Los muros en la Penitenciaría de Columbia River en Portland fueron recientemente pintados y los pisos encerados. La puesta en escena ocurrió el 7 de diciembre, cuando el Arzobispo Alexander Sample vino a celebrar la Misa y a darle la bienvenida a un nuevo católico. Después de haber sido condenado por una vida en pandillas, Anthony Wesley Good pidió que lo pusieran en confinamiento solitario para poder buscar la verdad espiritual. Estudió incontables tradiciones, oriental, occidental y todas las demás. Fue liberado y luego lo volvieron a condenar; en ese momento visitó un grupo de estudio bíblico católico y se sintió en casa. Good pasó siete meses estudiando catolicismo antes de decirle a Ariel Fauley, coordinadora católica voluntaria de la penitenciaría Columbia River, que deseaba que lo bautizaran. Fauley le explicó la seriedad de su petición. Él lo entendió. Ella lo inundó de lecturas, trabajo en clase y lecciones particulares. El mes que precedió la visita del Arzobispo Sample, Good fue excusado de sus obligaciones regulares para que se pudiera concentrar en las preparaciones finales.

Good fue liberado de la Penitenciaría Columbia River poco tiempo después de unirse a la iglesia.

“Su historia es inspiradora, nos recuerda a todos que somos restaurados a la vida en Cristo, llevados al Padre en el Espíritu Santo para vivir una vida Trinitaria eterna”, escribió Linda Showman, directora del Ministerio de Prisiones de la Arquidiócesis de Portland, en su última carta. “Fortalece la esperanza de que llenos de gracia, nosotros también continuaremos viviendo como Cristo en la tierra, cumpliendo la voluntad de Dios”.

Antes de convertirse en el doctor en filosofía que escribió una disertación sobre las prisiones, Scott Woltze fue un prisionero. A los 18 años, después de abandonar la secundaria y robar tres bancos, fue enviado a una prisión de máxima seguridad. Hace un par de años, compartió su historia con los ministros de prisiones en una conferencia de la arquidiócesis.

El ministerio de prisiones es “uno de los ministerios más difíciles de la Iglesia”, dijo Woltze. Las cosas que te llevan a Dios, verdad, belleza y bondad, están ausentes en la vida de la prisión, “Realmente parece que Dios nos ha abandonado”, dice Woltze. “Sientes que es en el último lugar en el que estaría Dios”.

La cárcel puede ser un lugar difícil para ser cristiano. Woltze empezó a leer los Evangelios mientras se encontraba allí; los presos tienen mucho tiempo para leer. Escondía los Evangelios bajo un libro de Louis Lamour para que nadie se diera cuenta.

“La gracia hizo un trabajo considerable, porque mientras leía me di cuenta que los Evangelios no eran otro libro cualquiera”, dijo Woltze. “Parecía que las palabras cobraban vida”.

Woltze pensó que las historias de los Evangelios debieron haber ocurrido de verdad.

“Eran tan extrañas que ningún humano las habría podido inventar. Eran extrañas y realistas”, dijo. “Tenían una belleza y una verdad que no había visto nunca antes”.

Sin embargo, en la prisión no se habla de la cristiandad. Woltze pensó que volverse cristiano en la cárcel lo haría vulnerable. En la sociedad de la prisión, Woltze se mezclaba con la multitud de asesinos, ladrones, traficantes. No tenía deseos de caer en el grupo externo de los soplones, los abusadores sexuales o aún peor, los débiles. Dentro de los prisioneros reina la fortaleza, el orgullo y la ultra masculinidad. El orgullo, aunque sea de crímenes que los presos lamentan, era tan preciado, que cuando le ofrecieron a Woltze la oportunidad de transferirse a una prisión con mínima seguridad, hizo el plan de golpear a alguien durante el almuerzo para que lo mandaran a confinamiento solitario. Cuando le contó el plan a sus amigos, quienes según él mandaban en la prisión, ellos le dijeron que no lo hiciera. Que no fuera como ellos, que volviera a empezar. Y así lo hizo. La bondad también se encuentra en la prisión. Los presos se sorprenden cuando los ministros siguen viniendo. Woltze dice que después de 23 años, el hecho de que sus abuelos manejaran largas distancias para visitarlo en la prisión, le sigue estremeciendo el corazón.

