Estimados miembros del clero, religiosos y feligreses laicos de la Arquidiócesis de Portland:

¡Alabado sea Jesucristo!  

Al igual que muchos de ustedes, quedé impactado, enfadado y desanimado ante las recientes noticias con respecto al cardenal y arzobispo retirado  de Washington, D.C., Theodore McCarrick. Después, en vísperas de la Fiesta de la Asunción de nuestra Bienaventurada Madre María, un gran jurado de Pensilvania publicó un informe sobre el abuso sexual por parte de unos miembros del clero en seis diócesis de Pensilvania ocurrido durante más de siete décadas. Estas horrendas revelaciones son particularmente dolorosas a la luz de lo que las víctimas en nuestra Arquidiócesis han sufrido aquí en el oeste de Oregon. Lo siento más allá de las palabras por todo el daño que ha sido hecho.

Yo sé que muchos de ustedes han esperado mi respuesta con respecto a estos recientes eventos escandalosos. No quiero que se interprete este retraso como una falta de preocupación o seriedad ante estas graves revelaciones. 

Debo decirles que me dejaron conmovido hasta lo más hondo de mi alma. Mi primera reacción fue de indignación y disgusto; sé que muchos de ustedes han experimentado lo mismo. 

Necesitaba un tiempo para reflexionar profundamente en oración sobre lo que está saliendo a la luz y responder desde los más hondo de mi oración y discernimiento. No quería responder desde una perspectiva legalista o de relaciones públicas, sino, más bien, como pastor de almas. Si mi retraso ha causado dolor   o frustración, lo siento profundamente.

En este mismo día, nuestro Santo Padre el Papa Francisco escribió de su propia mano al Pueblo de Dios, abordando esta horrenda situación en la Iglesia. Insto a todos los fieles de la Arquidiócesis de Portland a leer sus palabras, por medio de las cuales llama la atención a los responsables, y también hace un llamado a la conversión, penitencia y oración. Nuestro Santo Padre llama correctamente lo sucedido parte de la “cultura de muerte”.

Las acusaciones y detalles más recientes muestran —una vez más— ciertos fracasos sistemáticos y profundos del liderazgo episcopal dentro de nuestra Iglesia. Estos fracasos son de naturaleza institucional y espiritual y datan de muchas décadas atrás.

En primer lugar, es un fracaso institucional para la Iglesia, porque no sólo se trata de la negativa a dar seguimiento a las políticas o del descuido negligente; sino que una persona con la responsabilidad de dar cuidado pastoral, como es el caso el Arzobispo McCarrick, pudiera actuar, aparentemente, de una manera tan grave, pecaminosa y criminal. 

Y también es un fracaso institucional porque alguien así pudo ascender a un nivel tan alto, sin impedimentos ni desafíos y sin que se le hiciera responsable. 

En cuanto al informe del gran jurado, entre los detalles sórdidos y gráficos del abuso sexual por parte de miembros del clero, documenta otros ejemplos de líderes de la Iglesia que, confronta dos con alegaciones del mal entre los suyos, encubrieron, permanecieron silenciosos o miraron hacia otro lado al ser confrontados con alegaciones del mal entre los suyos.

Todas estas alegaciones deberían haberse llevado a la luz mucho antes; se debería haber lidiado con ellas de una manera rápida, justa y con transparencia. 

En segundo lugar, la tragedia del abuso sexual por clérigos es un profundo fracaso espiritual; y especialmente así cuando alguien llamado a ser un buen pastor, a vivir con santidad y castidad, consagrado a Cristo y a su pueblo, a servir como Jesús, actúa de manera gravemente pecaminosa y malvada. 

Si obispos, clérigos y religiosos pierden la relación personal con Dios a la que todos estamos llamados, frecuentemente resulta en el arribismo, clericalismo y una vida en contra del Evangelio. 

Actuar así muchas veces disminuye o extingue la llama del amor y la vida en Cristo, la  cual es esencial para servir al Pueblo de Dios. Podemos convertirnos en “manipuladores espirituales”, o aún más, en perpetradores de graves daños a los demás.

