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13 de Diciembre de 2012 5:23:00 PM
El Adviento nos prepara a todos para la Navidad

Arzobispo John Vlazny


El Tiempo de Adviento es más corto este año, pero todavía hay tiempo suficiente para renovarnos y crecer espiritualmente. Este año el Tiempo de Adviento cae durante el Año de la Fe que nos ha pedido observar el Santo Padre. Nos da una maravillosa oportunidad de responder al desafío que se nos presenta al pueblo católico durante este año especial. Es obvio que entre el 11 de octubre de este año y la solemnidad de Cristo el Rey (el 24 de noviembre de 2013), necesitamos fortalecer nuestra amistad con el Señor Jesús. Pero nos enfrentamos con el reto más grande del trabajo de la Nueva Evangelización. Necesitamos hacer lo que podamos para ayudar a nuestros parientes, amigos y vecinos que tienen una relación con el Señor más o menos tibia y renovar su relación con Cristo y la Iglesia.

Durante el Adviento preparamos nuestro corazón de nuevo para la llegada de Cristo. Que este momento de su llegada sea de una  gracia total y amplia durante este Año de la Fe, mientras que nos lanzamos a hacer las buenas obras de la Nueva Evangelización.

 

De rodillas

Hace unos años, el Cardenal Cahal Daly de Irlanda observó: “Si queremos que la Nueva Evangelización tenga éxito, necesitamos empezar de rodillas. La Iglesia de Irlanda está de rodillas en la tierra. Quizás allí la Iglesia está en plena forma”. Es verdad que la Iglesia de la tierra de tréboles y duendes lo estaba pasando mal. Muchos de los católicos se sintieron humillados y alienados entonces. Ahora muchos se sienten igual en los Estados Unidos. Aquí también tenemos que emprender el trabajo de la Nueva Evangelización y de rodillas.

El verano pasado invitamos a nuestro pueblo católico a observar una Quincena por la Libertad. Entonces sentimos la necesidad de oración y acción en defensa de la libertad religiosa en nuestra propia nación. La quincena se movió mayormente por el mandato del Departamento de Salud y Servicios Humanos que requiere que los empleadores católicos incluyan los anticonceptivos, esterilización y drogas abortivas en sus planes de seguro médico.

Es una violación seria de la libertad religiosa cuando un gobierno se apropia del papel de decidir cuales actividades son apropiadas para una iglesia. Resulta en una violación de derechos que, lamentablemente, muchos todavía no reconocen, incluso algunos de nuestros propios católicos en las diversas ramas del gobierno. Todavía no han hecho mucho progreso hasta ahora con el intento de cambiar la exención de las instituciones religiosas.

El trabajo de edificar el Reino de Dios de paz, justicia y amor aquí en la tierra es, ante todo, el trabajo de Dios. Tenemos que enfrentarnos con mucho de este trabajo de rodillas.

 

Una Casa Dividida

Ya han pasado las elecciones pero ha quedado la división.

Ahora parece que hay una división seria entre los católicos que son pro-vida y los que abogan por la justicia social. El primer grupo se considera conservador y el segundo, liberal. Nos dicen que los católicos pro-vida se preocupan por el aborto legalizado, los matrimonios entre personas del mismo sexo y el requisito de que las instituciones de la Iglesia tengan que proveer los anticonceptivos y las drogas abortivas para los empleados en los planes de seguro médico. De la otra mano, los católicos que abogan por la justicia social se preocupan principalmente sobre algunas reformas fiscales que, según ellos, van en contra de los valores católicos porque dañan a los pobres.

Un tercer grupo político que no se reconoce tanto parece acercarse a las decisiones políticas con la  base de lealtad al partido, los intereses personales y de grupo, y la simpatía de los candidatos según los presentan los medios de comunicación.

Durante muchos años ha habido dos partidos principales: los Demócratas y los Republicanos. Durante los años que pasé en el seminario, aprendí mucho sobre la doctrina social de la Iglesia católica y al final me sentía más cómodo con el partido Demócrata. Como ciudadano de Chicago, el día de las elecciones, voté por los demócratas sin preocuparme de los candidatos individuales. Me pareció entonces que este partido sirvió mejor a los intereses de todos los ciudadanos.

Para mí, todo esto cambió cuando mi partido dejó de abogar y proteger la dignidad de los individuos y lo sagrado de cada vida humana. La consideración de que el aborto fuera una solución a los problemas personales y sociales fue algo que me chocó bastante. El pensamiento de que los más vulnerables eran prescindibles y que eliminarlos era dar un paso adelante para el bienestar de la sociedad no me pareció una buena solución a los problemas que resultan de la pobreza, una población creciente y la promiscuidad. Después de todo, el aborto es un acto violento contra una vida humana naciente.

Uno de los problemas mayores para los católicos es que ninguno de los partidos políticos aboga por todos los aspectos de la doctrina social de la Iglesia católica. La dignidad de cada persona no es un principio que los católicos abrazan simplemente por medio de la fe. Como personas tanto de fe como de razón, sentimos la necesidad de llevar esta verdad esencial (sobre la vida y la dignidad humana) al foro público. Jesús nos dio el mandamiento de amar los unos a los otros. Así que hacemos lo que podemos para promover el bienestar de todos, para compartir nuestras bendiciones con los necesitados, defender el matrimonio y proteger la vida y la dignidad de todos, especialmente los débiles, los vulnerables y los que no tienen voz.

