Sebastián Hidalgo-Jaramillo consulta a su madre Rebeca Jaramillo antes de la misa anual de mariachi el 5 de mayo en el parque Waterfront en Portland. (Ed Langlois / Catholic Sentinel)
Sebastián Hidalgo-Jaramillo consulta a su madre Rebeca Jaramillo antes de la misa anual de mariachi el 5 de mayo en el parque Waterfront en Portland. (Ed Langlois / Catholic Sentinel)

Aquí está la homilía del arzobispo John Vlazny de la misa de mariachi del 5 de mayo en Portland:

Las personas de fe en todas partes siguen atrapadas en la alegría y en la belleza de la fiesta de Pascua que celebramos hace dos semanas y que continúa hasta el 9 de junio, la importante fiesta de Pentecostés.  La vela de Pascua arde intensamente en todos nuestros santuarios para recordarnos la luz de Cristo, presente para siempre entre su pueblo, con poder, con perdón y con amor.

En este tercer domingo de Pascua estamos aquí para celebrar con nuestros amigos de Guadalajara otra fiesta civil, el Cinco de Mayo.  Muchos dicen que esta fiesta no merece mucha atención en México hoy día, pero aquí es nuestra oportunidad de celebrar la belleza y la bondad de la cultura mexicana aquí en Portland y también, por medio de esta misa anual, de proclamar la importancia de la fe en la vida diaria de la población hispana y de todos sus vecinos en esta comunidad, a pesar del seglarismo que nos influye tanto en los valores y las actividades de esta ciudad y sus alrededores.  En particular, rezamos sinceramente por más compasión y menos violencia entre nosotros como ciudadanos.  Nuestro Dios es el Padre de todos.  Nosotros somos hermanos, a pesar de nuestras diferencias.  Es nuestra gran esperanza que vivamos, no simplemente de acuerdo con nuestros caprichos y fantasías, sino como Dios nos haría vivir.

Hace varios años había una canción titulada "correr vacío."  Al encontrarnos con los discípulos de Jesús en el Evangelio de hoy, se podría decir que estaban "corriendo vacíos" al ir a pescar después de la muerte y resurrección de Jesús.  No estaban muy seguros de lo que se suponía que debían hacer, así que volvieron a sus botes y sus viejos trabajos.  No atraparon nada hasta que Jesús llegó y les dijo dónde estaban los peces.  Cuando hicieron lo que les dijo, hicieron una gran captura.

Pero ese cuento del Evangelio es algo mucho más importante que el pescado.  La gran captura que hicieron los discípulos es un símbolo de la abundancia de los dones de Dios, dones que nosotros mismos recibimos por medio del Espíritu Santo en nuestras oraciones, y particularmente en la misa.   Probablemente el regalo más preciado que todos tenemos es el don de la amistad de Dios. Al igual que los discípulos en el agua, nosotros también tendremos éxito cuando dejemos que el Señor, que lo ve todo claramente, nos guíe.  El problema es que con demasiada frecuencia preferimos hacer las cosas de la manera que queremos hacerlas, incluso si esto no nos lleva a ninguna parte.

Jesús sabía que nosotros, como los discípulos, a menudo "corremos vacíos" y no encontraremos mucho éxito en nuestro trabajo, en nuestras relaciones, en nuestros esfuerzos por ser sus discípulos fieles.  Nos falta la ayuda de Dios.  Y así Jesús decidió enviar al Espíritu Santo a ser el compañero y guía constante de todos nosotros a lo largo de nuestro camino de la vida.    No siempre reconoceremos la mano del Señor en todo lo que suceda, pero de vez en cuando llega un momento de iluminación, cuando, al igual que el discípulo a quien Jesús amó, podremos decir a los demás: "es el Señor."  Entonces se "corre en vacío" no más.

Hubo otro problema para aquellos apóstoles allí pescando en el lago ese día después de la primera Pascua.  Estaban luchando con su propia incapacidad personal de estar al lado de Jesús cuando más los necesitaba el Viernes Santo.  Después de todo, Pedro le había negado.  Los otros apóstoles reaccionaron a su muerte escondiéndose detrás de puertas cerradas por temor.  Al escuchar las buenas nuevas de esta época de Pascua, reconocemos que, poco a poco, el Señor resucitado rompió sus defensas y una vez más se hizo reconocible entre ellos, pero no todos a la vez.  Incluso en el Evangelio de hoy, que describe la expedición pesquera de Pedro y algunos otros, se nos dice que, "nadie sabía que era el Señor."

Pero la preocupación muy real y gentil de Jesús por todos ellos, su paciencia mientras esperaba su regreso a la orilla, incluso la comida que él preparó para ellos – todas estas señales simples gradualmente los hicieron desbloquear sus corazones y reconocer a Jesús como su Señor y amigo.  Al final, Jesús le pide a Pedro que revoque su triple negación anterior con una triple afirmación de amor. Entre los amigos de Jesús, un pecador no sólo es perdonado, sino que es nombrado "cabeza de la iglesia."  Con demasiada frecuencia cuando ocurren "impensables" similares entre nosotros, nuestras relaciones simplemente colapsan.  La renovada amistad de Jesús resucitado con sus cobardes amigos pide más buenas noticias entre nosotros – de amistades renovadas, de familias reunidas, de vecinos reconciliados, de personas que se recuperan de la destrucción del alcohol, de las drogas y de otras adicciones.

Este mismo día, el Señor Jesús vuelve a ver los ojos de nosotros.  Como El preguntó a Pedro: "¿me amas?", al igual que Pedro, ojalá que también ustedes vean a Jesús en todos sus otros hermanos reunidos aquí esta mañana y también los hermanos por todas partes, sea en esta ciudad, sea en esta patria u otra, sea en las fronteras de estos Estados Unidos, ustedes respondan: "sí, Señor, sabes que te amo."