Sor Estrella el día que tomó el hábito en la Congregación Hermanas Misioneras del Rosario de Fátima, acompañada por la madre Diana Quintanilla, madrina de Noviciado. Un amor ardiente a la Eucaristía, especial devoción a la Santísima Virgen en su advocación de Ntra. Sra. del Rosario de Fátima, la Evangelización de los pobres más pobres y vivir con alegría su consagración, entrega, abnegación y sacrificio para llevar el mensaje de Salvación a todos los hombres, es el carisma y espíritu de la congregación. (Cortesía Hermana Estrella).
Sor Estrella el día que tomó el hábito en la Congregación Hermanas Misioneras del Rosario de Fátima, acompañada por la madre Diana Quintanilla, madrina de Noviciado. Un amor ardiente a la Eucaristía, especial devoción a la Santísima Virgen en su advocación de Ntra. Sra. del Rosario de Fátima, la Evangelización de los pobres más pobres y vivir con alegría su consagración, entrega, abnegación y sacrificio para llevar el mensaje de Salvación a todos los hombres, es el carisma y espíritu de la congregación. (Cortesía Hermana Estrella).

La hermana Estrella tiene 20 años y pertenece a la congregación de las Hermanas Misioneras del Rosario de Fátima. Nació y creció de Gresham, una ciudad al este de Portland, Oregon. Ella aceptó compartir con El Centinela cómo descubrió su vocación y narró algunos detalles de su vida religiosa.

“Vivo en Cuautitlán Izcalli, Estado de México, soy novicia de segundo año. Actualmente, estoy cumpliendo el servicio Pastoral en la Rectoría Jesucristo Único Salvador del Mundo”.

¿Cómo descubrí mi vocación?

Desde los 8 años empecé a servir en la iglesia Santa Ana como monaguilla. Allí recibí mi Bautismo, hice mi Primera Comunión y Confirmación.

Me encantaba ayudar al sacerdote en las misas y servir en el altar del Rey de Reyes.

La vida religiosa empezó a inquietarme a los 9 años, la alegría que sentía al servir y entregar mi tiempo para Dios era inmensa.

Me gustaba tanto que buscaba cualquier oportunidad para estar en la iglesia.

Colaboraba en las misas dominicales y cuando no había clases, ayudaba en la misa diaria.

A los 14 años, comencé a participar en la parroquia como lectora, catequista y luego en el grupo de líderes de Confirmación.

Colaboré tres años como monaguilla en la Iglesia San Enrique (St. Henry), cuando se abrió el Ministerio Hispano y participaba en los eventos parroquiales.

En la Iglesia Ascensión, ayudé como catequista por dos años.

Todas esas experiencias fueron fortaleciendo mi fe y me fui convenciendo de mi amor por Cristo. Aprendí tanto con esas comunidades y siempre las mantengo en mis oraciones. 

Un camino de pequeños pasos y un poco de resistencia

Monaguilla, lectora, luego con el grupo de líderes de Confirmación, catequista.

También sentí un poco de resistencia en el proceso:

Fui invitada por una congregación a un retiro espiritual. Cuando me explicaron lo que era la vida religiosa, lo que implicaba, sentí en mi corazón “que hermoso, quiero ser religiosa.”

Me acompañaron y ayudaron en mi discernimiento, pero sentí que ese no era mi lugar. Dios no me llamaba a esa comunidad.

Pero la inquietud por la vida consagrada siguió, así que no me di por vencida.

Seguí buscando. Vino otra comunidad.

Igual me invitaron a vivir retiros y actividades de la congregación, pero igual sentí que no era mi lugar. No me di por vencida y continué buscando.

Mi papá en aquel entonces tomaba clases en la Arquidiócesis de Portland. Un día, llegó a casa y dijo que tendríamos una visita. Se trataba de la hermana Diana Quintanilla, religiosa de la congregación Hermanas Misioneras del Rosario de Fátima.

Durante la visita, recuerdo que le hice muchas preguntas referentes a la congregación y mientras más explicaba lo que era la vida consagrada y el carisma de su comunidad, más sentía en mi corazón la voz interior: “quiero ser Misionera de Fátima. Quiero dejarlo todo, aunque me cueste.” 

La guía y el acompañamiento fueron importantes

La hermana Diana empezó a invitarme a vivir retiros de discernimiento vocacional y ayudar en la Parroquia St Frederick en St. Helens. Me encantaba estar con ellas y hacer lo que ellas hacían.

Luego conocí a la madre Gabriela Mendoza, la promotora vocacional. Ella vivía en Medford, a cinco horas de mi casa, pero la distancia no fue un impedimento.

Después, las religiosas me invitaron a la celebración de los 100 años de las Apariciones de la Virgen de Fátima y a vivir una experiencia en México durante el mes de agosto del 2017.