Debo decir también que esta es una crisis espiritual y moral, incluso una crisis de fe. Sin disminuir EN ABSOLUTO la responsabilidad y la culpabilidad de todos los que participaron en los actos pecaminosos, inmorales e ilegales, incluso los obispos que fracasaron en su deber, esta crisis es, en el fondo, el trabajo del Maligno. Satanás “anda disperso por el mundo, para la perdición de las almas” y debemos luchar contra su perversidad y acechanzas (Oración a san Miguel Arcángel). 

 La tradición de la Iglesia enseña que la tentación de pecar proviene de tres fuentes: el mundo, la carne y el Maligno. En un clima cultural cada vez más inmoral, especialmente en el campo de la moralidad sexual, Satanás ha explotado las debilidades de hombres que representan a Cristo de manera sacramental, quitando la credibilidad de la Iglesia, su enemigo en el mundo. 

Demasiados han caído en sus tentaciones, y ellos deben rendir cuentas. 

Ante esta crisis espiritual y moral, debemos mirar hacia nuestra propia vida y compromiso espiritual. A lo largo de la historia de la Iglesia, cada vez que había una crisis moral o espiritual, el Señor suscitaba santos que se convirtieron en agentes de reforma. Ahora es el tiempo para los santos. He examinado mi propia vida espiritual, y fervorosamente llegué a la conclusión de que debo tomar más en serio mi oración, penitencia y sacrificio.

Hago un llamado a una profunda renovación espiritual entre los miembros del clero. Abordaré esta crisis personalmente con nuestros sacerdotes y seminaristas, pero mientras tanto insto a los sacerdotes a renovar su compromiso por la oración y la penitencia, por el bien de las personas confiadas a su cargo. Les recuerdo a los sacerdotes de su obligación solemne de rezar todos los días, especialmente la Liturgia de las Horas. Los insto a pasar una hora santa diaria frente al Santísimo Sacramento. Los insto a rezar el Santo Rosario de nuestra Bienaventurada Madre todos los días. Los insto a hacer penitencia y reparación por estos pecados, incluso a  aquellos que viven castamente y de la manera que pertenece a su vocación en Cristo. Esta es la responsabilidad que compartimos. Como miembros del clero, debemos rechazar todas las tendencias hacia la mundanidad y la secularidad que son incongruentes con nuestra vocación.

Como el Papa Francisco pide en su carta, todo el Pueblo de Dios debe rezar y hacer penitencia por la sanación en el Cuerpo de Cristo. Me doy cuenta de que los feligreses laicos no son responsables por este escándalo, sin embargo, como miembros de la comunión de la Iglesia, nuestras oraciones y sacrificios son muy poderosos para protegernos contra este mal entre nosotros.

¿Y ahora qué? Nuestra primera prioridad siempre debe ser el cuidado y el apoyo a las víctimas del abuso. Aunque estamos indignados por lo sucedido, en nuestra búsqueda de justicia no debemos, ni podemos, olvidar a los que son víctimas. Necesitan nuestras oraciones, compasión, ayuda y aliento. Quiero hacer hincapié en este punto. Cualquier cosa que hagamos como Iglesia para abordar estas atrocidades, debemos recordar a todas las personas que fueron gravemente perjudicadas. Han sufrido bastante a manos de los propios individuos encargados de proporcionar atención y apoyo espiritual y a través de quienes deberían haber experimentado el amor del Buen Pastor. Las víctimas deben estar en el centro de nuestra atención, ayuda y oraciones. El camino hacia adelante debe incluir medidas concretas para tratar sus heridas y mantener como responsables aquellos que les causaron un daño que es inmencionable.

Nuestra segunda prioridad debe ser rectificar los fracasos institucionales que permiten que ocurran estas ofensas graves. En el futuro, creo que debemos considerar fuertemente varios pasos:

1. Mientras que sólo el Papa tiene autoridad para disciplinar o remover obispos, debemos asegurar de que los obispos tengan que cumplir con las mismas normas de comportamiento que los sacerdotes y religiosos con respecto a los asuntos de impropiedad y abuso. Habrá que enmendar el Dallas Charter (Estatuto para la protección de niños y jóvenes) además de otros reglamentos donde sea necesario y posible, con la aprobación de la Santa Sede, para hacer esto claro.     

