Hemos comenzado solemnemente el Año Jubilar de la Misericordia y nos encontramos de lleno en este maravilloso tiempo que proclamó el Papa Francisco. Deseo que todos vivan con mucha intensidad este tiempo extraordinario de gracia en la Iglesia. En el transcurso del año tendremos ocasión de reflexionar mucho sobre la misericordia. Aprovecho la presente para profundizar en los comienzos de la misericordia. ¿De dónde fluye la misericordia?

La misericordia emana del mismo corazón de Dios. De hecho se puede afirmar con precisión que el corazón de Dios, el corazón del Evangelio es misericordia. Jesús reveló a Santa Faustina Kowalska que El es misericordia. Jesús es la misericordia que el Padre envió al mundo para salvarnos. Por eso antes de convertimos en "hacedores" de misericordia hacia los demás, primero hemos de darnos cuenta de que somos los "beneficiarios" no merecedores de la misericordia de Dios.

Estamos en el tiempo extraordinario de Cuaresma. Este es un tiempo de gracia que cobra un significado especial este año por la celebración del Año Jubilar de la Misericordia. El Papa Francisco escribió en la Bula que convoca el Jubileo de la Misericordia: “La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).”

Para experimentar la misericordia del Padre es importante el arrepentimiento. Para recibir la misericordia y el perdón debemos acudir a El con corazón contrito y humillado. La forma mas eficaz, poderosa y especialmente significativa, es a través de los sacramentos de la Penitencia y la Reconciliación, como por ejemplo, acudiendo a la Confesión! Cito al Papa Francisco: “De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”.

Debemos recordar que el primer regalo que Jesús le entregó a su Iglesia la noche de la Resurrección fue el poder de perdonar los pecados. El capítulo 20 del Evangelio de San Juan relata este hecho. Jesús se apareció a los apóstoles y les deseó la paz. Él les dijo: "Paz a vosotros, como el Padre me envió, también yo os envío".

Y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengan, les quedarán retenidos”.

Piensa. Inmediatamente después de su pasión, muerte y resurrección, lo que Jesús tenía en su mente era extender a la Iglesia la misión que recibió del Padre. ¡ Es la misión de la misericordia, la misión de reconciliarnos con el Padre, la misión de perdonar los pecados!

Francisco dijo recientemente en una entrevista publicada en forma de libro (El Nombre de Dios es Misericordia): "Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo….es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura”.

Comencemos nuestra celebración de este Jubileo de la Misericordia. Dios es misericordioso con nosotros, pecadores y nos perdona completamente y sin reservas. No temamos acercarnos a él en el sacramento de su misericordia. ¡ Acudamos todos a la confesión! Ningún pecado es demasiado grave para que Dios no perdone. Ni la acumulación de los pecados, supera el abrazo de su corazón misericordioso para darnos el perdón. Al Papa Francisco le gusta  recordar que nosotros nos cansamos de pedir perdón a Dios una y otra vez, a veces por las mismas faltas, pero que Dios nunca se cansa de perdonarnos. Hace poco escuché a un buen sacerdote y confesor decir: Dios siente más placer en perdonarnos que el placer que obtenemos por nuestros pecados.

Suplico humildemente, que regresemos a la práctica devota del sacramento de la Penitencia y Reconciliación. Yo mismo hago la fila como todos para confesarme. La misericordia de Dios te espera en la Confesión. ¡ Les deseo muchas bendiciones en la Cuaresma!