Acabamos de pasar por lo que posiblemente sean las elecciones presidenciales más polémicas e incluso las más amargas de la historia. El nivel discusiones y acusaciones que iban y venían fue sumamente decepcionante para muchos de nosotros. Pero la elección ha terminado y se ha elegido a un nuevo presidente. Debemos aceptar eso y avanzar lo mejor que podamos.

En una entrevista justo antes de la elección, dije que ninguno de los candidatos a la presidencia era lo que podríamos haber esperado de esta gran nación. Ambos tenían puntos de vista defectuosos, desde varios ángulos, y no estaban alineados con los principios morales y sociales que deben guiarnos como católicos impregnados en la enseñanza social de la Iglesia. Pero como dicen: “es lo que es”.

Tenemos una gran libertad en este país: disfrutamos el poder expresar nuestras opiniones en la plaza pública, incluso para protestar por aquellas cosas con las que no estamos de acuerdo. Nuestra libertad de expresión es uno de nuestros valores más preciados. Pero yo, junto con muchos otros, me preocupé mucho al ver que las protestas contra los resultados de las elecciones se volvieron violentas y destructivas. Las personas inocentes y las empresas fueron injustamente perjudicadas por algunas de estas protestas, especialmente en la ciudad de Portland. Esto es algo que no debía suceder.

Entonces, ¿qué sigue ahora? Debemos seguir abogando por aquellos valores que nos son más queridos como ciudadanos católicos. Estos incluyen el mantenimiento de la dignidad de la vida humana desde la matriz hasta la muerte natural, la preocupación por los pobres y los marginados, la oposición a cualquier injusticia, el respeto a la libertad religiosa, la solución al sistema de inmigración, sólo por nombrar algunos pocos.

Las elecciones no son malas noticias para todos en todos los aspectos. De hecho, algunos han argumentado que las cosas hubieran sido mucho más desafiantes para nosotros, en ciertos asuntos centrales, si la elección hubiera sido diferente. Vale la pena reflexionar sobre el hecho de que la composición de un futuro Tribunal Supremo nos puede ayudar de muchas maneras, especialmente en los asuntos críticos de la vida y la libertad religiosa. Debemos esperar y trabajar por lo mejor.

Como ciudadanos, debemos aprender a hacer a un lado toda clase de rencor y división injustificados; debemos unirnos por el bien común. Continuar el agrio criticismo de la temporada electoral sería un camino triste a seguir. Y esto va para los que están en el poder y hasta el más humilde residente de este gran país nuestro.

Los Obispos de los Estados Unidos se reunieron recientemente en Baltimore, en nuestra reunión anual, y nos hemos comprometido a trabajar febrilmente con el futuro gobierno del Presidente Trump en la defensa de las cosas más queridas para nosotros y la gente de nuestra tierra. La Iglesia no relajará sus esfuerzos, sino que seguirá siendo una fuerte defensora de la enseñanza social católica.

Una cosa que todos necesitamos hacer como creyentes católicos es orar por nuestro próximo presidente y todos aquellos a nivel local, estatal y nacional elegidos o reelegidos al servicio público. Debemos orar para que todos tengamos éxito, unidos en el avance de la dignidad de la persona humana, sin importar sus circunstancias o estado en la vida. Me recuerda las palabras de San Pablo a San Timoteo:

“Ante todo recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, sin distinción de personas; por los reyes y todos los gobernantes, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agrada a Dios, nuestro Salvador, pues él quiere que todos los hombres [y mujeres]se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.