De vez en cuando es importante hacer un alto y preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos como Iglesia. En mis viajes por la Arquidiócesis y mis visitas con los fieles, escucho todo tipo de comentarios y preocupaciones. Muchas personas están muy felices y orgullosas del sentido de comunidad presente en su parroquia. La experiencia de comunidad, amor y apoyo es muy importante para ellos. Muchos están preocupados por la disminución del número de feligreses que participan activamente en la parroquia, especialmente que van a Misa. Otros están muy preocupados por nuestros jóvenes y quieren encontrar formas de mantenerlos en la Iglesia practicando su fe.

Me veo obligado a preguntar ¿por qué?  ¿Por qué queremos una comunidad fuerte en nuestra parroquia? ¿Por qué no queremos ver a nuestra familia, amigos y feligreses alejarse de la Iglesia? ¿Por qué queremos mantener a los jóvenes activos en la Iglesia? ¿Es sólo por mantener las cifras altas y dar la impresión de que estamos bien y vibrantes? ¿Es para ofrecer a la gente una experiencia positiva e inspiradora? ¿Para balancear el presupuesto e implementar programas? La verdadera respuesta a la pregunta “¿por qué?” puede ser obvia para algunos, pero quizá no lo sea para todos. ¿Para qué existe la Iglesia?

Todo se resume en el Misterio Pascual de Nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo, el cuál celebramos en este santo periodo del año. Su sagrada pasión, muerte, resurrección y ascensión son la clave de todo lo que hacemos como Iglesia. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre, sufrió, murió, fue sepultado y el tercer día resucitó para salvarnos de los pecados, destruir la muerte y abrir para nosotros el camino a la vida eterna. ¡Esa es la Buena Noticia! Es Juan 3:16. “Porque Dios amó tanto al mundo, que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no muera y tenga vida eterna”.

Jesús Cristo vino a salvarnos, reconciliarnos con el Padre a través de su muerte y resurrección, y levantarnos a una nueva vida. Esto le puede parecer obvio a la mayoría, pero a veces me pregunto si ese es el primer y más importante pensamiento cuando consideramos nuestras vidas como católicos en la Iglesia. La Iglesia continúa la misión de salvación de Cristo a través de los tiempos hasta que él regrese con gloria en el fin del mundo. La Iglesia es el “sacramento” universal de la salvación para el mundo. Nuestro destino final, porque el diseño de Dios es vivir con él, para siempre en el cielo, y la Iglesia es el camino que él usa para salvarnos y llevarnos a su Reino.

Es por eso que queremos mantener a las personas en la iglesia y nos preocupa perder a nuestros jóvenes, porque queremos que experimenten esta nueva vida en Cristo y el regalo de la salvación eterna.  Todas las otras actividades que realiza la Iglesia con sus apostolados y ministerios tan importantes, sirven esta meta y propósito. Queremos comunidades parroquiales fuertes no por el bien de la comunidad en sí, sino como un vehículo para ayudar a la gente a vivir su vida completamente en Cristo y un día estar juntos en el Reino del Cielo. La comunidad de la iglesia no existe como fin sino como medio para alcanzar un fin superior, el fin último y el propósito definitivo de nuestra vida.

Aquellos que recuerdan el antiguo Catecismo de Baltimore, conocen la respuesta a la pregunta, “¿Por qué te creó Dios?”. Para conocerlo, amarlo y servirle en este mundo, con el fin de estar felices por siempre con él en el siguiente. La misión de la Iglesia es ayudar a las personas a que conozcan el amor y la misericordia de Dios, a responder amando a Dios con todo el corazón, alma y fortaleza y a servirle, especialmente a través de nuestros hermanos y hermanas. No obstante, todo esto es para que podamos estar con Dios por siempre en la dicha y la paz de su Reino.

El Misterio Pascual de Cristo se hace verdaderamente presente para nosotros, no solo mientras celebramos la Semana Santa y la Pascua, sino en cada Misa que celebramos a través del año. El sacrificio que él nos ofreció en el altar de la cruz por nuestra salvación se hace verdaderamente presente en el sacramento de la Santa Misa. Este es el profundo misterio de nuestra salvación el cual Cristo deseó que estuviera disponible para cada generación de creyentes hasta el fin del mundo.

Mientras celebramos la dicha de la Pascua y la Resurrección de Cristo, alabemos a Dios, quien en su infinita misericordia y amor ha venido a rescatarnos de nuestros pecados y de la muerte eterna. ¡Que la luz del Cristo Resucitado brille sobre ti, tu familia y tus seres queridos y esté contigo hoy y siempre!