En mi columna anterior les hablé del Sínodo Extraordinario sobre el Matrimonio, creo que estamos cosechando el fruto de 50 o 60 años de esfuerzos insuficientes y fallidos para enseñar claramente sobre la naturaleza, el significado y propósito del matrimonio. Por eso, en esta columna inicio una enseñanza formal sobre el tema. Este parece ser un buen momento, mientras nos preparamos para el próximo Sínodo Ordinario sobre el Matrimonio y mientras nos preparamos para el Encuentro Mundial de las Familias que tendrá lugar en Filadelfia el año que viene.

¿Por dónde empezar? Bueno, vamos a hablar de la "naturaleza" del matrimonio. Hago hincapié en la palabra "naturaleza" porque tenemos que empezar por el hecho de que el matrimonio es algo natural del ser humano. Veremos que la Iglesia reconoce dos tipos esenciales de matrimonio. Aunque reconocemos que el matrimonio entre dos personas bautizadas es considerado como un "matrimonio sacramental", la Iglesia también reconoce el "vínculo natural" del matrimonio entre dos personas que, al menos, una de ellas no está bautizada.

Hago hincapié en este punto porque existe un malentendido muy común entre las personas. A menudo vemos dos extremos de este malentendido. En un lado del extremo, algunas personas piensan que un matrimonio que no es "sacramental" (por ejemplo, entre dos personas bautizadas) se puede disolver, y entonces significa que ese matrimonio no es una unión permanente. En el otro extremo están los que se sorprenden al saber que un matrimonio entre un católico bautizado con un cónyuge no bautizado no es un vínculo sacramental, sino un vínculo natural. ¡Esto te puede incluir a ti, que estás leyendo esto!

Este puede ser un buen lugar para empezar. El matrimonio, como institución natural arraigada en la naturaleza misma de la persona humana, es algo que viene de la mano del Creador, puesto que Él nos ha hecho hombre y mujer. Mucho antes de que los sacramentos de la Nueva Alianza en Cristo, Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, los bendijo y les ordenó: "Sean fecundos y multiplíquense” y “llenen la tierra y sométanla" (Génesis 1, 28).

Leemos también en el relato de la creación que, después de que Dios había creado el primer hombre, decretó: "no es bueno que el hombre esté solo". (Génesis 2, 18) ¡Qué hermosa enseñanza de la Sagrada Escritura, que Dios haya creado a una auxiliar, una compañera porque no quería que el hombre estuviera solo! Desde el principio se destacó el aspecto comunitario del vínculo matrimonial. El matrimonio existe para la comunión de la vida y el amor entre los cónyuges y para la procreación de los hijos, como acabamos de ver arriba.

Después de la creación de la primera mujer para ser auxiliar y compañera del hombre, Adán proclama: "Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne". La Sagrada Escritura continúa: "Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne"(Génesis 2, 23–24). La hermosa imagen de la creación del hombre y la mujer unidos en una sola carne; y que de esa unión vengan los niños al mundo, colaborando con el poder creador de Dios, siempre será la imagen esencial y la realidad que constituye la esencia del matrimonio.

Ya hemos visto en el llamado "vínculo natural" del matrimonio esas propiedades y elementos que son esenciales para el matrimonio en sí, incluso entre las personas que no están bautizadas. Vemos el vínculo común por el bienestar de los cónyuges ("no es bueno que el hombre esté solo" —o que la mujer esté sola). Se establece una comunidad de vida y amor entre los esposos por su propio bien natural.

En segundo lugar, vemos que este vínculo matrimonial se ordena por su propia naturaleza a la procreación y educación de los niños, su descendencia. La unión complementaria de los sexos (hombre y mujer) se ordena de esta manera. La unión de marido y mujer en una sola carne en el acto conyugal dentro del matrimonio se dirige naturalmente a la procreación. Se trata del amor, pero también se trata de los hijos.

En tercer lugar, vemos que esta relación es única y exclusiva, entre un hombre y una mujer con exclusión de todos los demás. Cualesquiera que sean las demás relaciones que puedan tener en la vida un hombre o una mujer, dentro de la familia o con amistades muy profundas, no tienen otra relación con nadie más como la del matrimonio. Esto es por el bien de los esposos y por la seguridad y estabilidad de la unidad familiar cuando los niños entren en escena. Los cónyuges e hijos todos necesitan la seguridad y la confianza que la fidelidad al vínculo matrimonial requiere.

Por último, el lazo, por su propia naturaleza, debe ser permanente. El hombre y una mujer unidos en matrimonio, trayendo hijos al mundo, deben permanecer unidos por el beneficio mutuo de los esposos y el buen crecimiento y desarrollo de los hijos que son consecuencia de la unión. Esta estabilidad es necesaria para el bienestar de los cónyuges que se nutren y ayudan el uno al otro con la seguridad de saber que siempre van a estar ahí para apoyarse mutuamente. Los hijos también necesitan esa estabilidad y seguridad para el mejor desarrollo humano.

Todo esto sin hablar del carácter sacramental del matrimonio entre los bautizados. Todo lo anterior se aplica a cualquier matrimonio de cualquier parte del mundo, simplemente porque se desprende de la naturaleza de la persona humana como creación de Dios, hombre y mujer.

En la próxima sección de esta catequesis, vamos a ver cómo Cristo elevó este vínculo natural del matrimonio a la dignidad de sacramento entre bautizados. Debo advertirles, que esta enseñanza cubrirá muchas columnas, y tendrá que leerse de un modo continuo para comprender plenamente las enseñanzas de la Iglesia. ¡Que Dios los bendiga!