Carlos en compañía del padre Jeff Eirvin, director de Vocaciones de la Arquidiócesis de Portland, después de asistir a Misa en la Basílica de la Virgen de Guadalupe en ciudad de México. (Cortesía de Carlos García)
Carlos en compañía del padre Jeff Eirvin, director de Vocaciones de la Arquidiócesis de Portland, después de asistir a Misa en la Basílica de la Virgen de Guadalupe en ciudad de México. (Cortesía de Carlos García)

“Mi abuela me enseñó la fe católica. Gracias a ella, supe como rezar el rosario desde una edad temprana e íbamos juntos a misa todos los Domingos.” narra Carlos García al ser entrevistado por El Centinela acerca de su llamado a la vocación sacerdotal.

Carlos es un joven seminarista de Aloha, Oregon y actualmente se prepara para ser sacerdote en el Seminario Hispano de Nuestra Señora de Guadalupe en México.

“Vivíamos en Michoacán y allí fui prácticamente criado por mi abuela materna. En mi etapa preescolar no me aceptaron en la escuela de párvulos dónde mis padres vivían. Entonces me matricularon dónde vivía mi abuela. Con ella estuve por dos años.

 Desde entonces, empecé a enamorarme de estar en la iglesia. Asistíamos a la Iglesia de San Francisco de Asís y como niño, estar en la presencia del Señor era algo especial para mí.

A mis siete años era el monaguillo que siempre seguía al sacerdote a todas partes. Mi familia me apoyó y me impulsó a que lo hiciera ya que se sentían muy orgullosos”.

Esta es quizá la historia de muchas familias católicas quienes recurren a la ayuda de las abuelas para cuidar a los pequeños. La fe católica esta fuertemente arraigada en los adultos mayores. Los abuelos en su rol de padres se convierten en maestros por excelencia en transmitir sus experiencias e inculcar la fe.

“Durante mi periodo de monaguillo, continúa Carlos, el sacerdote me preguntaba si había pensado alguna vez en convertirme en sacerdote; como niño, no le ponía mucha atención porque sabía que era algo que tomaría mucho tiempo.

Al llegar a los Estados Unidos, el sacerdocio era una idea lejana. La prioridad era adaptarnos a una nueva vida y cultura de este país. Somos una familia de cinco; mis padres Carlos y Cristina, Fernanda, Juan Pablo y yo. Durante el tiempo en que mi familia y yo nos establecimos, estuve alejado de ser un “católico practicante”. 

Un día regresé por primera vez al sacramento de la reconciliación, en la iglesia de St. Alexander en Forest Grove.  Escuché en mi interior una voz que me decía “sígueme”. —Me asusté, nunca había tenido una experiencia así y no sabía que significaba. De nuevo, guardé ese mensaje en el fondo de mi corazón sin saber que el Señor seguía mis pasos.

El tiempo pasó, en la secundaria, descubrí una dicha profunda en servir a los demás y busqué las oportunidades para hacerlo. Me involucré en liderazgo estudiantil. En la época de navidad, organizábamos actividades para recolectar dinero y regalos para familias de bajos recursos. Lo denominábamos ‘Compartir en las festividades’ (Holiday Sharing). 

Organizábamos colectas de dinero o de comida enlatada, noches familiares y allí conocíamos a las familias con sus hijos, vendíamos árboles navideños para conseguir más dinero y hacíamos que los maestros participaran en desafíos para seguir aumentando el dinero para las familias.

Durante este tiempo siempre tuve el don de la esperanza, amor y fe que nos dio Dios. Me dio tanta dicha participar en algo que implicaba darle algo a los nuestros y al final poder decir que di todo para que los demás pudieran tener una temporada de fiestas felices, fue muy gratificante.

Otro ejemplo fue con Sparrow Club. La escuela, en alianza con esta organización sin ánimo de lucro (Sparrow Clubs USA) motivaba a los jóvenes a ayudar a niños con necesidades médicas. Con la clase de liderazgo, planeamos eventos de servicio para obtener dinero para ayudar al niño o niña que la escuela adoptara.

Estas experiencias me acercaron al sufrimiento de la gente. Saber que contribuí para hacerles sonreír fue estimulante. Estoy agradecido porque pude conocer el sufrimiento de Cristo. 