2. Se necesita un proceso de investigación externo que esté disponible para estas situaciones, con la participación sustancial de personas laicas que son expertas independientes en sus respectivos campos. Una organización que se investiga a sí misma no proporciona confianza en la objetividad de sus resultados. El cardenal Daniel DiNardo, Presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estados Unidos, ha invitado al Vaticano a realizar una Visita Apostólica para abordar esta crisis junto con un grupo compuesto en su mayoría por personas laicas, identificadas como expertas por los miembros del National Review Board y que está empoderado para actuar.

3. Las investigaciones también deben cubrir todos aquellos que sabían del comportamiento reprehensible, y, sin embargo, dijeron poco e hicieron nada, o fueron cómplices de las actividades de un perpetrador. Todos los responsables deben rendir cuentas.  

4. Se deben investigar adecuadamente todos los informes del mal comportamiento. Nunca se debe imprudentemente desecharlos, ignorarlos ni esconderlos. Es necesario enfrentarlos con rapidez y con transparencia. Quiero asegurarles a todos los fieles de la Arquidiócesis de Portland que he escuchado sus reacciones de indignación, repugnancia, desilusión y frustración, de una manera fuerte y clara. Llevaré todo esto en mi corazón a la reunión anual de los Obispos de Estados Unidos en noviembre, en la que seré un fuerte abogado para las necesarias reformas y medidas concretas que deberán ser promulgadas.  

Por nuestra parte, la Arquidiócesis de Portland renueva el  compromiso de comportarse de una manera propia del llamado de Cristo por el bienestar de los fieles y de todas las personas. Esta Arquidiócesis experimentó una época increíblemente difícil en el 2002, después de las revelaciones del abuso sexual dentro de la Iglesia. Esto nos llevó a la bancarrota. Ahora tenemos sólidos y extensos reglamentos y procedimientos concretos para ayudarnos a proteger a los niños, jóvenes y adultos vulnerables contra futuros abusos. También tenemos reglamentos fuertes y procedimientos para denunciar el abuso sexual. 

Tenemos una oficina arquidiocesana para la Protección de Niños y Asistencia de Víctimas que nos ayuda a cuidar pastoralmente a todos los que han sufrido abuso. La Arquidiócesis renueva su compromiso de abordar con rapidez, justicia y transparencia todo comportamiento sexual inapropiado por parte de ministros y de aquellos con puestos de autoridad en la Iglesia. También prometemos nuestro apoyo continuo y cuidado para las víctimas del abuso. Todo el Pueblo de Dios en esta Arquidiócesis también está sufriendo mucho a la luz de estas nuevas revelaciones. 

Nuestro cuidado y atención también deben atender su dolor y enfado.

Yo personalmente los invito, y aún más los insto, a cualquier individuo que ha sido abusado por alguien del clero, religioso, empleado laico o voluntario, a acudir con su queja a nuestra Oficina de Asistencia de Víctimas o a las autoridades oficiales locales. Nosotros queremos ayudarlos. 

Frente a todo esto, algunos comprensiblemente tienen la tentación de abandonar la Iglesia. Sin embargo, debemos recordar que nuestra fe está en Dios, no en los individuos que fallan en vivir según su vocación en Cristo. Aún Jesús fue traicionado y abandonado, sin embargo, se mantuvo fiel a su Padre y a su pueblo a través de todo. Él permanecerá así. 

Por favor rueguen por todos los que han sido víctimas del abuso sexual, para que reciban sanación, apoyo y paz. También, rueguen por todos los que tienen responsabilidades pastorales en la Iglesia, para que ellos sean verdaderos y buenos pastores de acuerdo con el corazón de Cristo Jesús. Esforcémonos por vivir entregados a la fe, servicio, misericordia y santidad, para que la luz de Cristo dentro de nosotros brille en nuestro mundo. 

Que el Buen Pastor camine a su lado siempre y los bendiga en su trabajo y ministerio.

Sinceramente en Cristo,

Reverendísimo Alexander K. Sample
Arquidiócesis de Portland en Oregon