“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado” (Juan 13, 34–35).

Mucha gente, incluso yo, hemos llegado al punto de limitar drásticamente lo que vemos por cable o televisión. Es triste y deprimente ver que las personas se comunican con un lenguaje marcado por el criticismo y la división, carente de respeto y bondad. ¿En dónde quedaron las reglas de urbanidad?

Desde lo más alto de la esfera gubernamental hasta el nivel local, ya no podemos hablar del concepto de “sociedad civil”. El primer sentido de “civil”, en este contexto, se refiere a los ciudadanos comunes de una sociedad y a sus preocupaciones, diferentes al ámbito militar o religioso. Pero, el segundo sentido de la palabra se refiere a ser “cortés y amable”. El primer significado de “civil” todavía existe, pero no así, el segundo, pues en gran parte, se está extinguiendo.

No importa cuál sea nuestra postura en la arena política. Ambos lados son culpables. Los ejemplos abundan: actitud provocativa, descortés, irrespetuosa, hiriente y vulgar en los medios sociales; esfuerzos por acallar la libertad de expresión cuando difiere de la nuestra; y llamadas a perseguir a aquellos que están en desacuerdo con nuestros propios puntos de vista. Hay demasiada gente que exhibe sus emociones primero, sin dejar espacio para tener un debate racional y respetuoso sobre los asuntos más importantes de nuestro país.

Pero lo que más me entristece es que esta conducta irrespetuosa esté afectando a nuestra Iglesia y la comunión de hermanos y hermanas en Cristo. Los católicos pasan mucho tiempo leyendo blogs, viendo Facebook y escribiendo Tweets, y luego, traen toda esa retórica corrosiva a su entorno, a sus relaciones con los demás.

Recientemente, tuve que eliminar un ‘post’ de mi propia página de Facebook porque, en la sección de comentarios, algunas personas que se profesan católicas estaban lanzándose palabras de un modo que no reflejaba el amor y respeto que Jesús exige de sus discípulos. Veo esta clase de conducta en muchos niveles de los medios católicos. Es triste ver que los católicos se vean entre sí como enemigos.

La charla honesta, e incluso el debate sobre muchos asuntos que afectan nuestras vidas como católicos, es bueno y sano para la Iglesia. Pero, cuando la interacción degenera en conducta dictada por las emociones y ataca al prójimo, nos hemos perdido. Todas las conversaciones que tenemos deben estar marcadas por el respeto y la caridad recíprocos. Esto se aplica tanto a las discusiones sobre asuntos de moral, política, inmigración e incluso sobre liturgia, por citar algunos.

Los católicos pueden ser líderes en dar un buen ejemplo al mundo. Ante una cultura que hace daño, debemos llevar la contraria. Seremos más eficientes en nuestro trabajo por la evangelización si nos oponemos. No debemos permitirnos ser arrastrados al nivel de una sociedad que se está hundiendo.

Mi madre me decía, “Todos te quieren”. Por supuesto que su opinión estaba sujeta a que yo era su hijo… y, ¿quién le iba a decir a la madre del arzobispo lo que ellos pensaban de mí? Ella sólo escuchaba lo bueno (excepto que alguien le dijo que mis homilías eran muy largas). Yo me reía cuando ella me decía que todos me amaban, y yo le decía que leyera mi correo por un mes entero. Hay mucha gente que piensa que no soy tan bueno.

No lo digo para provocar compasión, sino sólo señalo que, a veces, la gente le escribe a su obispo con palabras duras, sarcásticas, e incluso con un tono que puede tacharse de agresivo y poco amable. Yo veo la división y falta de respeto y civismo desde otra perspectiva. Ahora estoy de acuerdo si los fieles ponen en duda o expresan desacuerdo con las cosas que yo digo o no digo como su obispo. Pero, cuando el tono que adoptan se parece al modo negativo de relacionarse entre sí y al que usan los líderes políticos, me desilusiona. Y veo que muchas veces los fieles se tratan de esa manera.

A menudo, los católicos se dejan llevar más por sus puntos de vista sobre el mundo y la política que por su fe católica. Yo lo sé porque, si digo algo sobre los inmigrantes y refugiados, me refuta un grupo. Si hablo sobre la moral, el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo, me refuta otro grupo. Los católicos estamos moralmente obligados a seguir las enseñanzas de la Iglesia, tanto en la esfera moral como social. Debemos aceptar la doctrina de la Iglesia en lo moral y en lo social, confiando en que el Espíritu Santos guía a la Iglesia en la verdad, como nos lo dijo Jesús (Juan 16, 12–15).

Ahora bien, hay áreas que aluden a soluciones políticas para resolver problemas de nuestra sociedad, y hay espacio para juicios prudentes y desacuerdos sanos sobre cómo llegar a esas soluciones. Éste es el dominio de los laicos, pero las soluciones deben ser guiadas por la enseñanza moral y los principios basados en la enseñanza social católica. Sin embargo, cuando surgen las discusiones y debates, el respeto y la caridad cristianas deben gobernar.

Debemos recordar siempre, que primero somos discípulos católicos de Jesucristo; después, ciudadanos de América y, luego, afiliados a un partido político (si lo tenemos). Examinemos nuestra conciencia y ratifiquemos nuestro compromiso con el amor y respeto mutuos, como mandó Jesús. Y, como me decía mi obispo de Michigan, “¡Atención, bloggers!”