Para mi último año fui vicepresidente del consejo estudiantil. Este rol me exigía planear y ejecutar muchas actividades para las cuales empleaba mi tiempo después de clases. No me importaba sacrificar mi tiempo en los fines de semana o después de la jornada regular, a veces sintiéndome exhausto, sentía que valía la pena porque la gente estaba feliz. Sin esperar nada a cambio, la satisfacción de servir y la gratitud de formar parte de algo como eso llenó mi corazón. 

En los dos años finales de secundaria, me uní al grupo juvenil de St. Elizabeth Ann Seton, mi parroquia local y volví a ser monaguillo.

Con el grupo juvenil hacíamos "Ora et Labora” (oración y acción) durante los recesos escolares de invierno y primavera. Era una semana en la que nos reuníamos para la Misa diaria y orábamos durante el día con la Liturgia de las Horas. La Liturgia de las horas es una oración diaria de la iglesia que marca las horas de cada día y santifica el día con oración.

Limpiábamos la iglesia y sus zonas verdes. La alistábamos para ocasiones especiales, como Semana Santa y Navidad.

Con la ayuda en la escuela y el esfuerzo en la parroquia, creo que Dios realmente empezó a moldear mi corazón para el servicio a los demás. Al tiempo sentía que mi relación con Jesús crecía y se profundizaba. Nunca imagine que terminaría uniéndome al seminario. 

Estando en décimo grado, mi abuela falleció. Ese era una época en que empezaba a cuestionarme que quería hacer con mi vida después de graduarme de la preparatoria.

Realmente le debo a Dios, que mi tristeza cuando mi abuela falleció, la convirtió en una oportunidad de encuentro con él en un nivel más profundo de confianza y oración.

Desde entonces, empecé a buscar más recursos para informarme sobre el sacerdocio. Parte de ello fue recibir un correo electrónico de mi actual director de vocaciones invitándome al retiro de discernimiento sobre el sacerdocio liderado por el arzobispo.

¿Cómo llegó ese correo electrónico a mí?, o ¿cómo mi director de vocaciones supo contactarme?  ¿Quién me envió libros sobre la vocación de una orden religiosa? Todo eso sigue siendo un misterio para mí.

Mis padres no sabían nada al respecto y estaba indeciso si debía asistir al retiro. Recuerdo un día después de clases, llegue a casa y no había nadie. Me arrodillé ante la imagen de la Virgen de Guadalupe y le pregunté ¿Qué debo hacer?

Al instante, la respuesta llego a mi corazón “si no vas, nunca lo sabrás”. Así que entonces asistí al retiro durante el fin de semana.

Cursaba mi penúltimo año en ese momento. Una cosa llevó a la otra. Regresé a la parroquia y empecé la dirección espiritual y la oración profunda para mi vocación.

Después de un tiempo las señales de que lo que Dios me estaba pidiendo que hiciera era ir al seminario y discernir su voluntad para mi vida con la opción del Sagrado Sacerdocio.

Escuche unas sesiones con el arzobispo Sample y recuerdo sentir que estaba en el lugar y momento apropiado. Esto me permitió ser directo con Nuestro Señor. Durante la Santa Hora, le dije: Señor, “Aquí estoy, si realmente quieres que haga esto, lo haré”.

A partir de ese momento, la inquietud de mi corazón se convirtió en una paz tremenda y supe que necesitaba hacerlo. Fue entonces cuando decidí que iba a aplicar al seminario. En ese momento estaba en el penúltimo año de secundaria. 

Un par de semanas antes de la graduación, un Miércoles de Ceniza, recibí la aceptación del arzobispo para formar parte de los seminaristas de la Arquidiócesis de Portland” describió

¿En qué momento les comunicó a sus padres? ¿Lo apoyaron en su idea del sacerdocio?

“Mis padres no sabían nada. La arquidiócesis publicó un artículo del proceso de aplicación al seminario. Cuando publicaron el artículo, supe que tenía que decirles a mis padres. Mi madre me apoyó. Mi padre y mi hermana no. Mi papá estaba furioso porque pensó que estaba desperdiciando mi vida; que todo mi esfuerzo en la escuela iba a servir para nada.

