Queridos lectores:

La irrupción de la pandemia del covid-19 nos condujo a la necesidad de refugiarnos en casa, transformando nuestra vida cotidiana con cambios drásticos al enfrentar de la noche a la mañana una realidad inesperada. Desde la forma de comunicarnos, nuestras relaciones interpersonales, la manera de operar en el trabajo, los nuevos métodos de estudiar y más importante aún, nuestros hábitos diarios de higiene y el cuidado de la salud.

Se supone que esto es parte integral de vivir. La vida es un cambio constante. Las experiencias que vivimos pueden afectarnos positiva o negativamente, según la forma y circunstancias en que tengamos que afrontarlas.

He aprendido que la forma más saludable, tanto para nuestro bienestar físico como mental, es vivir con fe, con una actitud positiva para adaptarse a cada situación nueva y recibirla como una oportunidad de aprendizaje y enriquecimiento personal.

Nada ni nadie ha quedado exento de la pandemia; cambios y restricciones como consecuencia del brote del Covid-19 han beneficiado a muchos, causado grandes desafíos a otros y llevado a otros a enfrentar varios obstáculos que nunca habían limitado su capacidad de funcionar en la sociedad, especialmente las minorías, tristemente las poblaciones más vulnerables.

No sería sorprendente que algunas de las medidas implementadas para frenar el virus, puedan volverse permanentes, especialmente porque en un momento de crisis tan profunda como el que estamos viviendo, los cambios abren ventanas a las oportunidades.

La historia nos enseña que ha sido moldeada por las crisis. Las crisis generan cambios y los beneficios de estos son mayores de lo que pensamos, por lo que siempre debemos ser aliados de ellos. Las experiencias son las que nos van dictando las reglas a seguir.

No deja de asombrarnos el hecho que, aunque pregonamos vivir en un mundo globalizado e interconectado, no existe una conciencia real como tal.

Desde que China decidió anunciar el primer caso de coronavirus, lo vimos como algo lejano; la idea instalada en la mente colectiva es que se trataba de un problema alejado de nuestra realidad, algo que estaba afectando al gigante asiático.

Las posteriores reacciones y declaraciones de los líderes ante los acontecimientos nos confirmaron claramente que estamos ante una globalización carente de unidad, incapaz de reaccionar de una manera conjunta ante una amenaza global. Cada uno compite como república independiente olvidándose de las necesidades reales, sin pensar en la dimensión de una pandemia que amenaza a toda la especie humana en su conjunto.

Otro elemento de reflexión en el contexto del mundo globalizado en que vivimos, liderado por Internet es el acceso a este servicio básico.

Se dio por sentado que todo el mundo tiene acceso a Internet; ejemplo de esto es el reto que ha significado para las personas que hacen parte del sistema educativo: profesores, estudiantes y padres de familia, especialmente, en la sociedad de los Estados Unidos, donde el derecho a la conectividad no es una realidad.

De acuerdo con la información más actual del departamento de Educación, el 14% de los niños entre 3 y 18 años —cerca de 9.4 millones en total— no tiene acceso a internet en casa. Incluso, algunas organizaciones defensoras del derecho a la conectividad calculan que este número está cerca de los 12 millones de niños.

La brecha digital afecta de manera desproporcionada a los estudiantes pertenecientes a los grupos de las minorías raciales. Un análisis de datos muestra que el 37% de nativo americanos y niños de Alaska no tienen acceso a internet. Igual sucede con el 19% de estudiantes afroamericanos y el 17% hispanos comparado frente al 12% de los estudiantes blancos.

Finalmente, pienso que la principal reflexión de la tragedia de esta pandemia es la vulnerabilidad del ser humano. La Organización de las Naciones Unidas advirtió a finales de marzo que “el derecho fundamental a la vida se ha puesto en juego”, cuando ya la pandemia estaba extendiéndose por todos los países.

“La salud humana depende no solo de la atención médica accesible. También depende del acceso a la información veraz y oportuna sobre la naturaleza de las amenazas”, manifestaron organizaciones defensoras del derecho a la conectividad.

Ahora es claro que todos sabemos cual es la prioridad: detener el virus y ante esta realidad, se requiere conciencia, acción y mucha solidaridad. La mayoría de la población ha respondido confinándose en casa, realizando teletrabajo en cuanto les es posible.

Millones de personas, en una situación económica muy precaria sin empleo, mientras que la economía básica se sostiene gracias al trabajo de empleos “esenciales” realizados por trabajadores y trabajadoras anónimas, confirmando que las necesidades básicas se cubren con la gente más humilde y sencilla.

En nuestras manos está la capacidad de mejorar y percibir la posibilidad de cambio. Ahora es la oportunidad de revaluar la urgencia de soluciones a largo plazo, con sistemas que garanticen el derecho a la salud, la información, protección e igualdad de derechos para todos. “La humanidad es una sola comunidad”, dijo el Papa Francisco.