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12 de Mayo de 2017 2:42:00 PM
Claudia Raffaele, inmigrante y profesora es inspiración de sus hijos
Cortesía álbum familiar
Claudia Raffaele con su hijo Eddie, el mismo día que obtuvieron su Máster en George Fox University en Newburg en 2011.
Cortesía álbum familiar
Claudia Raffaele con su hijo Eddie, el mismo día que obtuvieron su Máster en George Fox University en Newburg en 2011.
Dios me bendijo con tres hijos

En 1994 cuando se mudó a Portland, Raffaele tuvo otro hijo, Jean-Luc, y lentamente construyó su carrera educativa, trabajando como profesora asistente en el Distrito Escolar de Beaverton. Su firmeza y tenacidad le abrieron las puertas. También los hicieron las manos colaboradoras de los administradores del colegio Jesuita. Eddie añoraba con asistir a este colegio en Portland, pero el presupuesto de madre soltera de Raffaele no lo permitía. Los administradores del colegio Jesuita no sólo encontraron la forma de matricular a Eddie, sino que además le dieron a Raffaele un trabajo como profesora de verano, el cual eventualmente se convirtió en un trabajo de tiempo completo.

Determinada a enviar a sus tres hijos al colegio Jesuita, Raffaele llegó a tener hasta tres empleos, trabajando como traductora y los fines de semana en Fred Meyer. 

Hogan se refiere a la maestra de español como “la piedra angular de nuestra facultad”. Ella ha estado durante 17 años en el colegio. Sin embargo, al entrar en su aula de clases nada en su enfoque es rutinario. Su energía es contagiosa, aún para el estudiante avergonzado porque no sabe la respuesta y su compañero que parece cansado después de un largo día.

Cuando no está al frente de su clase, es una estudiante. Raffaele asiste a la Universidad de Portland buscando un doctorado en educación con énfasis en neuro- educación, estudiando cómo aprenden las personas basadas en neuro-ciencia.

Si su pasado le ha dado tenacidad y la enseñanza es su vocación, el ímpetu y la inspiración de Raffaele son sus hijos.

“Se que he superado muchos obstáculos, pero Dios me bendijo con tres hijos que me enorgullecen cada día y cuyo amor me recuerda que nunca estoy sola”, dice. “Ellos son mi motivación y la razón por la que hago todo”.

En el 2011, Raffaele obtuvo su maestría en educación, casi al tiempo en que Karolyn obtuvo el mismo título y que Eddie obtuvo su Máster en Administración de Empresas.

Sus hijos están orgullosos de su madre, la mujer que soñó con convertirse en maestra desde que era una niña en Argentina y que a pesar de los múltiples obstáculos hizo su sueño realidad.

“Ella llegó a este país sin saber hablar Inglés y básicamente empezó de ceros” dice Eddie. “Es increíble ver hasta dónde ha llegado”.  

Karolyn agrega que su madre no habla mucho del pasado, pero “sus acciones hablan por sí mismas”.

“Ella ha tenido la fortaleza que mucha gente no alcanza en una vida entera”, dice. “Mi mamá me sigue enseñando algo todos los días”. 


Katie Scott
Especial para El Centinela

Claudia Raffaele conoce el miedo de haber sido detenida bajo amenaza con una arma de fuego en Argentina, el cansancio después de trabajar nueve horas en una fábrica en Los Ángeles y la preocupación y el peso emocional de cuidar tres niños como madre soltera. Sin embargo, en una tarde recientemente en el colegio Jesuit High School en Portland, el pasado de Raffaele se esfuma de la misma forma que lo hace diariamente: en su pasión por la enseñanza y en su deseo incontenible de continuar aprendiendo.  

“Claudia, como cualquier buen maestro, ama a sus estudiantes, es paciente y organizada” dice Paul Hogan, director del colegio Jesuit High School. “No obstante, lo más sorprendente es que ella está en un proceso de crecimiento constante y siempre está tratando de mejorar. “Por aquí no hay muchas personas que hayan escapado de una dictadura militar” agrega. “Diariamente, cuando pienso de dónde vino, encuentro inspiración”.

Al sentarse en la clase de español de la profesora Raffaele, se observa a una mujer de pequeña estatura que se mueve constantemente. En un momento introduce un nuevo verbo, en el siguiente recorre el salón respondiendo preguntas. Raffaele, de casi 60 años, sonríe con frecuencia a sus alumnos de su clase y esto no es sorprendente: ella vive el sueño por el que tanto luchó. 

 

‘Usted era un blanco’ 

Los padres de Raffaele crecieron en la pobreza y trabajaron duro en compañías de servicios públicos para darle a Raffaele y a su hermana, una educación católica en Argentina. 

