"Cristo… se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre".

Esta antigua antífona, Christus factus est (Cristo se hizo obediente), se canta en la oración de la mañana del Viernes Santo y del Sábado Santo, realmente capta el sentido profundo de los días en los que hemos entrado. Durante la Semana Santa celebramos —y se hace presente— el gran misterio de nuestra salvación, realizada a través (del sufrimiento) de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Las palabras del Christus factus est son tomadas de la carta de san Pablo a los Filipenses (2, 6–11). Nos hablan de la profunda humildad del Hijo de Dios y la misericordia divina para los pobres pecadores. Cuando todo era considerado sin esperanza y fuimos abrumados por el pecado y el miedo a la muerte, Dios mismo se inclinó desde su lugar por encima de los cielos para rescatar al hombre de la oscuridad con el fin de traerlo a su reino de luz.

Vemos que este tema poderosamente hizo eco en la Plegaria Eucarística para la Reconciliación I, del Misal Romano: "Cuando nosotros estábamos perdidos y éramos incapaces de volver a ti, nos amaste hasta el extremo. Tu Hijo, que es el único justo, se entregó a sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz".

En sus palabras a la Iglesia de Filipos, san Pablo hace hincapié en Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, quien "se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo", tomó nuestra condición humana. Él tomó la condición de siervo para rescatarnos del pecado y de la muerte. Se nos recuerdan las palabras del Señor, "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida por la redención de todos" (Mateo 27–28).

Este es el misterio de la gran misericordia de Dios para con nosotros, que celebramos durante la Semana Santa y la Pascua. Fue precisamente a través del Hijo de Dios, en su perfecto acto de obediencia a la voluntad del Padre, que hemos sido salvados. Cristo, el nuevo Adán, a través de su "sí" a la voluntad del Padre se ha deshecho del "no" pronunciado por el primer Adán, en su orgulloso acto de desobediencia.

Pero tal como ratifica la antífona que hemos estado reflexionando, Dios Padre no dejó a su Hijo en la agonía de la muerte, sino que Dios lo elevó, "Dios lo exaltó". Esto, por supuesto, se refiere a la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aunque el acto de obediencia a la voluntad del Padre llevó a Jesús a la cruz, sufriendo la muerte, fue precisamente así, por su obediencia hasta la muerte que alcanzó la gloria de su resurrección.

¿Qué significa esto para nosotros? ¿Cómo podemos ver el acto de obediencia de Cristo y su aceptación del sufrimiento y de la muerte como un modelo para nuestra vida cristiana? Todo se reduce a la imitación humilde el anonadamiento de Cristo, convirtiéndose en un siervo a la voluntad del Padre.

Obediencia. Esta es una palabra que evoca todo tipo de reacciones en nuestras mentes y corazones. Una vez que nos convertimos en adultos, parece haber una tendencia humana natural de que no debemos obediencia a nadie ni a nada. Con los resultados del pecado original todavía en nosotros, deseamos trazar nuestro propio camino y rechazamos cualquier esfuerzo externo que ponga límites a nuestra conducta.

Pero lo que Jesús nos enseña es que es precisamente en esta humilde obediencia a Dios y a su voluntad, que  morimos a nosotros mismos como siervos, y así nos encontramos con el verdadero significado de nuestra existencia y la paz y la alegría que trae la Resurrección. No podemos tener la Resurrección sin la cruz. Podríamos desear encontrar una manera diferente de conseguir la Resurrección, pero Jesús nos enseña que no hay otra manera: sólo a través de la cruz.

Que nuestra celebración del Misterio Pascual, nos enseñe una vez más lo que significa seguir a Dios con un corazón humilde que anhele el cumplimiento de su voluntad para nuestras vidas en este mundo, para que podamos un día compartir con Cristo en la gloria de su resurrección y llegar a verlo cara a cara en el Reino de nuestro Padre.

¡Que Dios conceda a todos y a cada uno de ustedes la Pascua más bendita que hayan vivido jamás!

Semana Santa con el Arzobispo Sample

Viernes, 3 de Abril — Viernes Santo, Catedral de la Inmaculada Concepción, Portland, 5:30 p.m.

Sábado, 4 de Abril — Vigilia Pascual, Catedral de la Inmaculada Concepción, Portland, 8:30 p.m.

Domingo, 5 de Abril, — Celebración del Domingo de Pascua, Catedral de la Inmaculada Concepción, Portland, 11 a.m.