Desafío a todos los católicos que se encuentran en cualquier de los grupos a considerar si no hay otra manera de abrazar toda la doctrina social de la Iglesia católica sin tener que ponerse a escoger. Francamente, mientras que leo las opiniones de los dos grupos, me veo obligado a ser católico con el grupo pro-vida, no con los que abogan por la justicia social. Pienso que los que son pro-vida están más dispuestos a implementar todos los aspectos de la doctrina social de la Iglesia católica, pero que tienen soluciones inadecuadas para muchos de los problemas que van más allá de los asuntos de la vida. De la otra mano, los católicos que abogan por la justicia social parecen estar muy cómodos con una indiferencia completa  acerca de la protección de cada vida humana, desde la concepción a la muerte natural.

Todos los aspectos de la doctrina social de la Iglesia católica son importantes, pero hay prioridades. Nunca se puede tolerar la muerte de una vida humana. Pero se puede abordar la asistencia a los pobres y los enfermos de mil maneras, aunque haya que reconocer que algunas de estas son inefectivas.

Ya no me siento cómodo afiliado a alguno de los partidos políticos. Así que, yo también me tengo que poner a escoger. No me refiero a la doctrina, sino que a los candidatos que servirán mejor al bienestar de la familia humana entera, según mi opinión. Por ahora, no nos queda más remedio que orar por nuestros líderes elegidos. Que sirvan de forma responsable a las demandas del respeto a la vida humana, la justicia verdadera y la paz, tan necesaria  entre el pueblo de Dios.

 

Contando las bendiciones

Mientras que se acerca el fin de mi ocupación como Arzobispo aquí en el oeste de Oregón, ofrezco mi propia letanía de agradecimiento. Cuando pienso en los años pasados, y este año en particular, la verdad es que tengo que saber contar bien alto si voy a llegar a dar las gracias por todas mis bendiciones.

Le doy las gracias sinceras a Dios por las muchas maneras en que me ha bendecido: mi vida, mi fe, mi vocación al ministerio ordenado, mi familia, mis amigos, mis colaboradores, mi salud, mi casa, e incluso los momentos en que he fracasado, los cuales me ayudan a no pensar demasiado en mi mismo. Jesús mismo nos dio la oración perfecta de agradecimiento con la Eucaristía. Es cierto que el privilegio de celebrar la Misa cada día ha sido la bendición más grande de toda mi vida.

Claro que doy las gracias por mi familia y mis amigos. A veces es fácil aprovecharnos de ellos y olvidarnos de su importancia en nuestras vidas. Espero no haberlo hecho.

Doy las gracias a Dios por las personas maravillosas con quienes he trabajado aquí como Arzobispo, tanto como las que están en el sur de Minnesota y Chicago.

La Catedral de la Inmaculada Concepción ha sido mi parroquia. He disfrutado del apoyo y la amistad de todos los feligreses, pero especialmente tengo que mencionar a los tres buenos pastores que han servido allí durante mi ocupación. También menciono al empleado de la parroquia que siempre me ha tratado como parte del equipo aunque no podía estar allí siempre que quería. Celebrar la liturgia en la catedral ha sido una verdadera gracia. El coro estupendo, la bella iglesia renovada, la participación activa de los feligreses y los visitantes y mucho más, elevan mi espíritu y me hacen sentirme orgulloso de nuestra iglesia la Catedral.

Luego, me quedan muchos recuerdos. Justo en este año, recuerdo con una profunda gratitud el peregrinaje maravilloso que hice a  Tierra Santa y las 96 personas que nos acompañaron en este viaje sagrado. Me acuerdo de todas las ordenaciones al episcopado, el sacerdocio y el diaconado que tuve el privilegio de celebrar durante el año 2012.

La simpatía, el entusiasmo y la esperanza de nuestros 42 seminaristas en el Seminario de Monte Ángel, el Pontificio Colegio Norteamericano en Roma, el Seminario de San Patricio y la Escuela de Teología del Sagrado Corazón, siempre me dan mucha esperanza en el futuro de nuestra Iglesia.

Mirando hacía atrás después de todos los años, hay algunos días que sobresalen. Uno de los mejores fue el 25 de junio de 2000, cuando celebramos el don de nuestra fe en el Coliseo de Portland. Fue un evento que duró todo el día donde participamos 10.000 personas y iniciamos el Tercer Milenio de la evangelización católica.

También me acuerdo de los dos años, nueve meses y once días de la quiebra de la Arquidiócesis, desde el 2004 hasta el 2007. Aunque fueron años difíciles, no fueron los peores que hemos pasado. A veces el dolor y el sufrimiento nos unen y nos ayudaron a reconocer un gran espíritu de solidaridad entre las parroquias y los feligreses.

Por último, si bien no menos importante, le agradezco a Dios por el gran don de nuestra libertad religiosa, un tesoro que ya no podemos dar por supuesto. El laicismo creciente de esta época nos amenaza. Queridos amigos, no teman de ser como son —discípulos de Jesús, hermanas y hermanos de Cristo y miembros felices y orgullosos de la Iglesia católica del oeste de Oregón. ¡Que Dios los bendiga! 

*Traducción de Katy Devine.



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