La mayoría de ustedes saben que mi querida madre, Joyce, falleció el último día del año 2017, en la Fiesta de la Sagrada Familia. ¡Parece que ella deseaba comenzar el Año Nuevo en un mejor lugar!

Deseo expresar mi inmensa gratitud a cada uno de ustedes por sus hermosos mensajes de condolencias. Mi familia y yo estábamos conmovidos por los centenares de tarjetas y cartas que recibimos. Todos esos mensajes contenían la promesa de oraciones por mi madre y por todos los que sentimos su pérdida. Las palabras de amor y preocupación siguen ayudándonos durante nuestro duelo.

Quiero que sepan que la partida de mi madre fue verdaderamente una muerte santa. ¿Qué quiero decir con esto? Estuvo rodeada por su familia, mi madre recibió todos los sacramentos que la Iglesia reserva para todos los moribundos. Como su hijo, y como sacerdote, pude darle la absolución por todos sus pecados, darle la Sagrada Comunión, otorgarle el perdón apostólico, y rezar las hermosas oraciones que la Iglesia provee en los ritos de la última despedida. Mi hermana me dijo: ¡Espero estés tú para cuando me toque a mí!”

Es parte de nuestra tradición católica orar ante Dios para que nos libre de una muerte inesperada. Esto significa que oramos para no tener una muerte para la que no estemos preparados. Todos deseamos estar en estado de gracia, de amistad y comunión con Dios, cuando llegue el momento de salir de este mundo hacia el encuentro con nuestro Salvador, Juez de vivos y muertos.

Es un gran consuelo saber que tanto mi padre como mi madre estaban preparados para encontrarse con el Señor. Todo esto se ha convertido en una fuente de meditación para mí, mientras hacemos este camino cuaresmal de gracia. No quiero decir que este sea un modo de ver las cosas en forma negativa. La Cuaresma es un tiempo en el cual reflexionamos sobre lo breve de la vida, en comparación con la eternidad que nos espera. En el Miércoles de Ceniza, mientras recibíamos la señal de la ceniza en la frente, escuchamos la antigua  advertencia: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

Es beneficioso meditar en lo que tradicionalmente llamamos “Las Cuatro Cosas”: la muerte, el juicio, el cielo y el infierno. También hablamos de eso de forma coloquial y con un poco de humor diciendo: “Lo único seguro es la muerte y los impuestos”, “nadie sale vivo de este mundo”.

Lo cierto es que todos vamos a morir en algún momento. Estemos preparados. La Cuaresma es el tiempo que nos da la Santa Iglesia para reflexionar en ello, examinar nuestra salud espiritual y corregir las cosas que hayan salido del camino. Y al hacerlo, vamos acompañados de los tres pilares de la observación de la Cuaresma: oración, limosna y ayuno.

Pero, reflexionamos en estas cosas con profunda conciencia de la misericordia y el amor de Dios derramados sobre nosotros por Jesucristo, su Hijo. En la Cuaresma, nos preparamos para celebrar el Misterio Pascual (la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús), con la mente y el corazón renovados. No debemos temer a la muerte si caminamos con Él.

Deseo de todo corazón para ustedes, que esta Cuaresma esté llena de gracia y luz, que los lleve al amor de Dios y de nuestros semejantes. Este tiempo será especialmente fructífero si celebramos el gran sacramento de misericordia, el Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación. Confesando nuestros pecados y recibiendo la absolución de Cristo, por medio de la Iglesia, estaremos en guardia contra “una muerte no esperada”.