Esta parte del año es un tiempo santo. Nos regocijamos una vez más porque Dios vino y está con nosotros: Dios hecho hombre, en la forma del niño inocente de Belén, Dios encarnado por el poder del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María. Sí, en Jesucristo vemos a Dios en la carne, al Emmanuel (“Dios-con-nosotros”). En la Iglesia Oriental, la hermosa antífona de las Horas Reales de Nochebuena nos recuerda:

“¡Dios está con nosotros! ¡Dios está con nosotros! Entiendan todas las naciones, y sométanse, porque Dios está con nosotros” (basado en Isaías 8: 9-10).

No hay palabras para describir el consuelo y la alegría que sentimos al conocer el amor y la misericordia de Dios, derramados por nosotros en Jesucristo, que ha venido a morar entre nosotros. Él ha venido a salvarnos y liberarnos de las garras del pecado y de la muerte y a abrirnos el camino de la vida eterna. Como acabamos de concluir el Año Jubilar de la Misericordia, recordemos que al contemplar el pesebre de Belén, contemplamos la faz de la Divina Misericordia hecha carne.

Cuando recordemos con gran alegría la venida de Cristo entre nosotros, sería desafortunado, quizás incluso trágico, olvidar o hacer a un lado el espíritu que debería haber estado presente durante la época del Adviento. Esto puede sonar como algo extraño, pero es importante que recordemos que siempre estamos esperando que Jesucristo venga, no sólo durante el Adviento.

Algunos pueden haber notado que las liturgias de la temporada de Adviento se centran tanto en la “segunda venida” de Cristo como en su primera venida, que conmemoramos en Navidad. La Iglesia, a través de las antiguas liturgias y lecturas de las Escrituras de Adviento, nos recuerda que Cristo vendrá de nuevo en la gloria en el fin del mundo. La Iglesia nos prepara para esa venida también.

¿Qué enseña la Iglesia acerca de la segunda venida de Cristo, la cual esperamos? Sería maravilloso que todos leyeran los párrafos ## 668–682 y ## 1020-1050 del Catecismo de la Iglesia Católica. En el fin del mundo, Dios cumplirá su plan eterno de salvación final, cuando nuestro Señor Jesucristo venga de nuevo en gloria. No sabemos el día ni la hora de su venida. Debemos vivir siempre preparados y esperando que llegue. De hecho, muchas de las parábolas de Jesús nos recuerdan la necesidad de estar preparados. “Estén despiertos, porque no saben ni el día ni la hora” (Mateo 25,13).

Nosotros profesamos en el Credo Niceno, durante la Misa: “[Cristo] vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. No debemos temer ni estas angustiados por esta segunda venida de Jesucristo. Más bien lo acogeremos con gran alegría y exultación, pues esto significa el fin del gran período de prueba en este mundo, y conduce a un nuevo cielo y una nueva tierra, donde no habrá más dolor ni sufrimiento.

Durante el Adviento y la temporada de Navidad, me gusta pensar en realidad acerca de cuatro “venidas” de Cristo. La primera venida es la que ya mencionamos la que conmemoramos en Navidad. La última venida es cuando vuelva en gloria para establecer el reino final de Dios. Pero, en medio de éstas hay dos “venidas” de Cristo que también vale la pena considerar.

Si morimos en la carne antes de que Jesucristo vuelva de nuevo en gloria, lo encontraremos cara a cara en el momento de nuestra muerte. En cierto sentido, él ya habrá “vuelto” para nosotros, para cada uno individualmente. Entonces recibiremos su juicio justo, pero misericordioso, de acuerdo con nuestra vida en este mundo. Una vez más, no debemos tener miedo de ese momento, siempre y cuando vivamos en la amistad con Dios y libres de pecado mortal. Para asegurarnos de que seamos encontrados así, Jesús nos dio el Sacramento de Penitencia y Reconciliación para mantenernos misericordiosamente en su amistad.

Mientras esperamos su segunda venida, y cuando nos preparamos para encontrarnos con él al final de nuestra vida terrenal, también debemos darle la bienvenida más profunda e íntimamente a nuestras vidas aquí y ahora. Esta es otra “venida” de Cristo que debemos anhelar. Él nos ama tanto, y desea morar profundamente en nuestros corazones, nuestras familias y nuestros hogares. Él no quiere ser un extraño cuando nos encontramos en la gloria o al final de nuestra vida.

Mi oración por todos ustedes en esta hermosa época del año es que abran de par en par las puertas de sus corazones y sus hogares para recibir a Jesús, con la mayor alegría, amor y devoción. Que siempre tengamos presente su misericordia por nosotros y el precioso don de vida eterna, por el cual nos ha hecho y redimido.

¡Feliz Navidad y bendiciones abundantes de Dios para todos, en el Año Nuevo 2017!