El Hermano Justin Gilligan corre por el camino que lleva a la Abadía del Mount Angel. El monje Benedictino empieza cada mañana corriendo alrededor del pueblo que está debajo de la colina donde vive. Correr le da al Hermano Justin un reto y una oportunidad de estar a solas con Dios. (Cortesía de la Abadía de Mount Angel)
El Hermano Justin Gilligan corre por el camino que lleva a la Abadía del Mount Angel. El monje Benedictino empieza cada mañana corriendo alrededor del pueblo que está debajo de la colina donde vive. Correr le da al Hermano Justin un reto y una oportunidad de estar a solas con Dios. (Cortesía de la Abadía de Mount Angel)

MOUNT ANGEL — La oscuridad cubre el camino que sale de la Abadía de Mount Angel. Son las 3 a.m. Todavía no pasa nada en el pueblo, pero el Hermano Benedictino Justin Gillian ya está despierto. Corre bajando por el camino de la Abadía hasta el Mount Angel, acumulando varias millas antes de empezar su día como Monje. El Hermano Justin no escucha música mientras corre.

“Es mi tiempo de pensar y estar con Dios de una forma distinta”. El tiempo que el Hermano Justin pasa a solas con Dios le da la oportunidad de pensar acerca de sus fracasos, sus preocupaciones, su familia, sus amigos, y le brinda la oportunidad de aclarar su mente.

Cuando era un niño, el monje practicaba deportes como el futbol, la lucha libre, el golf, pero nunca el atletismo. No empezó a hacerlo hasta que llegó al seminario Mount Angel hace siete años.

“Cuando no corría o hacía ejercicio, lo me hacía falta en mi vida espiritual “.

Ahora, correr en la mañana representa un reto. A veces la lluvia está helada. La mayoría del tiempo, simplemente llueve.

“Me di cuenta de que lo hago porque es difícil, no porque es divertido”, dice el Hermano Justin. La regla de levantarse y correr cada mañana a las 3 a.m. le ayuda a ser disciplinado el resto del día. “Tienes que hacer algo difícil y retarte a ti mismo”.

El Hermano Thomas Buttick, uno de sus compañeros benedictinos en el Mount Angel, también se toma el tiempo de correr por los caminos a la Abadía. El recorre un par de millas, tres veces a la semana.

“Para mí, es una forma conveniente de hacer ejercicio cardiaco”, dijo el Hermano Thomas, agregando que es un tipo de actividad que no requiere ningún equipo especial. Aún así, el prefiere practicar un deporte que correr.

“Yo no corro por hacer deporte, corro por ejercitarme”, dijo el monje, agregando que el balance de la vida hace parte de la vocación Benedictina. “Necesitamos cultivar activamente nuestros cuerpos”.

El tiempo que el Hermano Thomas dedica a correr en la noche antes de la víspera, le da la oportunidad de estar a solas, lo cual es invaluable.

“El tiempo que paso corriendo es un momento de meditación”, dijo. Le da la oportunidad de reflexionar sobre los acontecimientos del día.

“Lo veo como algo que es bueno para mí, pero que también es un reto para mis inclinaciones naturales”.

Esto es parte del método Benedictino. “Tenemos que hacer cosas que requieren auto control y esfuerzo”, dijo el Hermano Thomas, comparándolo con la práctica de guardar silencio.

El Padre Sean Weeks, pastor de la Parroquia San Pio X, empezó a correr antes de empezar su vida religiosa.  El monje convertido en sacerdote diocesano, corrió la Maratón de Los Ángeles. Sin embargo, desde entonces ha sufrido heridas menores y ha tenido que cambiar su filosofía del ejercicio. Ya no corre largas distancias. Ahora corre en intervalos, trotando y luego corriendo hasta tres millas, tres veces a la semana.

El Padre Weeks reconoce que correr aclara su mente.

“Cuando regreso de correr y mi ritmo cardiaco disminuye, mi mente es mucho más creativa”, dice. “Uno de mis momentos favoritos para correr, es el Sábado por la mañana porque mi mente queda clara para las homilías del fin de semana”.

El Padre Weeks también piensa que correr es útil cuando tiene una reunión o una presentación que le preocupa.

“Correr es la mejor técnica que existe para calmar el alma”, dijo el sacerdote.

El Padre John Donato de Holy Cross, tenía 20 años cuando vio al rector de su seminario saliendo a correr. ”Se veía tan relajado”, dijo el Padre Donato. “Gracias a la inspiración que me dio empecé a correr”. Veinticinco años después, el sacerdote que es el Vicepresidente de Asuntos Estudiantiles en la Universidad de Portland, sigue corriendo. Para él su rutina es de tres o cuatro millas, tres veces a la semana. Él ha completado una media maratón y la Carrera de las Rosas (Run for the Roses), pero prefiere su régimen actual.

“No hay nada como salir a correr, entrando en contacto con la naturaleza”, dijo el Padre Donato. “Te obliga a respirar profundamente”.

La naturaleza y la respiración profunda son elementos que amplían su vida de oración y que le ayudan a su conexión espiritual.

“Después de una milla, encuentras tu ritmo y te sientes bien”, dice el Padre Donato. “Ese ritmo es casi como un rosario, empiezas a deshacerte de tantas cosas”.

El Padre Donato corre por su salud pero también para aliviar el estrés y encontrar inspiración. Corre cuando tiene problemas, entre más grande el problema más corre.

“Desde una perspectiva teológica, nuestra experiencia es como la encarnación. No conocemos a Dios fuera de nuestro cuerpo humano. Es el instrumento en el que nuestra mente y cuerpo se encuentran envueltos” dice el Padre Donato. “El cuerpo es un instrumento para estar en contacto con Dios y orar”.

El Padre Todd Molinari es vicario del clero para la Arquidiócesis de Portland. El sacerdote ha sido un atleta toda su vida y en la Universidad de La Salle jugó fútbol y esquió. Durante los primeros años después de ordenarse, se olvidó del ejercicio. No obstante durante su primera tarea pastoral en la parroquia St. Francis en Roy, el Padre Molinari decidió empezar una rutina de ejercicio diario. Corría en parques, en caminos y en las calles del campo.

”Para mí como pastor, es muy bueno a nivel espiritual”  dijo el Padre Molinari. Hay un “contraste con estar adentro, con la vida eclesiástica y estar afuera, en contacto con Dios y la naturaleza”.

Hay una sensibilidad litúrgica natural, dice.

En el cambiante clima del Noroeste, el Padre Molinari encontró otra conexión espiritual. Correr en todas las condiciones sensibilizó al sacerdote con las estaciones. “Poder experimentar las diferentes condiciones del clima y seguir comprometido a correr no solo cuando las condiciones son óptimas fue una lección espiritual importante”, dijo el Padre Molinari.

El padre todavía corre, aún con sus ocupaciones como vicario del clero. Sin embargo, ahora corre algunas veces en el gimnasio, lo que le permite hacerlo aún cuando su trabajo no termina hasta altas horas de la noche.

El Padre Molinari considera que correr es un ejercicio contemplativo.

“Para mí, es el momento de desocupar el cuerpo y el alma y de estar con Dios en la quietud de mis pensamientos”.

“Encaja con mi necesidad de estar haciendo algo y dedicar toda mi energía a ello pero de una forma que estoy en mi cuerpo y mi respiración y tengo tiempo de desconectarme y volver a conectarme con el Señor”.