Un migrante de Venezuela que busca pedir asilo en Estados Unidos lleva a una anciana a través del Río Bravo hacia Del Río, Texas, 26 de mayo de 2021. (CNS Foto/Go Nakamura, Reuters).
Un migrante de Venezuela que busca pedir asilo en Estados Unidos lleva a una anciana a través del Río Bravo hacia Del Río, Texas, 26 de mayo de 2021. (CNS Foto/Go Nakamura, Reuters).

La desgarradora imagen reciente de un joven cargando a una anciana venezolana a través del Río Grande captura la tragedia de los migrantes.

La mujer fue identificada como Irma de 80 años, procedente de Maracaibo, estado Zulia de Venezuela, un antiguo paraíso petrolero que ahora sufre cortes de luz constantes, en medio de las miserias sin fin de la crisis política y económica en la que se sumerge Venezuela, reportó el diario El país. 

 

En la memoria colectiva nacional es posible que se conserven otras fotografías perturbadoras que reflejan el profundo sufrimiento de miles de personas migrantes que llegan a la frontera sur de Estados Unidos cada día, como la del padre salvadoreño y su pequeña hija que yacen bocabajo en las aguas fangosas a orillas del río Bravo.

 

Es conocido que la crisis social y política de varios países de Latinoamérica sumidos en la pobreza y el subdesarrollo crónico, se ha agudizado por la pandemia de Covid-19. 

 

A esto se añade la vulnerabilidad de algunos países a los desastres naturales como los huracanes y las inundaciones que han devastado regiones arrasando cultivos y familias enteras. La gente lucha por alimentarse sin oportunidades reales de empleo y esperanza de mejorar sus vidas.

 

Estas precarias condiciones de la gente los expulsa a iniciar el recorrido migratorio; ya sea a pie en caravanas, hacinados en camiones de carga, cruzando el desierto o viajando en el techo de los vagones del tren.

 

Los peligros de cualquiera de estos métodos, que los conducen a veces hasta su propia muerte, son mucho más esperanzadores que lo que dejan atrás en sus países de origen.

 

La reciente reunión de los obispos y directivos de organizaciones católicas con el objetivo de abordar la respuesta de la iglesia a la situación de los migrantes genera también esperanza.

 

El compromiso asumido de trabajar por una ‘iglesia sin fronteras’ suena bastante alentador si esa promesa se traduce en acciones concretas.

 

Las palabras del cardenal Czerny, subsecretario de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral del Vaticano, aún resuenan en mis oídos.

 

Espero que, después de este encuentro, puedan reunir a sus sacerdotes y considerar la tarea pastoral que nos incumbe a todos: acoger, proteger, promover, e integrar”, dijo. “Las parroquias pueden encontrar uno o más puntos de salida, tránsito, llegada, asentamiento a corto o largo plazo, e incluso regreso de migrantes”.

 

El fenómeno de la migración forzada se ha convertido como en una especie de guerra silenciosa en la que miles de personas pierden la vida en su intento de encontrar un futuro más promisorio. La violencia, el hambre, la pobreza, las persecuciones y la opresión son algunos de los motivos que están tras la oleada de inmigrantes.

 

Ningún ser humano está dispuesto a vivir en la miseria desde que nace hasta que muere. ¿Por qué debería sufrir las deficiencias de los sistemas de seguridad, salud, educación y justicia, aunadas a la corrupción de la mayoría de los países?

 

Sin embargo, como el papa Francisco lo ha dicho, no se trata solo de los migrantes sino de todos nosotros la familia humana, llamados a realizar juntos el plan de Dios para el mundo.

 

“No podemos permanecer insensibles, nuestros corazones están abatidos, ante la miseria de tantas personas inocentes. No debemos dejar de llorar. No debemos dejar de responder”.

 

¡Dios los bendiga!