Luchadora y motivada desde niña, Raffaele no recuerda un momento en el que no quisiera enseñar. Mientras algunas niñas jugaban a ser amas de casa, ella jugaba a ser profesora. “Sabía de memoria los nombres de mis estudiantes imaginarios, llamaba lista y les daba calificaciones”, recuerda y comparte con El Centinela.

Ella también recuerda que se burlaban de ella misma por ser pequeña, ahora mide 4 pies con 10 pulgadas. Sin embargo, como tantos otros retos, Raffaele reconoce su importancia. “Que me molestaran me hizo más fuerte, así que estoy agradecida por ello,” dice.

La mayor parte de la infancia de Raffaele fue estable, pero su país no lo era. Dos años antes de su nacimiento, Juan Perón, esposo de la legendaria Eva Duarte de Perón (“Evita”), fue exilado después de uno de los muchos golpes militares que ocurrieron. Argentina entró en un largo periodo de dictaduras militares con cortos periodos de gobierno constitucional. Mientras Raffaele continuó creciendo, la inestabilidad política siguió aumentando.

 

Guerra Sucia en Argentina

Desde 1976 hasta 1983, el país que le dio al mundo al Papa Francisco, se vio envuelto en una famosa campaña, conocida como la “guerra sucia”. La campaña, llevada a cabo por los militares en contra de los supuestos enemigos de tendencias políticas de izquierda, dejó un estimado de 10,000 a 30,000 personas muertas o desaparecidas. Muchos fueron torturados. 

Con la guerra sucia como escenario, Raffaele trató de concentrarse en estudiar para convertirse en profesora en la Universidad de Buenos Aires. 

Sin embargo, como estudiante “usted era un blanco”, dice Raffaele. Muchas veces le apuntaron con un arma, y la mandaron a tirarse en el piso. “El país pasaba por un mal momento, había muchos peligros y realmente no había futuro”, dice. 

En 1982 le dieron a Raffaele la oportunidad de venir a los Estados Unidos y ella la tomó. 

 

Empezando de Ceros

A los 25 años, Raffaele llegó a los Estados Unidos sólo con su coraje y una visa. “No sabía nada de inglés” dice. Sin embargo, no hizo una pausa en su misión de aprender. “Llegué a California un sábado y el lunes ya estaba tomando clases nocturnas (de inglés)”.

Raffaele llegó al país con quién entonces era su esposo; la pareja se divorció hace muchos años.

Eventualmente, encontró trabajo en una fábrica en el centro de Los Ángeles, a la cuál se refiere cómo un lugar con mano de obra esclava. Raffaele ganaba muy poco y trabajaba muchas horas. Tomaba tres autobuses para llegar a su turno. Todo el día cortaba hilos, y volteaba camisas al revés. La mayoría de los trabajadores eran indocumentados, y después de que se venció su visa, Raffaele también lo fue.

Cuando nació su primer hijo, fue un momento definitivo. “Pensé: ‘El es la única persona con documentos en mi vida, y por él voy a aprender este idioma”.

Raffaele se dedicó a sus estudios con más entusiasmo.Después de trabajar todo el día en la fábrica, iba a casa a cocinar para su hijo. Luego, iba a la escuela y regresaba a tiempo para poner al pequeño Eddie a dormir. Un par de años después llegó su hija Karolyn.

Hubo momentos en los que pensó en regresar a la Argentina. “Sin embargo, una noche mientras ponía a mi pequeñito en la cuna pensé: ‘No le puedo hacer eso a mis hijos. Ellos son Americanos y estamos juntos en esto’.” “Quería que tuvieran todas las oportunidades que se merecen”, agrega  Raffaele,  quién recibió amnistía bajo la reforma migratoria del Presidente Ronald Reagan de 1986 y luego se convirtió en ciudadana Norteamericana.

Raffaele fue capaz de reunir el dinero para enviar a sus hijos a un colegio Católico, pero el trabajo en la fábrica era impredecible, ya que constantemente despedían empleados cuando escaseaban los contratos. Después de que la despidieron, no sabía como seguir pagando por el colegio de sus hijos. No obstante, la parroquia necesitaba un traductor y gracias a que su inglés seguía mejorando, le ofrecieron el trabajo.

“Yo creo firmemente en que nadie puede triunfar sin la ayuda de los demás, ya que cuando estás en un… lugar oscuro, te dan la mano y te sacan de nuevo a la luz” dice Raffaele. “Yo tengo que agradecerle a muchas personas por todo lo que han hecho y todo lo que siguen haciendo por mí”.

Durante los años, ella también ha dado lo mejor de sí para pagar los favores recibidos.

 

*Traducción Ivonne Andraus. Edición Rocío Rios. Artículo publicado porCatholic Sentinel.

katies@catholicsentinel.org





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