He seguido con no poca preocupación, la cobertura del reciente Sínodo sobre el Matrimonio y la Familia en los medios de comunicación, y particularmente en los medios seculares. Si uno no supiera de lo que se trata, pensaríamos que estábamos en medio de un concilio ecuménico de la Iglesia, una especie de Vaticano III; y nada más lejos de la verdad.

El Sínodo de los Obispos es simplemente un mecanismo de carácter permanente, que el Papa estableció para consultar a una representación de los obispos del mundo en asuntos de importancia para la vida de la Iglesia. El Beato Papa Pablo VI, luego del  Concilio Vaticano II,  dejo establecido este mecanismo con el propósito de  perpetuar el espíritu colegial y de diálogo que se evidenció en el propio Concilio. Al respecto, el Beato Papa Pablo VI escribió:

“Tenemos la alegría de anunciaros la institución, tan deseada por este Concilio, de un Sínodo de los Obispos que, compuesto de obispos, nombrados la mayor parte por las Conferencias episcopales con nuestra aprobación, será convocado, según las necesidades de la Iglesia, por el Romano Pontífice, para su consulta y colaboración, cuando, para el bien general de la Iglesia, lo considere oportuno”.

El Sínodo tiene una pequeña representación de todas las conferencias episcopales. Por ejemplo, en los Estados Unidos hay 272 obispos activos entre los cuales elegimos a cuatro para representarnos ante el Sínodo. El Papa Francisco además, nombró cuatro adicionales para un total de ocho obispos en el Sínodo, o sea un 3% de los obispos activos en los Estados Unidos.

Hago hincapié en este punto debido a que algunos le atribuyen al Sínodo mucha más autoridad de la que realmente posee. De hecho el Sínodo no tiene poder deliberativo o autoridad para tomar decisiones. Se trata simplemente de un grupo representativo de obispos a quienes el Papa Francisco consulta, sobre los asuntos que afectan el matrimonio y la vida familiar en la Iglesia y en el mundo contemporáneo.

Sin embargo, lo que se escuchaba en gran parte de los medios seculares (e incluso en algunos medios de comunicación católicos), era que el Sínodo se disponía a hacer cambios radicales en la práctica pastoral de la Iglesia, e incluso cambios en la doctrina católica. El Sínodo nunca ha tenido la autoridad para ninguna de estas acciones.   

El reciente Sínodo captó mucha atención de los medios de comunicación debido a los asuntos que trataba (el matrimonio y la familia), y debido a que se habían puesto sobre la mesa de discusión algunos temas algo controversiales. Estos temas incluyen el papel de las personas homosexuales en la vida de la Iglesia, así como la Sagrada Comunión para las personas divorciadas por lo civil y que se han vuelto a casar.

La celebración de sínodos en el pasado no había llamado tanto la atención y los Católicos apenas recuerdan los temas que se trataron tales como: la nueva Evangelización, la Palabra de Dios, la Santísima Eucaristía, el papel del Obispo, y la vida consagrada, por nombrar algunos. Lo que hizo que el ultimo Sínodo tuviera una mayor visibilidad era la falsa expectativa que tenían algunos, de que se producirían cambios radicales en la doctrina y/o en la práctica pastoral.

Entonces, ¿qué va a suceder con el trabajo del Sínodo, y toda la preparación y consultas que lo precedieron? Los obispos sinodales emitieron y le entregaron un informe final al Santo Padre el Papa Francisco. Este informe final intenta resumir los trabajos del Sínodo, los resultados de las deliberaciones y las discusiones, a la vez que le hacen varias recomendaciones al Santo Padre. Esta acción pone de relieve el carácter consultivo del Sínodo. Con esta acción ya han aconsejado al Santo Padre.

 

Corresponde ahora al Papa Francisco reflexionar sobre los trabajos y el informe final del Sínodo.  Si se mantiene la práctica común, el Santo Padre publicará una “exhortación post-sinodal” sobre el tema del Sínodo. Esta será la carta que guiará las iniciativas pastorales del Sínodo. El documento tendrá todo el peso de autoridad.

 

Mientras tanto, hago hincapié en que –tras el Sínodo- no ha habido ningún cambio en la doctrina católica. Nunca se podrá cambiar la doctrina católica en material de fe y moral. Tampoco se ha producido ningún cambio en la práctica pastoral, en lo que respecta a los sacramentos de la Iglesia. Además, cualquier cambio en la práctica pastoral que el Santo Padre proponga en su exhortación, debe ser plenamente coherente con la doctrina de la Iglesia. La Iglesia no puede enseñar algo y tener prácticas pastorales que contradigan esa enseñanza.

Así que, mientras tanto, recemos para que el Espíritu Santo guíe a nuestro Santo Padre en su exhortación a la Iglesia sobre estos temas fundamentales del matrimonio y la vida familiar, que desempeñan un papel tan fundamental en la vida de la Iglesia y la sociedad.