La Virgen de Guadalupe nos pertenece a todos, no sólo a México y a los mexicanos. La imagen morena, mestiza, de la madre del “Verdadero Dios por quien se vive” es la manifestación clara de la alianza renovada que Dios hace con los pueblos de América Latina. La Virgen de Guadalupe es quien reconcilia los años sangrientos no sólo de la patria mexicana, sino de toda la violencia que había significado la conquista para miles y miles de indígenas del Nuevo Mundo.

Mientras que algunos conquistadores actuaron cegados por el oro y el ansia de poder, los religiosos franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas se dieron a la tarea de vivir con la gente, aprender su idioma y sus culturas. ¿Cómo predicar el Evangelio a estos pueblos que jamás habían oído hablar del Dios de Abraham, Isaac y Jacob? ¿Cómo hablarles acerca de Jesús y de su Reino? Estos misioneros marcaron la diferencia entre la Palabra y la espada.

Pero el Evangelio se extendió rápidamente sólo a partir del martes 12 de diciembre de 1531, fecha en que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe se quedó plasmada en la tilma de Juan Diego. El derramamiento de sangre a causa de la conquista era algo inaudito, los pueblos indígenas estaban desapareciendo y no abrazaban la fe cristiana. Para ellos, sus dioses habían muerto o habían sido destruidos por los españoles, así pues, sin sus dioses su vida no tenía sentido. 

El nombre náhuatl de Juan Diego era Cuautlatohuatzin, “el que habla como las águilas”. En su lenguaje, más que palabras se utilizan símbolos o signos. De hecho, la única manera de decir verdades sobre la tierra se expresa en “flor y canto”, la pureza de la tierra, la pureza del espíritu. A él mismo, mientras caminaba de Cuautitlán a Tlatelolco para participar en la Misa, se le apareció por vez primera la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, y tiernamente, la llamó “mi niña”. Ella le pidió que fuera ante el obispo fray Juan de Zumárraga y le pidiera que se construyera un templo.

Como era de esperarse, no le creyeron a Juan Diego, y éste le pidió a la “Señora del cielo” que enviara alguien que no fuera “macehual” —la clase más baja entre los nahuas— o “escalera de tablas”. 

No obstante, la ternura de la Señora del cielo doblegó la humildad de Juan Diego; le pidió que fuera y llevara la señal que el obispo había pedido en la segunda entrevista con él.

Dada la enfermedad de su tío Juan Bernardino, Juan Diego se escondió para que no lo viera la Señora, pero Ella lo encontró. Juan Diego le comentó que su tío estaba enfermo. La respuesta fue incondicional: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?” Al día siguiente, Juan Diego fue a su encuentro y le pidió la señal. Mediante las flores de castilla, crecidas en un picacho rocoso y en temporada invernal, Juan Diego supo que lo que llevaba en sus flores era la verdad eterna. La había experimentado y la llevaba en su símbolo. Al desplegar su manta frente al obispo, éste lloró de arrepentimiento por no haber creído al mensajero de la Señora.

Los nahuas, al ver esta imagen con los colores de sus dioses en una mujer embarazada, con el rostro ligeramente inclinado, entendieron el lenguaje divino de la imagen. Sabían que no era diosa.Sabían que de su interior salía el Sol (a quien consideraban como dios) y ella misma tenía los colores de una reina y de una diosa. Ella era de su propia raza.En verdad, Ella es la Reina y Emperatriz de toda América.

 

*Autor Miguel Arias. Palabra, Vida y Fe. © 2007, 2009 OCP. Derechos reservados.