No hay duda de que la pandemia por Covid-19 se convirtió en un punto de inflexión en nuestras vidas. Una frase popular dice que para comprender la vida hay que mirar hacia atrás, pero para vivirla hay que mirar siempre hacia adelante.

 

El 11 de marzo de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia, pocos podían prever el largo camino por delante: la muerte y agonía de millones de personas, economías en ruinas y una soledad y aislamiento casi universales.

 

“La pandemia nos llama a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección…el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”, dijo el papa Francisco en un mensaje enviado a la ONU. Es por ello que el pontífice considera que es un momento oportuno para la “conversión” repensando “nuestra forma de vida” y “nuestros sistemas económicos y sociales”.  

 

Más de un año después empezamos a ver la luz al final del túnel y con una alta dosis de optimismo, el país se apresura por volver a la ‘normalidad’ gracias al efecto de la vacunación que pareció concretarse como por arte de magia.

 

Sin embargo, la magia está reservada solo para los países más ricos, mientras que muchos temen que las mutaciones causen una nueva ola. Los expertos afirman que pasará mucho tiempo hasta que el virus se vuelva endémico.

 

No obstante, al mirar atrás hay tanto para destacar como por ejemplo mantener a la familia más cerca y equilibrar, por así decirlo, la vida familiar y laboral.

 

Quedarse en casa con los niños y combinarlo con el trabajo era una pesadilla para muchos, sin embargo, poco a poco los horarios de trabajo se fueron flexibilizando a medida que las familias aprendían a manejar las clases virtuales ya que las oficinas y escuelas fueron cerradas. Las clases a través de zoom se fomentaron al igual que las reuniones de trabajo.

 

Para los que se encontraban separados de sus seres queridos, la familia adquirió un nuevo significado, con amigos, vecinos o desconocidos de su comunidad formando burbujas sagradas. Incluso, las familias que se encontraban separadas por kilómetros de distancia pasaban más tiempo frente a la pantalla en video llamadas.

 

La pandemia nos afectó a todos e individualmente de diferentes maneras.

 

No existía una guía sobre como enfrentarla y superarla, sin embargo, colectivamente hubo un enfoque hacia el autocuidado, a reconocer nuestra vulnerabilidad y darnos el espacio y la paciencia para vivir el día a día.

 

El autocuidado se convirtió en una necesidad de supervivencia y las personas encontraron diferentes formas; escribiendo un diario, caminando, escalando, haciendo ejercicio en casa y más.

 

El enfoque en la salud mental nos permitió crecer, fortalecernos y trabajar en nuestro autoconocimiento personal.

 

“No tenemos una vacuna para nuestra salud mental como la tenemos para nuestra salud física”, dijo Lisa Carlson, administradora de la facultad de Medicina de la Universidad de Emory en Atlanta. 

 

La pandemia se convirtió en el momento de romper las barreras para hablar de la salud mental, tema importante en todos los ámbitos.

 

El confinamiento nos forzó a intentar nuevas formas de hacer las cosas. La capacidad de adaptación y la creatividad hicieron posible lo que parecía imposible.

 

La resiliencia del ser humano quedó demostrada y confiamos en que los días más oscuros de la pandemia sean cosa de la historia.

La vida después de la pandemia no volverá a ser igual.

 

La pandemia nos enseñó no solo lo que tenemos que hacer sino lo que necesitamos dejar de hacer.

 

Lo sombrío de la pandemia y el sentimiento universal nos ayudaron a ver las cosas buenas que ocurrieron bajo una nueva luz.

¡Dios los bendiga!