“Para mí, era realmente poderoso”, dice Woltze, animando a los voluntarios a que continúen su labor. La ultra masculinidad de la vida de prisión significa que los presos no hablan de sentimientos o conversiones. Y existe presión social para evitar servicios religiosos por el número desproporcionado de “débiles” y “del grupo externo” que asisten.

A los hombres fuertes de la prisión que quieren asistir a un servicio religioso, Woltze les dice, “Sé que para ustedes estar aquí es difícil, pero Jesús honra el hecho de que estén aquí a pesar de las presiones sociales”.

Woltze no se convirtió en la prisión, pero su tiempo allí labró el camino para su eventual regreso al catolicismo.

A los ministros de la prisión, Woltze les dice, “Es un sitio difícil para evangelizar pero los reclusos no notan”.



Espíritu Acongojado

La primera vez que Bill Wolfe caminó en una prisión de máxima seguridad, fue porque se lo pidió un primo que había estado tratando de convencerlo para que fuera voluntario en el ministerio de prisiones.

Wolfe, un feligrés de la Parroquia St. Edwards en Lebanon, estaba en el Sur de California visitando a su primo cuando éste le dijo que había hecho arreglos para que ambos visitaran la prisión. Wolfe tenía preguntas, incluyendo si era seguro hacerlo. El primo le aseguró a Wolfe que estaba seguro. Fue así que ambos entraron a la capilla en el centro de la prisión para una sesión del ministerio. Cuando llegaron, el pastor a cargo de la sesión dividió el grupo en dos y les pidió que discutieran cuatro preguntas escritas en el tablero.

Los 25 hombres en el círculo de Wolfe se sentaron y empezaron a hablar. En un punto durante la pequeña conversación de grupo, un hombre miró fijamente a Wolfe. Wolfe piensa que el hombre medía más de 7 pies de altura. El hombre describió su crimen con detalles sin perder el contacto visual con el nuevo hombre del grupo, Wolfe.

Wolfe pensó que el hombre buscaba una reacción de Wolfe ya que era la primera vez que estaba en una prisión. Sin embargo, cuando el hombre terminó de contar como había matado a una niña, también explicó lo sentido que estaba.

“Las lágrimas empezaron a correrle por la cara” describe Wolfe. “El corazón se me derritió”. “Sólo quería ayudarlo pero no sabía cómo. Le pedí al Señor que me permitiera ayudarlo”.

El hombre encarcelado continuó contando que le había escrito una carta a la familia de la niña asesinada y la había publicado en el periódico local, pero nunca había recibido una respuesta. Entonces, el día que Wolfe realizó su visita, el interno había recibido una respuesta de la tía de la niña. Ella le dijo que si él realmente estaba arrepentido, tendría que ayudarle al hijo de ella a salir de la vida de pandillas.

“Mientras leía, podías ver como su disposición cambiaba. Fue de las lágrimas a la alegría como si realmente tuviera un propósito”, recuerda Wolfe. “Fue inspirador ver la esperanza en sus ojos”.

Entonces, el hombre se levantó y empezó a caminar antes de decir, “Ella no me acusó, ni una sola vez. ¿Por qué? ¿Por qué no me acusó?” Él siguió repitiéndolo, cada vez en un tono más alto que la última vez. El hombre se detuvo de repente, apuntó a Wolfe y le preguntó que tenía que decir al respecto. Wolfe miró abajo, orando por palabras al Espíritu Santo. Entonces, miró al gigantesco prisionero y le dijo, “Bueno, para mí es claro que el Espíritu Santo te está sanando de adentro hacia afuera”. El prisionero quedó desconcertado y en silencio. Entonces se levantó de su silla y abrazó a Wolfe.

