¡Les envío a todos ustedes, sus familias y seres queridos, mi más sincero y afectuoso saludo en esta época santa del año!

 

Este año ha sido como ningún otro, al menos en mi vida. Permítame decirlo: ha sido un año difícil.

 

Este año nos ha traído una pandemia global, severa división política, un recordatorio de los vestigios del racismo en nuestra sociedad, malestar social e incluso violencia e incendios forestales.

 

Tantas vidas perdidas, familias en aflicción, vidas gravemente perturbadas, tanta pérdida y sufrimiento. Sí, muchos de nosotros estamos ansiosos de voltear la página de este año y esperar cosas mejores en 2021.

 

No obstante, por duro que haya sido este año, también ha sido un año de gran misericordia.

 

Hemos sido testigos del amor y la preocupación de la gente por los demás. Tantas personas dispuestas a hacer enormes sacrificios por mantener a la gente segura en su intento por frenar esta crisis de salud global.

 

Muchas personas han mostrado actos heroicos de bondad y generosidad por los que sufren. Basta señalar la efusión de amor, oraciones y apoyo financiero para aquellos que perdieron sus hogares debido a los incendios forestales.

 

A medida que pasamos más tiempo juntos en nuestros hogares, las familias han fortalecido sus vínculos. Hemos redescubierto nuestro amor por la Sagrada Eucaristía, que posiblemente habíamos subestimado.

 

En medio de todo esto, Dios ha estado siempre presente, caminando con nosotros.

 

Él nunca nos abandona y siempre saca el bien del mal y sufrimiento que soportamos, siempre que nos aferremos a Él y pongamos toda nuestra confianza en Su misericordia y amor por nosotros.

 

No debemos permitir que el maligno, que busca explotar tiempos como este, nos robe nuestra alegría y esperanza cristiana. ¡Mantengamos nuestros ojos fijos en Jesús!

 

Mientras damos la bienvenida al Bebé de Belén y esperamos el regreso de Jesús en gloria, los invito a todos a abrir nuestros corazones y nuestros hogares al Divino Salvador de una manera que sobrepase la forma en que pudimos haberlo hecho en el pasado.

 

Jesús vino a salvarnos del mal, el pecado y la muerte.

 

Nunca debemos perder de vista el verdadero significado del Evangelio: "¡Así amó Dios al mundo! Le dio a su Hijo Único, para que quien cree en El no se pierda, sino que tenga vida eterna.". (Juan 3:16).