialmente a los que no tienen los papeles adecuados para vivir y trabajar en los Estados Unidos, que no están solos ni olvidados.

La carta dice: “Les abrimos nuestros brazos y nuestro corazón y los recibimos como miembros de nuestra familia católica”. Me gustaría creer que así son los sentimientos de todos los católicos de esta Arquidiócesis. Ciertamente son los míos. Pero sé que todos los católicos no están de acuerdo.

En vista de la crisis económica, ahora es difícil abrir nuestros brazos y corazones tanto a todos los necesitados. Debido a esta situación muchos de los ciudadanos de los Estados Unidos parecen despreciar a los inmigrantes, y los culpan de la crisis. Los obispos hispanos y latinos nos recuerdan que sembrar el odio no nos lleva a remediar la crisis. El remedio se encontrará en la solidaridad entre todos los trabajadores y colaboradores—inmigrantes y ciudadanos—que conviven en los Estados Unidos.

Proveer la hospitalidad a los necesitados, en particular a los migrantes y los que se encuentran lejos de sus hogares en situaciones vulnerables, es nuestra responsabilidad como cristianos.

La reforma migratoria ha estado en el orden del día del Congreso de los Estados Unidos por varios años. Nuestro fracaso de aprobar una reforma migratoria comprehensiva conlleva graves consecuencias para la mayoría de nuestras hermanas y hermanos. Nuestro país no es el único que se enfrenta con este problema, pero el nuestro probablemente está mejor preparado que los otros, para resolver la situación.

Hay demasiados hombres, mujeres y niños que viven con miedo sin saber lo que les espera en el futuro, porque todavía no hay un remedio que aborde su realidad de migrantes.

Además, hay un grupo de individuos que no tiene la culpa de su estado como “indocumentados”. Me refiero a los niños. Muchos de ellos vinieron aquí como bebés. Han sobresalido en la escuela y tendrían un futuro prometedor si su estado fuese legalizado.

Se propuso el proyecto de ley SB 1070 (conocido en inglés como el Dream Act) para beneficiar a los estudiantes migrantes que crecieron aquí en este país, que se graduaron de una preparatoria aquí y que pudieron demostrar buen carácter moral. Las encuestas de hace un año sugirieron que el 70 por ciento de nuestros conciudadanos apoyaban lo estipulado por el Dream Act. Pero hasta ahora este proyecto de ley sigue en el limbo.

Los que se oponen a la reforma migratoria no se acuerdan de un hecho básico: la mayoría de los migrantes ilegales no han venido a este país porque prefieren estar aquí en vez de su país natal. Vienen porque necesitan encontrar un trabajo para apoyar sus familias y, a pesar del mal estado de nuestra economía, la situación aquí es aun peor en otros países, especialmente al sur de la frontera.

Muchos de los migrantes que vienen aquí hacen los trabajos más difíciles, con sueldos miserables y sin seguro de salud o prestaciones salariales o sociales. A pesar de sus contribuciones al bienestar de nuestro país, en lugar de ofrecerles gratitud, se les trata como criminales porque han violado una ley de inmigración injusta.

También sufren mucho porque son separados de su tierra y sus familias. La situación empeora cuando un miembro de una familia que ha venido aquí es detenido y deportado. Un número incontable de jóvenes adultos ha crecido aquí ilegalmente en este país pero como no conoce otra tierra o cultura, considera este país su hogar. Sin embargo, cualquier sueño que tiene para un futuro prometedor es truncado por su estatus migratorio. Nosotros que somos gente de fe tenemos que cuestionarnos y mirarnos para ver si hay algo de desgana en nuestro corazón para deshacer este agravio.

Los Obispos Católicos han sido los pioneros en proponer una reforma migratoria comprehensiva. Los elementos importantes de nuestra propuesta incluyen la posibilidad de legalizarse para muchos de los inmigrantes; un programa para trabajadores que ayudaría a los trabajadores nacidos en el extranjero a entrar en este país sin peligro; una reforma migratoria basada en las familias, la cual permitiría un aumento en el número de las visas disponibles para una familia y reduciría el tiempo de reunificación de las familias; la restauración de los derechos que les fueron quitados por ley en 1996; descubrir y buscar soluciones para las causas principales de la migración por afrontar la necesidad del desarrollo económico sostenible en los países de origen; y la aplicación legítima por parte de nuestro gobierno de medidas legales que permitan a los migrantes entrar entrar, vivir y trabajar aquí.

Eso permitiría que la policía se enfocara en los individuos que verdaderamente amenazan a la seguridad del público, por ejemplo los traficantes de drogas y seres humanos, contrabandistas y posibles terroristas.

Todos somos hijos de Dios, cada uno de nosotros bendecidos por Dios con dignidad y derechos básicos. Les animo a todos a ser más sensibles a las necesidades de los migrantes entre nosotros, especialmente los que actualmente son indocumentados. Les ruego a los migrantes que no se desesperen. La Iglesia católica promete luchar por los migrantes. Que todos abramos nuestros brazos y nuestros corazones aun más a todos con que convivimos en los Estados Unidos.

*Traducción de Katy Devine.

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