Este tema ha estado en mi mente y en mi oración, desde hace mucho tiempo. Si mi director espiritual leyera mis columnas (¡y las lee!), reconocería este tema que salió en nuestras conversaciones hace unos meses.

Quizás yo me quejaba un poco sobre los retos y luchas personales que se me presentan. Entonces él compartió un poco de sabiduría cristiana que él mismo había escuchado de su propio director espiritual hace unos años. Me dijo que yo debía contemplar esas situaciones que me hacen decir: “Si tuviera”, “Si hubiera”, como la cruz que he de cargar en ese momento. ¿Qué trató de decirme?

La lista de exclamaciones “Si tuviera”, “Si hubiera” puede parecerse a esto: “Si no tuviera esta enfermedad, yo…”, “Si tuviera mejor trabajo, yo…”, “Si no hubiera muerto mi esposa(o), yo…”, “Si mi situación económica fuera mejor, yo…”, “Si no tuviera problemas en mi matrimonio, yo”, “Si no tuviera que cuidar a mi pariente, yo…” “Si mis hijos no tuvieran estos problemas…”, “Si no tuviera que lidear con tal o cual persona, yo…”

Todos tenemos nuestra propia lista de exclamaciones “Si tuviera”, “Si hubiera”. La lista se va haciendo en nuestro diario vivir. Invito al lector(a) a detenerse un momento y pensar en las situaciones que está enfrentando, en las veces que ha dicho “Si tuviera”, “Si hubiera”. La situación será muy personal, muy íntima para cada uno de nosotros.

Podemos ver que las frases que empiezan con “Si tuviera”, “Si no tuviera” concluyen con algo positivo como: “sería mejor”, sería más feliz”. Por ejemplo: “Si no tuviera” tal o cual problema, mi vida sería mejor y yo sería más feliz. Supongo que en un nivel puramente humano, natural o mundano, hay un poco de verdad en eso. Pero, como creyentes y discípulos de Jesucristo, nosotros no vemos la vida en un nivel puramente humano o natural. Nosotros vemos la vida desde la perspectiva sobrenatural de la fe.

El hecho es que siempre hay casos de “Si tuviera”, “Si hubiera”. La vida no es perfecta o, si pensamos que lo es, no dura mucho. Ocurrirá cualquier cambio como una enfermedad o muerte, una preocupación económica o un problema familiar. Así es la vida.

Puedo mirar atrás, en mis 26 años de sacerdote y/o obispo, y darme cuenta de que esto es verdad. En cada una de mis asignaciones ministeriales, he encontrado retos, problemas, desafíos. En muchos casos, yo usaba cualquiera de esas expresiones: “Si tuviera”, “Si hubiera”, “Si…” “Si pudiera” tener una nueva asignación, estos problemas desaparecerían, pero sólo descubría nuevos problemas o retos, a veces más difíciles. Todo eso viene con los cambios. Así es la vida.

¿Qué nos deja todo esto? Bueno, recuerdo una vez más la sabiduría de mi director espiritual. Tenemos que ver nuestra situación “Si tuviera”, “Si hubiera” como nuestra cruz, la cruz que tenemos que cargar en estos momentos de nuestra vida. Precisamente, son “estas cruces” las que nos van a transformar y fortalecer en nuestro testimonio de vida. Estas cruces son el camino a la santidad.

En los momentos que estamos de pie y en los momentos que caemos, Dios está presente, formándonos en los discípulos que él quiere que seamos. Pero, nosotros debemos ver esos momentos en comunión con Cristo, en su sufrimiento y en su pasión, por nuestra salvación. Incluso, podemos ver que en su naturaleza humana, Jesús tuvo un “Si no tuviera”. Recuerden la angustia y tristeza en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mateo 26, 39). Jesús sabía que su inminente pasión y muerte era necesaria para redimir el mundo. El camino a la Resurrección y a la nueva vida fue el camino de la cruz.

Uno de mis santos favoritos es San Juan de la Cruz. Él nos da un pedazo de sabiduría espiritual, nacida de su propio sufrimiento y de llevar su cruz. Su famoso poema, “Cántico Espiritual”, explica cómo el alma anhela unirse con la sabiduría de Dios, Jesucristo, y encontrar sus misterios: “En Cristo moran todos los tesoros y sabidurías escondidas, en las cuales el alma no puede entrar ni llegar a ellos, si no pasa por la espesura del padecer interior y exterior” (Cántico Espiritual).

¡Cómo desearíamos que fuera diferente! “Si hubiera” otro modo. Pero no lo hay. La cruz llega. No podemos evitarlo. La pregunta es: ¿Cómo la enfrentamos? La enfrentamos con fe y confianza en Dios. Debemos creer profundamente que el camino de la cruz es, en verdad, el camino a la santidad, a la plenitud y la paz. Esa es una lección difícil de aprender, y toma tiempo aprenderla.

Pero, no pierdan la esperanza, no caigan en el abandono y la desesperación. El Padre ama a su Hijo con el amor más grande y profundo que existe, y la cruz que Él soportó fue el camino a la verdadera y eterna felicidad. Debemos unirnos a Jesús y dejar que nos fortalezca en las tribulaciones. En Él, vivimos el consuelo y el gozo, en medio de nuestra lista de “Si tuviera”, “Si hubiera” “Si…”

¡Que la paz de Cristo esté con todos ustedes!