Vuelvo a tocar un tema del que he hablado y escrito en el pasado. Tiene que ver con el mensaje principal del Evangelio que vivimos y predicamos. Resulta especialmente oportuno reflexionar sobre este tema en Semana Santa y Pascua, más aún durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia proclamado por el Papa Francisco.

Tuve la gran alegría de celebrar Misa durante la actividad de juventud Rise Up en la cual participaron alrededor de 425 estudiantes de la escuela secundaria. Al inicio de la homilía formulé una pregunta a los jóvenes. Les dije que todos en la Iglesia unida estamos llamados a evangelizar, que significa, difundir el Evangelio, la "Buena Nueva". Luego pregunté: "Entonces, ¿Cuál ES la buena noticia?"

Para mi gran sorpresa y alegría, una joven dió la respuesta exacta. Esa era la que buscaba y pensé que pasaría algún trabajo para conseguirlo. La joven dijo, “Juan 3:16”. Ella se refería al verso 16 del tercer capítulo del Evangelio de San Juan: "Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no se pierda, mas tenga vida eterna ".

He aqui un resumen del evangelio. Asi se explica el hecho de que este versículo se reproduzca en los carteles deportivos y en las calcomanías para el parachoques.  El versículo resume de manera suscinta y directa la Buena Nueva del amor de Dios por nosotros manifestada en su Hijo, Jesús. Por supuesto, que hay más en la comprensión de este versículo y de cómo vivimos este mensaje, pero se puede afirmar que este es el corazón del Evangelio.

Hay que señalar también la revelación de la Misericordia de Dios hacia sus hijos y el misterio que celebramos durante la Semana Santa y la Pascua. Subrayo esto porque a veces temo que estamos en peligro de olvidar de lo que se trata la vida cristiana; esto es, de la salvación ofrecida a nosotros y a todas las personas en la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo. Ciertamente, nuestra respuesta a la misericordia de Dios para con nosotros es vivir la caridad y misericordia hacia todas las personas a nuestro  alrededor, especialmente hacia los pobres, pero el corazón del mensaje de nuestra redención en Cristo nunca debe ser oscurecida o pasada por alto.

Cuando reflexionamos sobre Juan 3:16, nos damos cuenta de algo. Nos damos cuenta de que el regalo de la vida eterna no es un regalo "automático" a las personas. Tiene que haber una respuesta al ofrecimiento de la misericordia de Dios en Jesucristo. Debemos creer y vivir la vida fieles a Cristo y sus mandamientos. Si Jesucristo no hubiese muerto en la cruz, todos pereceríamos. Esta es la realidad que la raza humana ha tenido que enfrentar desde el primer pecado, el "pecado original" de Adán y Eva.

Pero aquí vemos la misericordia y el amor de Dios por nosotros. Él no desea que muramos en pecado y por lo tanto perecemos. Con el término “perecer” nos referimos al precio que tenemos que pagar por nuestros pecados, que es la eterna separación de Dios en el infierno. Si usted no cree en el infierno, es que no ha leído con atención las palabras de Jesús en los Evangelios, o el Catecismo de la Iglesia Católica (## 1033-1037). No es que nos detengamos en la realidad y la posibilidad de infierno. Más bien nos alegramos y damos gracias a Dios de que nos ha liberado del pecado y de la muerte eterna, enviando a su Hijo al mundo para nuestra salvación. Esto es un acto de su bondad puro y de amor, como Padre de la misericordia.

Nos merecemos el castigo eterno por todos nuestros pecados, pero Jesús ha pagado la deuda por nosotros, para que nosotros no tengamos que pagarla. Él tomó sobre sí todos los pecados y cada uno de los pecados que podríamos llegar a cometer y los clavó en la cruz. Al resucitar de entre los muertos mostró su victoria sobre el pecado y la muerte y la compartió con nosotros.

Pero, de nuevo, esto exige nuestra respuesta de fe y la voluntad de vivir de una manera agradable a Dios en obediencia a sus mandamientos. Pero incluso entonces, cuando fallamos y caemos en el pecado – aún en pecado mortal - Dios en su misericordia no nos abandona y nos extiende la mano de la misericordia y la reconciliación. Esta experiencia la viviemos de una manera poderosa en el Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación.

En un discurso muy reciente, el Papa Francisco dijo lo siguiente: "Vamos a ponernos de nuevo en el centro - y no sólo en este año jubilar! - El Sacramento de la Reconciliación, es un verdadero espacio del Espíritu en el que todos, confesores y penitentes, pueden experimentar el único fiel y definitivo amor, el de Dios por cada uno de sus hijos, un amor que no defrauda ".

Por lo tanto, al celebrar el Misterio Pascual de este año (la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo), alegrémonos en la misericordia de Dios para nosotros sus hijos descarriados. Y que nos comprometamos a celebrar su misericordia con un compromiso renovado en el Sacramento de la Penitencia y Reconciliación acudiendo pronto y a menudo a la confesión.

Como el sacerdote y el penitente dicen al finalizar cada confesión: "Den gracias al Señor, porque él es bueno. Su misericordia dura por siempre!"