De vez en cuando, en la mente de la gente surge la pregunta de qué significa realmente ser Católico. Al parecer hay varias interpretaciones en respuesta a esta pregunta. El tema de esta columna surgió en parte a mi último editorial acerca del estudio presentado por el Pew Research sobre la fé católica y la Santa Eucaristía.

Como se señaló, los católicos encuestados en el estudio practican su fé en distintos grados. Además, algunos eventos recientes en parroquias locales de la Arquidiócesis de Portland parecen plantear la misma pregunta acerca de la identidad católica.

Para ayudarnos a responder esta pregunta de “Catolicidad”, acudamos a la definición dada por el Segundo Concilio Vaticano sobre lo que significa ser un miembro completo de la Iglesia Católica.

Esto está tomado de la Segunda Constitución Dogmática de la Iglesia, Lumen Gentium. Parecería mejor ver lo que el Consejo pensó realmente antes que depender de la interpretación. Uso la traducción oficial disponible en español en el sitio Web del Vaticano:

“A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica”. (LG, 14)

Es la eclesiología (o manera de entender la Iglesia) del Vaticano II. Es esencialmente la eclesiología de lo que llamamos la “comunión”. Hay mucho que revelar en esa concisa declaración, y solo podemos tocar los puntos más destacados aquí.

Valdría bien la pena que cada católico haga el esfuerzo de leer en su totalidad el Lumen Gentium.

Me gustaría concentrarme en los tres elementos que unen a la gente a la Iglesia: la profesión de fe, los sacramentos y el gobierno eclesiástico y la comunión.

Aquellos que están  plenamente incorporados a la Iglesia profesan la misma fe. Esta es la base de nuestro común entendimiento del significado y la interpretación de la Revelación Divina, contenida tanto en las Sagradas Escrituras como en la Tradición de la Iglesia.

Juntos, en la Misa dominical profesamos el mismo Credo. Junto con nuestros compañeros cristianos alrededor del mundo, en varios lenguajes, nos levantamos unidos en la profesión de esta misma fe.

Sin embargo, lo que la Iglesia cree y enseña se hace más explícito que las simples palabras del Credo mismo, sino que también incluye el cuerpo completo de la doctrina Católica. En otras partes del Lumen Gentium (especialmente en los #24 y 25), se hace claro que los auténticos maestros e intérpretes de la fe son los  obispos en comunión con el Papa.

Guiados por el don prometido por Cristo del Espíritu Santo, ellos presentan en su totalidad las creencias católicas en asuntos de la fe y la moral. Estas enseñanzas son hermosa y auténticamente presentadas para nosotros en el Catequismo de la Iglesia Católica.

En segundo lugar, todos compartimos los mismos sacramentos, participando activamente en la vida sacramental de la Iglesia. Esto especialmente significa un Bautismo común, el don del Espíritu Santo en la Confirmación y la participación regular en la Santa Misa y la digna recepción de la Santa Eucaristía. Esto incluye la seria obligación de participar en la Santa Misa todos los domingos y los Días de Santa Obligación.  

También cuando hemos pecado, especialmente de pecado capital, debemos someternos al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación. Los otros sacramentos (Santos óleos a los enfermos, Matrimonio y Santas Ordenaciones) son administrados de acuerdo con las circunstancias de la vida de cada uno. El punto es que los católicos creen y reciben los mismos sacramentos. Debe anotarse que también aceptamos y obedecemos la disciplina de la Iglesia con respecto a la celebración actual de los sacramentos. Celebramos en la unidad de acuerdo con el pensamiento de la Iglesia.

Finalmente, todos los católicos completamente incorporados a la Iglesia aceptan la autoridad de aquellos que Cristo ha puesto en medio de nosotros para gobernarnos y también para mantener comunión completa con el mismo.

A muchos de nosotros (especialmente a los americanos) no nos gusta mucho escuchar las palabras “gobernar” o “mandar”. Parece que van en contra de nuestra libertad individual e independencia. Sin embargo, esa es la forma en que Cristo fundó esta Iglesia. Él escogió a Pedro y a los otros Apóstoles para liderar la Iglesia y sus sucesores. El Papa y los Obispos, continúan cumpliendo su mandato a través de los tiempos hasta nuestros días.

De nuevo, el texto del Concilio Vaticano II citado anteriormente dice que Cristo gobierna la Iglesia, pero lo hace a través del Papa y los Obispos, quienes están especialmente dotados con gracia espiritual y poder a través de la ordenación, por la imposición de las manos.

De esta forma los católicos mantienen una verdadera, genuina y amorosa comunión con esas estructuras del gobierno de la Iglesia, con aquellos comisionados por Cristo para guiarnos. La Iglesia es de origen divino. No obstante, también es una realidad humana que necesita orden y gobernabilidad para poder cumplir su comisión divina de proclamar las Buenas Nuevas de la salvación, para ayudar a los demás a alcanzar la vida en Cristo y para guiarnos al Reino del Cielo.

El concilio Vaticano II tiene mucho más que decir que lo que aquí se ha discutido, incluyendo acerca de la participación activa del laicado en la vida y la misión de la Iglesia, en la comunión con sus pastores.  También enseña mucho acerca de cómo los obispos están llamados a ejercer su rol en colaboración con el clero, los religiosos y los fieles laicos.

Sinceramente les pido a todos que lean los documentos del Concilio Vaticano II ustedes mismos, especialmente Lumen Gentium, antes que confiar en lo que alguien más les diga que el Concilio Vaticano II enseñó. Son enseñanzas y documentos inspiradores.

¡Que Dios los bendiga a todos!