Foto Servicio Católico de Noticias
Navidad llega y el regalo de esta Navidad está en el Hijo de Dios.
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Navidad llega y el regalo de esta Navidad está en el Hijo de Dios.

Siempre me ha impresionado un diálogo muy sencillo que ocurre al comienzo de la liturgia de la Iglesia, para admitir a una persona al Catecumenado en preparación para su bautismo como adulto. Después de que el candidato se presenta y dice su nombre, el celebrante pregunta: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" El candidato responde: "La fe". Luego, el celebrante pregunta: "¿Qué te otorga la fe?" Y esto es la parte que siempre me fascina. El candidato responde: "La vida eterna".

Es tan sencillo. El don de la fe, mediado por la Iglesia, nos ofrece la vida eterna. Veo que este es un sitio al que regreso en mi propia reflexión y enseñanza. Es el corazón de la proclamación del Evangelio, la meta de la evangelización. La misión de la Iglesia es proclamar la Buena Nueva de la salvación que se encuentra en Cristo, nuestro Redentor, y ser el sacramento de esa salvación para todo el mundo.

Al celebrar el nacimiento de nuestro Redentor, Jesucristo, durante la temporada de Navidad, debemos recordar con claridad por qué vino entre nosotros. Él vino a salvarnos del pecado y ofrecernos la vida eterna con Dios. Este es el mejor regalo que jamás se haya dado.

Esta realidad de nuestra fe se establece claramente en la liturgia de Navidad. Leamos con atención la oración colecta de la Misa de la noche de la Natividad del Señor:

"Dios nuestro, que hiciste resplandecer esta noche santísima con el nacimiento de Cristo, verdadera luz del mundo, concédenos que, iluminados en la tierra por la luz de este misterio, podamos también disfrutar de la gloria de tu Hijo".

Aun mientras la Iglesia celebra la primera venida de Cristo en la Navidad, dirige nuestra atención al propósito de su venida. El Hijo Eterno de Dios se encarnó en el vientre de la Virgen Inmaculada y nació en nuestro mundo, para que un día nos lleve a la eterna alegría del Reino de los Cielos. Cristo se humilló a sí mismo para compartir nuestra humanidad para que pudiéramos compartir su vida inmortal (de la oración sobre las ofrendas de la Misa de la aurora).

Por favor nunca olvidemos este enfoque principal del propósito de la Iglesia misma. A medida que avanzamos en todas las obras maravillosas, ministerios y apostolados de la Iglesia a nivel parroquial y arquidiocesano, no olvidemos de qué se trata en realidad: la salvación de las almas. Evangelizamos, enseñamos, predicamos, servimos a las necesidades y comunidades especiales, cuidamos a los pobres y necesitados, abogamos por la justicia y hacemos muchas obras buenas, para poder llevar las personas a una relación de vida con Jesucristo y a la gloria de la vida eterna con Dios.

Esto significa que, en respuesta a la misión de Cristo en el mundo, todos llegamos al arrepentimiento por nuestros pecados y nos aprovechamos de la misericordia de Dios demostrada en el Niño de Belén. Intentamos guiar a otros a esta misma conversión y arrepentimiento por el bien de la salvación. La Palabra vino a ser carne y residió entre nosotros para reconciliarnos con el Padre por medio de su pasión, muerte, resurrección y ascensión al Cielo.

Al celebrar la Santa Misa esta Navidad, y todos los días, recordemos que así como el Espíritu Santo cubrió a la Santísima Virgen María, para que el Hijo Eterno de Dios se hiciera carne en su matriz virginal, entonces ese mismo Espíritu Santo desciende sobre el pan y vino, y Cristo se hace verdaderamente presente en el sacramento de nuestra salvación.

Mi oración sincera y ferviente para todos ustedes durante este tiempo de Navidad es que todos logremos apreciar profundamente el mejor regalo que Dios podría darnos. Es el regalo de su Hijo, la salvación eterna y la alegría de un día vivir para siempre con él en su Reino.

¡Bendiciones en esta Navidad para todos y que la gracia de Dios llegue a cada uno en el Año Nuevo!