Con esta columna llega el fin de una larga catequesis sobre el tema del matrimonio y la vida familiar, al menos por ahora. Deseo brevemente recordar que cubrimos este tema tan importante, de una manera muy amplia, por la atención que ha recibido en toda la Iglesia universal. Estamos entre dos sínodos de los obispos del mundo. Los Obispos están tratando el tema de la pastoral de la familia. También nos estamos preparando para un Encuentro Mundial de las Familias, que se celebrará este otoño en Filadelfia con nuestro Santo Padre.

En preparación para los dos sínodos, salió a la luz otra cruda realidad que dio impulso a esta catequesis: estamos cosechando los frutos de años de catequesis inadecuada y errónea sobre el matrimonio y la vida familiar. Salta a la vista la necesidad de tener una enseñanza clara de la naturaleza, el significado y propósito del matrimonio de acuerdo con el plan divino.

Me he esmerado por darles una presentación clara y precisa, fiel y sin errores del entendimiento y enseñanza de la Iglesia, sobre la naturaleza esencial del matrimonio. Esta enseñanza se basa en la ley natural, en la Sagrada Escritura y en 2,000 años de reflexión y transmisión de una enseñanza, guiada por el Espíritu Santo, don que Cristo prometió y envió a su Iglesia.

No siempre es fácil escuchar esta enseñanza. Puede ser una enseñanza difícil. Algunos de ustedes han expresado su desacuerdo con lo que he tratado de exponer; o han creado el argumento de que esta visión del matrimonio es demasiado idealista e incluso imposible de lograr, dada la realidad del matrimonio y la vida familiar en el mundo de hoy.

Debo aclarar que lo que he enseñado en esta serie no es mi propia opinión, sino la enseñanza de Cristo y de su Iglesia. Es mi responsabilidad como su pastor transmitir esta enseñanza con fidelidad, sin excepciones y, al tiempo, subrayar la misericordia de Dios cuando fallamos. Debemos resistir la clara tentación de ceder este bello y majestuoso ideal del matrimonio en favor de una visión secular y mundana más fácil y, para algunos, más cómoda. Debemos aferrarnos a la enseñanza de la Iglesia y confiar que la gracia de Dios nos ayuda, en medio de las dificultades.

El hecho es que el matrimonio está en crisis y el futuro de nuestra civilización y nuestra cultura está en juego. Esto puede parecer demasiado fuerte para muchos, pero con todo mi corazón creo que es verdad. El Papa Benedicto XVI dijo en su homilía de apertura del Sínodo de los Obispos, sobre la Nueva Evangelización en 2012:

"…el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser 'una sola carne' en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz. Hoy podemos percibir toda la verdad de esta afirmación, contrastándola con la dolorosa realidad de tantos matrimonios que desgraciadamente terminan mal. Hay una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización.

Aquellos matrimonios que han trabajado árduamente durante muchos años en sus propias vidas para defender y dar testimonio de la visión de Dios sobre el matrimonio y la vida familiar, les damos las gracias. En medio de todas las luchas y desafíos que la vida les ha lanzado, ustedes se han mantenido fieles. Ustedes son una luz que brilla en la oscuridad.

Antes de terminar, me gustaría dirigirme a todas esas personas en matrimonios o situaciones familiares con heridas, que están en medio del sufrimiento y necesitan el amor sanador de Cristo y su misericordia. No se desanimen ni cedan a la tristeza y la desesperación. Dios los ama. Todo el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, los ama y queremos ayudarlos a encontrar la sanación y la fuerza para mantenerse en pie ante lo que la vida les ha lanzado o para enfrentar las consecuencias de lamentables errores del pasado. Dios es misericordioso. Esperamos poder ayudarlos a encontrar una manera de experimentar la misericordia en el corazón de la Iglesia.

A medida que nos involucramos plenamente en las realidades de la vida matrimonial y familiar de nuestro tiempo, nuestra nueva Oficina Arquidiocesana del Matrimonio y la Vida Familiar se prepara para ayudar a fortalecer y sanar a nuestras familias en la gracia y la misericordia que sólo Jesús puede dar. Oren por nosotros para que nuestros esfuerzos den mucho fruto.

Por último, me gustaría hacerles una petición a todos ustedes, mis queridos hermanos y hermanas en Cristo: Les pido unirse a mí en la oración, por lo menos un Rosario a la semana, entre ahora y el sínodo de obispos que se celebrará en octubre de este año, pidiendo la bendición de Dios y la orientación en este momento tan importante en la vida de nuestra Iglesia. Les pido especialmente que las parejas casadas y familias recen este Rosario juntos. Encomendemos este sínodo, y todos nuestros matrimonios y familias al cuidado amoroso de nuestra Santísima Madre, Madre de la Palabra encarnada y Madre de todas las familias.