“ La muerte ha sido aniquilada por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado y la fuerza del pecado es la ley. Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo. (1 Corintios 15, 54-57)

El misterio de la muerte es algo que ha fascinado las mentes de las personas a través de toda la historia humana. La muerte nos fascina, nos asusta, nos preocupa, nos cuestiona o hasta nos consuela y conforta. Es algo que cada uno de nosotros experimentaremos. Es el gran “nivelador” de los seres humanos. Nadie escapa a la muerte. Le llega a ricos y pobres, al poderoso y al débil, al arrogante y al humilde. 

Sin embargo, la muerte no debe causar miedo en el corazón de un creyente y discípulo del Señor Jesús. Hasta podremos llegar a ver a la muerte como una amiga que marca el paso de esta vida, hacia la vida eterna que Dios nos prometió. No fuimos hechos sólo para este mundo, sino para el Reino de los Cielos. Realmente deberíamos meditar en la muerte como el recordatorio del verdadero significado, propósito y destino de nuestra vida.

Tal vez sea el "lo desconocido" asociado con la muerte lo que nos asusta. ¿Cómo será? ¿Será doloroso? ¿Qué veremos? ¿Qué experimentaremos en el paso de este mundo al siguiente? ¿A quién veremos? ¿Cómo será el juicio de nuestra vida? ¿Cómo será el purgatorio?

Pero finalmente no deberíamos temerle a la “Hermana Muerte” (como San Francisco de Asís la llamaba). San Pablo nos recuerda que la muerte ha sido consumida en la victoria de Jesucristo. A través de su sagrada pasión, muerte y resurrección, él nos ha liberado del pecado y la muerte sin fin y abrió para nosotros el camino de la vida eterna. Somos salvados a través de su misterio pascual, si podemos mantenernos fieles a él hasta el final.

El mes de Noviembre en la tradición católica es conocido como el “mes de Todas las Almas”. Empieza con la conmemoración del Día de Todos los Santos, en el cual celebramos todas esas almas victoriosas que ahora contemplan el rostro de Dios en el Cielo. Sin embargo, esta fiesta celebra inmediatamente el Día de Todas las Almas, en el cual hacemos una pausa para recordar y orar por todos los que han fallecido, especialmente los miembros de nuestras familias, seres queridos y amigos. También rezamos por todos los fallecidos, para que pronto se encuentren por siempre en la presencia de Dios.

Esta ofrenda de oraciones por los muertos, especialmente la más grande de todas las oraciones, el santo Sacrificio de la Misa, sugiere que ellos realmente necesitan nuestras oraciones. Implica la creencia de la Iglesia en el Purgatorio. Del Catecismo de la Iglesia Católica:

“Todos los que mueren en la gracia y amistad de Dios, pero que aún están imperfectamente purificados, tienen realmente asegurada su salvación eterna; no obstante, después de morir deben ser purificados, hasta que alcancen la santidad necesaria para entrar en la dicha del cielo”. (CIC, 1030).

Nuestras oraciones por los muertos son de gran ayuda para ellos en esta transición final de la muerte a la vida eterna:

“Desde su inicio la Iglesia ha honrado la memoria de los muertos y ha ofrecido oraciones en sufragio para ellos, por encima de todos los sacrificios Eucarísticos, para que una vez purificados, puedan obtener  la visión beatificada de Dios. La Iglesia también ordena limosnas, indulgencias y obras de penitencia que se hacen a nombre de los muertos”. (CIC, 1032)

El poder de nuestras oraciones y sacrificios por los muertos fluye de nuestra comunión con ellos en el Cuerpo Místico de Cristo, de la comunión de los santos:

“En plena consciencia de esta comunión con la totalidad del Cuerpo Místico de Jesús Cristo, la Iglesia en sus miembros peregrinos, desde los primeros días de la religión Cristiana,  ha honrado con gran respeto la memoria de los muertos; y porque es un pensamiento santo y completo orar por los muertos y pedir que se les libere de sus pecados ella ofrece sus sufragios por ellos. Nuestra oración por ellos no sólo es capaz de ayudarlos, sino que también hace que su intercepción por nosotros sea efectiva”. (CIC, 958)

Esta es el más grande y tal vez último acto de amor que podemos ofrecer por nuestros amados muertos, por ejemplo, ayudándolos con nuestras oraciones y sacrificios. La muerte no los separa de nosotros, simplemente crea una nueva comunión con ellos. Tan tentados como estemos en el momento de la muerte de proclamar que nuestros seres queridos ahora están definitivamente con Dios, les hacemos un gran daño si fallamos en rezar por ellos en este último estadio de su purificación. Debemos esperar y confiar en que aquellos que dejamos atrás cuando nos marchamos rezarán por nosotros. ¡Personalmente cuento con ello!

Así que en este mes de Todas las Almas, alcemos nuestros corazones en oración por todos los fieles fallecidos. Dales Señor el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Que sus almas y todas las de los fieles fallecidos, por la gracia de Dios, descansen en paz. ¡Amén!