En mi última columna, antes de Pascua, en esta serie sobre el matrimonio, quedó establecido por qué la Iglesia tiene mucho que decir sobre el matrimonio y la vida familiar; también se dijo por qué los fieles deben confiar en esta firme enseñanza para revelar la verdad. En cuestiones de fe y moral, la Iglesia, por la voluntad de Dios mismo, enseña con autoridad y con la mente y el corazón de Cristo mismo. Esta es una autoridad que Cristo resucitado dio a la Iglesia por el don prometido del Espíritu Santo.

Ahora nos dirigimos a algunos "temas candentes" específicos que sobresalen en las noticias estos días, a raíz del último Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre el Matrimonio y la Familia, y en preparación para el próximo Sínodo Ordinario sobre el mismo tema. Vamos a ver primero la cuestión de la Sagrada Comunión para los divorciados y vueltos a casar en una ceremonia no reconocida como válida por la Iglesia, es decir, sin haber obtenido la anulación de su primer matrimonio, para que las partes pudieran casarse en la Iglesia.

Pero en primer lugar, echemos un vistazo a la cuestión de la sagrada Comunión en sí, y quién puede recibir este maravilloso sacramento. Quiero empezar aquí mismo para evitar la impresión de que estamos señalando o separando a un grupo de personas que están divorciados y vueltos a casar, y que no pueden recibir la Santa Comunión. Para acercarse y recibir el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, todos deben estar en lo que llamamos "bien dispuestos" a recibir el sacramento.

Parte de estar dispuestos para recibir la Sagrada Comunión es estar en un estado de gracia (libres de pecado mortal). El Catecismo de la Iglesia Católica dice: "El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe estar en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia" (Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), n. 1415).

Esta enseñanza y la disciplina de la Iglesia está arraigada en nuestra comprensión teológica de la Sagrada Eucaristía, en la cual verdaderamente está contenido el Cuerpo, la Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Salvador Jesucristo. Para recibirlo dignamente, debemos estar viviendo una vida conforme a su voluntad: en un estado de amistad con el Señor. San Pablo escribe en su primera carta a los Corintios: "Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa". El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo" (1 Corintios 27–29).

Hay muchas circunstancias, por lo tanto, en las que una persona puede encontrarse a sí misma no apta para recibir la Sagrada Comunión: cualquier pecado mortal que no haya sido confesado y absuelto. He aquí algunos ejemplos: Tener la intención de no asistir a la misa el domingo por culpa de uno mismo, el asesinato, el aborto, la eutanasia, el robo de una gran cantidad, defraudar a un empleado a un grado extremo, la masturbación, o decir una mentira que haga un grave daño a una persona. Por supuesto que hay factores habituales que deben estar presentes para incurrir en pecado mortal, es decir, el conocimiento de la gravedad del pecado y el pleno consentimiento de la voluntad de cometer el acto.

Uno de estos pecados mortales objetivamente es el pecado de adulterio. Adulterio significa mantener relaciones sexuales con una persona que está casada y/o estando casado usted mismo. A sabiendas y libremente participar en este acto constituye pecado mortal e impide que se pueda recibir la Santa Comunión (CIC, nn. 2380–2381). La enseñanza de Jesús en el Evangelio es clara: divorciarse de su esposa y casarse con otra es cometer el pecado de adulterio. Vean esta cita: "¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: 'El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre'. Los fariseos le preguntaron: 'Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?' Jesús contestó: 'Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de unión ilegítima, y se casa con otra, comete adulterio'" (Mateo 19,  4-9).

No hay duda de que esta es una enseñanza difícil de aceptar, pero viene de los labios de nuestro Salvador mismo. Es una enseñanza que sostiene y refuerza la indisolubilidad del vínculo del matrimonio, que es un signo sacramental de la permanencia del amor de Cristo por nosotros, su Esposa, la Iglesia. Debemos ser capaces de ver en este esta enseñanza lo que nos dice acerca de la importancia y la dignidad del matrimonio, incluso, ya que presenta desafíos de la vida real a los que experimentan la tragedia del divorcio en sus propias vidas.

En la próxima columna hablaremos más sobre este tema tan delicado y cómo podemos ser misericordiosos con los que se encuentran en estas circunstancias difíciles. Hay mucho que podemos hacer para ayudarlos.