A estas alturas, la mayoría de ustedes habrán escuchado lo que sucedió durante una Misa celebrada en la Iglesia católica de San Pedro en el sureste de Portland. Si no han escuchado la historia, yo se la contaré y les hablaré de la hermosa respuesta que surgió de personas de buena voluntad en nuestra comunidad. 

El domingo 29 de enero, ocho hombres se dirigieron a la puerta principal de la iglesia de San Pedro y comenzaron a gritar durante la misa en español. Acusaron a los fieles de no ser verdaderos cristianos, cuestionaron la moral sexual de las mujeres y lanzaron insultos contra la congregación por estar compuesta de inmigrantes. Fue una repugnante demostración de odio, intolerancia y racismo. El párroco P. Raúl Márquez, se sorprendió y estaba profundamente preocupado por su pueblo.

Aunque es triste e inquietante ver tan despreciable acto, es más notable y mucho más digna de atención la respuesta que siguió después. Al domingo siguiente, unas 300 personas se reunieron en la iglesia de San Pedro y formaron una muralla humana, un escudo de amor y protección para los feligreses que se iban acercando a celebrar el culto divino. Estas personas permanecieron unidas en solidaridad con sus hermanos y hermanas, tan heridos por la vil demostración de la semana anterior. 

Cuando escuché lo sucedido, quedé profundamente conmovido por la muestra pública de amor por las personas que forman parte de nuestra comunidad. El P. Ron Millican y los fieles de su Parroquia, Nuestra Señora de los Dolores, vinieron inmediatamente en ayuda de sus vecinos y formaron gran parte del escudo protector del amor. Ver cómo se unía la comunidad católica era increíble, aunque precipitada por un acontecimiento tan trágico. Pero en eso consiste la comunidad eclesial. ¡Estoy seguro de que nuestro bendito Señor estaba muy feliz! 

Pero no fue sólo la comunidad católica la que se unió al apoyo de los feligreses de San Pedro y su pastor. Otros cristianos e incluso los no creyentes se unieron para apoyar a sus hermanos y hermanas y para oponerse al racismo y al odio. Este hermosa acción habla de un sentido más amplio de solidaridad en nuestra comunidad de Portland. Habrá desacuerdos en algunas cosas, pero todos podemos estar de acuerdo en que no hay lugar para imponer el miedo en el corazón de nuestros vecinos. 

Lamentablemente, vivimos en una época que algunos de nosotros nunca hemos visto. El rencor, los discursos negativos que provocaron la división de la reciente temporada política no han desaparecido, pero sólo parecen aumentar a medida que pasa el tiempo. Algunos se sienten envalentonados a raíz de las recientes elecciones. Esto es tan destructivo para nuestra sociedad y la solidaridad en la búsqueda del bien común que debe caracterizar nuestra vida juntos en comunidad. 

Esta división y la tendencia a convertir en monstruos a las personas con las que no estamos de acuerdo (incluso vehementemente) no tienen cabida en una sociedad que verdaderamente busca lo mejor para su pueblo. Una casa dividida no puede permanecer en pie. Siempre tendremos desacuerdos políticos y nuestras propias opiniones sobre los que creemos que debe ser; pero debemos defender fuertemente lo que es verdadero, bueno y justo. Sin embargo, cuando los desacuerdos se elevan al nivel de manifestación violenta y odiosa (en todas las áreas que creemos problemáticas), entonces el tejido mismo de nuestra vida en comunidad se desgarra. Necesitamos un retorno a la civilidad y la caridad que caracterizó la obra del Rev. Dr. Martin Luther King. 

Necesitamos ver más acciones como la respuesta a la trágica demostración de odio en la Iglesia de San Pedro. Necesitamos más solidaridad. Unidos debemos trabajar juntos en la búsqueda del bien común para todas las personas. 

Mientras tanto, permanecemos apoyando amorosamente a todos los que han sido marginados y son objeto de discriminación. Nuestra preocupación por los pobres, los refugiados y las familias inmigrantes debe mantenerse fuerte. Sí, tenemos muchos problemas que resolver en las áreas de reforma de inmigración, programas de refugiados y defensa de los desamparados y de los pobres. Pero hagamos ese trabajo sin hacer que ninguno de nuestros hermanos y hermanas se sientan menos valorados que nadie. Toda persona humana tiene una dignidad dada por Dios, cualquiera que sea su estatus social. Nuestros corazones deben ser conmovidos por las personas que ahora viven en el miedo.