La experiencia fue tan conmovedora que Wolfe estaba convencido de que Dios hizo que esto sucediera porque quería que se involucrara en el ministerio de prisiones y lo hizo. Wolfe ha sido voluntario en la Penitenciaría del Estado de Oregón durante los dos últimos años.



Escuchando

Suxie Hetrick empezó como voluntaria en la Correccional para Jóvenes Mac Laren en Woodburn hace seis años, cuando un seminarista que servía allí vino a buscar ayuda en su parroquia. Hetrick es miembro de la Misión de St. Agnes en Hubbard. Nunca antes había trabajado con jóvenes en riesgo pero tenía tres hijos mayores. Oró e ingresó en el ministerio.

Hetrick ha visto muchos frutos del voluntariado en MacLaren, aunque a veces los triunfos sean difíciles de contabilizar. No todos los jóvenes son católicos. No todos son cristianos. Otros participan superficialmente en otras religiones.

“Todos los jóvenes están buscando”, dice Hetrick. No obstante, ha habido jóvenes que reciben sacramentos mientras están encarcelados.

Hetrick dice que ella obtiene muchos más beneficios del proyecto que lo que puede llegar a dar.

Ella recuerda un Día de Acción de Gracias cuando les pidió a los jóvenes que mencionaran algo por lo que estuvieran agradecidos. Casi toda la docena de jóvenes reclusos dijeron estar agradecidos de estar encarcelados. Algunos dijeron que nunca habrían podido apreciar a su familia, adquirir nuevas capacidades o simplemente madurar sin el tiempo de detención.

Hetrick se sorprendió de que a pesar de lo triste de la situación, los jóvenes identificaran la cárcel como una oportunidad para crecer. Así, Hetrick escucha a los jóvenes y sus historias.

“Yo estoy allí tratando de hacer lo mismo que Jesús, acercarse a la gente y escuchar”.



Trayendo a Jesús

John Hoffmesiter, un feligrés de St. Edward en Keizer, ha sido voluntario en la Penitenciaría del Estado de Oregón durante los últimos 5 años. Él estaba un día en Misa y escuchó el pasaje de Mateo 25, cuando Jesús dictó su juicio de las naciones. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los ángeles con él, se sentará en su trono glorioso y todas las naciones estarán frente a él. Y él separará las unas de las otras, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces el rey le dirá a los de la derecha, `Ven, tú que haz bendecido a mi Padre. Hereda el reino preparado para ti desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me diste la bienvenida, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me cuidaste, preso y me visitaste”.

La última línea estremeció a Hoffmesiter: “… preso y me visitaste”. Buscó a la mujer a cargo del ministerio de prisiones locales y empezó a servir como voluntario en la institución estatal.

Cuando los voluntarios llegan a la instalación, transforman un salón de clases en una capilla. Durante los primeros quince minutos de cada servicio se saluda a los prisioneros. Durante las clases de educación religiosa de los martes en la noche los voluntarios traen películas como la serie de Catolicismo del Obispo Robert Barron y las de temas religiosos acerca de los santos. Entonces, tienen una discusión. Los jueves en la noche hay una clase de educación religiosa en español. Y la mayoría de los domingos hay confesiones y Misa.

“Les traemos a Jesús”, dijo Hoffmesiter.

“Parte de lo que hace esto algo tan valioso, es que estos hombres están acostumbrados a ver a otros convictos y al personal. Cuando un voluntario de servicios religiosos entra, pueden tener una conversación con alguien de afuera, que no está conectada con el sistema”.

Hoffmesiter dice que su trabajo como voluntaria ha sido gratificante.

“Innumerables veces, salimos juntos sorprendidos con lo bien que nos sentimos con el tiempo que dedicamos y las interacciones que tuvimos”.

sarahw@catholicsentinel.org