Foto cortesía de la Sociedad de San Juan
Los tres sacerdotes se adentraron en una expedición que los llevó hasta el desierto.
Foto cortesía de la Sociedad de San Juan
Los tres sacerdotes se adentraron en una expedición que los llevó hasta el desierto.

Este verano, cuatro sacerdotes de Oregón decidieron explorar la naturaleza en el Gran Cañón. El viaje les permitió explorar, pero no fue el tipo de exploración que esperaban. 

El padre Lucas Laborde, fue ministro en un campus y fue párroco en San Patricio, Portland, ahora está haciendo estudios superiores. El padre Ignacio Llorente es el actual párroco en San Patricio; el padre Federico Pinto es ministro de campus en Corvallis. El padre Maximo Stöck es ministro de campus en la Universidad Estatal de Portland.

Todos son miembros de la Sociedad de San Juan, comunidad religiosa fundada en Argentina alrededor de 1990 y dedicada a la Nueva Evangelización, especialmente por medio del ministerio del campus.

Estos hombres salieron de Portland en automóvil; sus maletas y ellos mismos estaban apretados en el vehículo, tal como lo haría cualquier grupo de entre 20-30 años de edad. Pero este grupo también llevaba, cuidadosamente acomodados, los collarines que distinguen a los sacerdotes. Su destino: el Gran Cañón, a unas 1500 millas de distancia.

En el desierto, al Norte de Nevada, con las altas temperaturas, el coche se descompuso. Y no había modo de arreglarlo. Los infatigables sacerdotes, en lugar de echar a pique su viaje, decidieron hacer autostop. Dicen que fue en aras de la aventura.

“Haber usado nuestros collarines ayudó un poco, y seguramente eso nos evitó problemas, dice el padre Laborde, el sacerdote de más edad que los demás.

Durante los cinco días que siguieron, hicieron un viaje de alrededor 1,600 millas, y pudieron llegar al Cañón, el cuál les pareció magnífico e impresionante. Pero, después de ese recorrido, hubo algo más impactante: las historias de las 17 personas que les dieron ‘un aventón’: mineros de Nevada, un sacerdote católico, católicos alejados, mormones, familias de vacaciones y gente que se dirigía a sus trabajos.

“Así, en su compañía, durante los largos recorridos escuchamos muchas narraciones sobre la vida cotidiana de esta gente”, explica el padre Laborde. “Nuestra meta era explorar el panorámico Gran Cañón, pero descubrimos el panorama del corazón de la gente, en circunstancias tan variadas: obras inesperadas de bondad y confianza, historias de sufrimiento, experiencias de fe, conversaciones profundas, momentos de oración, hasta el principio de una relación de amistad”.

En Salt Lake City, el conductor de un camión se detuvo a recogerlos. Su nombre era Juan y era un irlandés-americano cuya vida de fe había quedado suspendida. Pero él era un pensador y tenía hambre de espiritualidad. En un momento dado, John preguntó a los sacerdotes sobre la encíclica del Papa Juan Pablo II (1998) sobre la fe y la razón, Fides et Ratio. “¿Cómo puede hacer sentido eso?,” preguntó Juan.

Los sorprendidos sacerdotes se miraron un poco, se encogieron de hombros y entonces empezaron a hablar de su corazón. Dijeron al hombre que, si él entiende la razón solamente desde el modelo científico, se le escaparan un montón de verdades. En su lugar, sugirieron que adoptara un concepto más amplio de la razón, una idea filosófica. De esa manera, podría construir un puente con la fe.

Juan estaba eufórico. “¡Es increíble!” dijo, mientras las millas avanzaban. “Pusieron brillo a mi día!” A los sacerdotes, parecía irreal estar hablando de encíclicas papales con un conductor de camión, pero obviamente el corazón de este hombre se abrió al Espíritu. Antes de dejarlos, Juan compartió algunas de las dificultades de su vida y oró con el cuarteto de clérigos jóvenes.

El viaje confirmó la convicción de los sacerdotes de que la iglesia católica es “increíble”. Muchos párrocos locales extendieron su hospitalidad.

Una noche, el padre José Sobarzo en Winnemucca, Nevada permitió que los cuatro extranjeros con grandes mochilas que decían ser sacerdotes entraran y permanecieran en el salón parroquial a las 10 PM. 

El vicario general de la diócesis de Salt Lake City dio la bienvenida a los sacerdotes de Oregón, y la directora diocesana del Ministerio Hispano, María Cruz, los conectó con una parroquia cercana al Gran Cañón. Allí, se encontraron con Mons. Bob Bussen, un corredor de maratón, que llevó la antorcha de los Juegos Olímpicos de invierno de 2002. Mons. Bussen sugirió caminatas alrededor del Cañón.

“Cuando llegábamos a las Iglesias católicas, nos recibían cálidamente y nos ayudaban”, cuenta el padre Laborde. La experiencia nos mostró el cuidado providencial de Dios por nosotros.

Los clérigos encontraron a una joven pareja en una gasolinera de Salt Lake City.  No iban al mismo lugar que los sacerdotes, pero surgió una conversación. La mujer se había alejado de su fe católica, y había perdido a un bebé de tres meses de edad. Parecía estar sufriendo. De repente, preguntó al padre Pinto: “¿Tienes una Biblia?”

Le dio su Biblia personal como regalo. Los sacerdotes entonces preguntaron si le gustaría que oraran por ella. Ella asintió. Así que allí, en medio de las bombas de gas, de una máquina de helados y golosinas para la venta, los sacerdotes con mochilas hicieron un círculo alrededor de la mujer y su esposo, pidiendo a Dios que derramara sus bendiciones sobre la pareja. Desde una furgoneta estacionada cerca, tres chicas miraban curiosamente.

“Dios puso en nuestro camino a gente que necesitaba algo de él”, dice el padre Laborde. 

“Si hubieramos continuado el viaje en nuestro vehículo, no habríamos conocido a toda esta gente, no habríamos compartido historias de fe y momentos de oración como lo hicimos. El hecho de la Providencia de Dios y de la compasión de los demás nos permitió llegar a los corazones de muchas personas”.

 

*Traducción Vicky Demezas.