Nunca había viajado a México, sin embargo, estaba decidida y me acompañó una de las Hermanas. Visitar la Basílica de Guadalupe fue una experiencia inolvidable para mí. Viví como ellas; oraba, cantaba, hacía el aseo, ayudaba en la cocina, jugábamos con los niños de la estancia infantil, jugué volleyball con las otras chicas, íbamos a misa, experimenté lo que era vivir en fraternidad.

Me enamoré completamente de su forma de vivir, tanto que no quería volver a casa, quería quedarme allí, vivir como ellas, trabajar como ellas, con Cristo, en Cristo y por Cristo en la salvación de las almas.

Pero tenía que regresar a casa y contarle a mi familia lo que mi corazón anhelaba, mi decisión de ingresar a la congregación de Las Misioneras de Fátima.

Cuando les dije a mi familia, me apoyaron mucho.

Como familia cristiana, parece que ya estaban preparados y lo vieron venir y doy gracias a Dios por su apoyo.

Un mes después, el 13 de septiembre del 2017, era la hora de partir. Mi familia me llevó al aeropuerto y nos despedimos. Regresé a México, pero esta vez, viajé sola. Al llegar a México, las religiosas me recibieron en el aeropuerto con mucho amor y alegría y dos días después, el 15 de septiembre del 2017, ingresé a la comunidad como Aspirante.

Ha sido uno de los mejores días de mi vida. Actualmente, soy Novicia de segundo año. Como dice una frase: “Cuando Dios te quiere, te sigue, te persigue y te consigue.”

¿Te sentiste inspirada por la vida de alguna santa?

Sí, me sentí inspirada por la vida de Santa Teresa del Niño Jesús (Santa Teresa de Lisieux), porque nos enseña a servir a los demás con amor y que el amor es nuestro verdadero destino. como Patrona de las Misiones, nos enseña a los misioneros y a las misioneras, a través de su vida, cómo debemos anunciar el Evangelio del amor.

El camino de la vida consagrada

El camino de la vida consagrada es un camino de amor en el que estamos llamados a amar y entregar la vida a Dios y a los demás, a contagiar a los demás con nuestra forma de vivir y ser, verdaderos testimonios vivientes de Jesucristo.

Déjate encontrar y amar por Cristo. No temas seguirlo. El Señor solo busca que seas feliz. Ánimo. Arriésgalo todo por Él. Créeme, no solo vale la pena, vale la vida. “Dios no busca un corazón perfecto sino un corazón dispuesto.”

Dios sólo necesita un corazón dispuesto, un corazón generoso, un corazón que se arriesga y lo deja todo por amor.

¿Por qué las Hermanas Misioneras del Rosario de Fátima?

Por su carisma, que es Eucarístico Mariano y es evangelizar con María a los pobres más pobres, para llevarlos a la conversión y a la penitencia por medio del Evangelio.

Quiero caminar con María, caminar de la mano de Jesús y llevar el mensaje de salvación a los pobres de corazón, a los que no conocen a Cristo, a los que viven sin Cristo. Quiero guiar a los demás a una experiencia de amor con el Señor a través del rezo del Santo Rosario, la Eucaristía y la Virgen de Fátima.

¿Qué ministerios realiza la congregación?

La congregación Hermanas Misioneras del Rosario de Fátima trabaja en las Parroquias, junto con el Sacerdote, y apoya con los grupos parroquiales, realiza trabajos en oficinas de las Diócesis, trabaja en las misiones populares y las misiones extranjeras. También, la comunidad cuenta con el trabajo de una estancia infantil.

¿Por qué considerar la vida religiosa?

Porque te cambia la vida. Ingresar a la vida religiosa es dejar atrás la vida que llevábamos y entregarnos por entero a Cristo. Es dejar a la familia, dejar el camino fácil de la comodidad, es dejarlo todo por seguirlo a Él, para vivir una vida de humildad y servicio a Dios y a los demás.

El camino no es sencillo, no es fácil, sin embargo, es hermosísimo, porque es tener una relación personal, una relación única con Cristo que no se puede pagar con nada, ni con esa libertad, ni con poder, ni con dinero, ni con cosas, ni con personas, nada.

El camino de la vida religiosa trae consigo más alegrías que tristezas, más ilusiones que decepciones, más sonrisas que lágrimas, porque es caminar de la mano de Jesús, caminar juntos por la vida hasta el final. El mismo Jesús dice: “Quien deja casa, padres, hermanos, hermanas, mujer, hijos o tierras por mí, recibirá cien veces más” (Mt 19, 29).

Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.

Por favor, recemos juntos la Oración por las Vocaciones

Oh, Jesús, Pastor eterno de las almas, dígnate mirar con ojos de misericordia a esta porción de tu grey amada. Señor, gemimos en la orfandad. Danos vocaciones, danos sacerdotes y religiosas santos. Te lo pedimos por la Inmaculada Virgen María de Guadalupe, tu dulce y Santa Madre. ¡Oh, Jesús danos sacerdotes y religiosas santas según tu corazón, Amen!

patriciam@ocp.org