Mi respuesta fue orar por mi familia, especialmente por mi papá, para que él entendiera que esto era algo que yo necesitaba hacer y comprender si Dios me estaba pidiendo que lo hiciera. En ese momento, yo era el único hijo varón y era el mayor.

Para el momento en que se acercaba mi graduación y me preparaba para irme al seminario, mi hermanito nació. Este evento cambió el corazón de mi papá. Dos semanas antes de irme al seminario, me dijo, “Si Dios te está llamando, quién soy yo para oponerme”.  Entones supe que Dios había ablandado su corazón. Hoy me apoya totalmente.

Espero y rezo que mientras esté en el seminario pueda obtener una relación mucho más cercana con Jesús y su amada madre María no solo a través de mis estudios y mi vida en la Iglesia, sino con mi vida diaria.

También poder vivir y compartir esta experiencia con mis hermanos seminaristas y alimentar el grandioso presente del ‘llamado’ vocacional que Jesús me ha dado. Ahora soy un seminarista de tercer año de la Arquidiócesis de Portland”.

¿Alguna vez pensó en casarse y tener una familia?

Si. Esa siempre ha sido una opción atractiva para mí. Sin embargo, la idea del sacerdocio fue y sigue siendo más fuerte que la del matrimonio. En el seminario, estoy increíblemente feliz y en paz”. 

¿Serán los beneficios del sacerdocio suficientes para hacerlo feliz? ¿Qué edad tiene en este momento?

Sé que, si esta es la voluntad de Dios para mi vida, no hay nada más en el mundo que pueda hacerme tan feliz como el sacerdocio. Actualmente tengo 20 años”. 

¿Cómo es su vida diaria como seminarista? 

Un día normal empieza con la oración de la mañana y la misa diaria seguida del desayuno. Después clases de 9am-2pm seguidas del almuerzo. El resto de la tarde y la noche es tiempo dedicado al estudio, la recreación y la oración. Tenemos vigilia a las 7:40 pm seguidas de la cena. Después rezamos el Santo Rosario en comunidad seguido de la oración nocturna”.

¿Cómo ha sido su experiencia en el seminario?

“¡La vida en el seminario es increíble! Hay mucho que hacer y no pasa un día que sea igual al anterior, el Señor se asegura de eso. Me ha encantado encontrar a Jesús diariamente de una forma tan profunda. Algunas de mis experiencias favoritas han sido en mis apostolados donde conozco a Cristo en el sufrimiento, en la humildad y en la vida de la parroquia”.

¿Qué retos ha enfrentado hasta ahora? ¿humanos, espirituales, académicos?

“Algunos retos han sido reconocer que no eres perfecto y que Dios no está buscando perfección sino un corazón abierto, dócil y en busca de amor.

Otro reto ha sido que, al dejar México de niño, desde una temprana edad y regresar como adulto, me ha costado sumergirme en las costumbres tradicionales, en la forma de vida y en las devociones populares de la gente”.

Según la oficina de investigación de Pew publicada en el 2015, La población católica hispana en los Estados Unidos se ha incrementado y continúa en crecimiento. ¿Qué se requiere hacer para motivar las vocaciones?

“Lo mas importante que debemos hacer es orar por los jóvenes para que tengan la valentía de responder al llamado de Dios. De acuerdo con mi experiencia, los padres deben apoyar a sus hijos y estar abiertos a aceptar la voluntad de Dios a pesar de las dificultades que esto pueda traer a la familia.

Como hijo, independiente de ser sacerdote o no, uno no solo busca lograr que sus padres se sientan orgullosos sino también ser un instrumento de Dios en sus vidas”.

¿De qué manera motivaría usted a los jóvenes al sacerdocio?

“Si está sintiendo inquietud vocacional en su corazón con la posibilidad que sea Dios llamándole al sacerdocio, no tenga miedo. Crea que lo que Dios quiere para su vida es llenarle de alegría y amor abundante. Mantenga el corazón abierto a Cristo y permita que inunde su vida con su gracia y le fortalezca con la valentía para aceptar lo que El quiere en su vida. Tome como ejemplo la obediencia de la virgen María con ese SI profundo a la voluntad de Dios. Pídale ayuda para escuchar el Espíritu Santo y acepte la voluntad amorosa del Padre Celestial. Sepa que estaré orando por usted y su vocación”, concluyó.