La Arquidiócesis de Portland recientemente celebró la ordenación de tres diáconos permanentes y dos diáconos transitorios. (Diáconos transitorios son hombres que, si Dios quiere, también serán ordenados sacerdotes.) En las dos ocasiones hubo un momento de la ceremonia de ordenación que me pareció particularmente significativo. Es cuando el Libro de los Evangelios se entrega solemnemente a los diáconos recién ordenados.

En el momento en que el Obispo coloca el libro en las manos del diácono dice: "Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo crees y vivir lo que enseñas”. Estas palabras destinadas al diácono en ese momento solemne, también son palabras que todos los católicos deben tomar muy en serio como discípulos de Jesucristo. Creer. Enseñar. Prácticar.

Todos estamos llamados a ser creyentes de la Palabra de Dios proclamada por la Iglesia. Estamos, de hecho, obligados a dar testimonio en la fe de todo lo que ha sido revelado por Dios. Citando el Concilio Vaticano II:

"Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los Obispos, y especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia”. (Lumen gentium, 25)


Por la promesa de Cristo a su Iglesia, el Espíritu Santo guía la enseñanza de los Obispos en comunión con el Papa. Ellos han conservado la fe exentos de error a lo largo de los siglos, hasta nuestros días. Estamos obligados a aceptar esta enseñanza que proviene de Cristo, dada fielmente a su esposa, la Iglesia.

Entonces estamos llamados a dar testimonio de esta fe, tanto como nos sea posible. Estamos llamados a participar en la misión evangelizadora de la Iglesia, mediante la enseñanza de lo que hemos llegado a creer como fue revelado por Cristo en las Sagradas Escrituras y en la enseñanza de la Iglesia. Los padres enseñan la fe a sus hijos. Los obispos, sacerdotes y diáconos enseñan la fe a las personas confiadas a su cuidado pastoral. Los profesores de escuelas católicas, profesores universitarios católicos y todos los catequistas están obligados a enseñar la verdad católica a sus estudiantes. Todos los católicos están llamados a enseñar la fe cada vez que se presenta la oportunidad.

Por último, todos los católicos están llamados a practicar la fe que han llegado a creer y que enseñan a los demás. Todos estamos llamados a dar testimonio de la fe, por medio de la rectitud de nuestras vidas, de acuerdo con nuestra conducta moral de las enseñanzas de Jesucristo en las Sagradas Escrituras y en la enseñanza de la Iglesia. No podemos profesar públicamente lo que creemos, por un lado y luego contradecirnos públicamente en la forma en que vivimos estas enseñanzas, con ausencia de arrepentimiento.

Todos somos pecadores y, a veces no somos capaces de vivir como deberíamos. Pecamos. Pero la misericordia de Dios es más grande que nuestros pecados y, cuando nos arrepentimos, Dios acepta fácilmente nuestro regreso, al igual que el padre del hijo pródigo. Pero eso es muy diferente a la proclamación moral de las enseñanzas de la Iglesia, si vivimos públicamente en contradicción con estas enseñanzas. Eso es lo que llamamos un escándalo.

En otras palabras, estamos llamados a ser católicos en el sentido más pleno, siempre conscientes y agradecidos por la misericordia de Dios, que está listo a darnos su misericordia si fallamos. La integridad de la fe significa que creemos lo que ha sido revelado por Dios. Enseñamos lo que creemos y practicamos lo que creemos y enseñamos.