Queridos lectores:

No hay duda de que la pandemia del coronavirus Covid-19 se convirtió en un verdugo más para castigar con crueldad a los hispanos en Oregon. El impacto económico es devastador y los reportes de las autoridades de salubridad están comenzando a mostrar un alto porcentaje de hispanos afectados por la enfermedad.

De acuerdo con cifras de organizaciones sin ánimo de lucro que abogan por los derechos de los trabajadores inmigrantes y la igualdad en las políticas gubernamentales, cerca de 80 mil trabajadores que integran una fuerza laboral vital de Oregon se encuentran excluidos de la ley federal aprobada para ayudar por la pandemia y muchos de ellos perdieron sus empleos o se vieron forzados a cerrar sus pequeños negocios.

Un reporte de abril 10 del 2020, emitido por la Autoridad de Salud en Oregon, indica 202 casos de hispanos con resultado positivo del coronavirus. Esta cifra es alarmante si se tiene en cuenta que el número de casos de la población blanca es 452. Estas cifras reflejan que el 44% de los exámenes positivos, corresponde a hispanos con la enfermedad COVID-19.

Los datos citados se refieren a personas que viven y trabajan en un estado considerado “santuario” de protección para los inmigrantes. Estas familias de hispanos, la mayoría de ellos católicos, son los padres y madres de más de 86 mil niños y niñas ciudadanos de este país en estado de indefensión.

Ellos hacen parte de la fuerza laboral que sostiene la economía del estado trabajando largas jornadas en los campos de la agricultura, en el sector de selección y empaque de alimentos, en la cocina de los restaurantes, en el transporte, haciendo trabajos de mantenimiento y limpieza, entre otros. 

La crisis que enfrenta el mundo con la pandemia requiere respuestas concretas de esta sociedad, que en la mayoría de los casos se autodenomina cristiana pero que, en muchos de sus actos y actitudes, contradice los principios fundamentales del mensaje del evangelio de Jesucristo.

El dolor presente del inmigrante hispano, que huye de la violencia, la pobreza y la desigualdad de sus países de origen, se suma al sufrimiento ya existente por la separación familiar, la discriminación, la explotación y el racismo.

Es irónico, pero quedarse en casa y no trabajar, es un privilegio que el hispano no puede darse. Es cruel e inhumano pedirle a la gente que se quede en casa, no vaya a trabajar y tampoco brindarle ninguna ayuda.

La comunidad católica de Oregon, requiere con urgencia de un ministerio que denuncie el pecado y la injusticia, que proclame el mensaje del amor y la esperanza y represente la realidad hispana.

El Papa ha hecho un llamado a la solidaridad, especialmente en un momento en que “no siempre existe una legislación que proteja la vida humana más débil y vulnerable”, dijo el papa en su audiencia general del 25 de marzo.

“Ante la pandemia que vivimos y que amenaza la vida humana, las sociedades necesitan que, al margen de la emergencia, difundamos la cultura de la solidaridad, del cuidado y la acogida”, señaló el pontífice.

El papa recordó que los cristianos están llamados a promover y defender la vida, en una misión que no es algo “abstracto” sino que se manifiesta siempre en una persona: Un pobre marginado, un enfermo solo y desprotegido, uno que ha perdido su trabajo o no puede encontrarlo, un emigrante rechazado o un gueto. 

En un tiempo en que hemos vivido una Cuaresma extraordinaria e inolvidable y cuando estamos ad-portas de finalizar la Semana Santa, es el momento perfecto para reflexionar y preguntarnos hacia dónde vamos en nuestras vidas y qué necesitamos cambiar para de verdad afirmar que nuestro paso por la tierra valió la pena.

¡Dios los bendiga!