Es Miércoles de Ceniza. Y los católicos con la cruz en la frente dan testimonio de su fe y del inicio de 40 días de penitencia, oración, ayuno y reflexión. Es un tiempo que nos recuerda los 40 días de Jesús en el desierto. Es un tiempo que nos confronta con nuestra mortalidad.

Y hoy, al asistir como cada año a la celebración eucarística del Miércoles de Ceniza, uno se reencuentra con su espiritualidad y con el pecado. De alguna manera, la reflexión de que volveremos a ser ceniza, en el momento de nuestra muerte, nos enfrenta a un nivel espiritual que nos lleva a valorar el tiempo en esta tierra y cómo debemos vivirlo.

En la solemne Eucaristía presidida por el sacerdote Hugo Maese de Hillsboro, sus palabras fueron profundas. El nos dijo que es un tiempo en el cual podemos redimensionar nuestra vida espiritual y cómo nos relacionamos con otros. Cómo miramos al hermano. Cómo miramos su rostro. Y dijo que si vemos en el rostro de cada persona, el rostro de Jesucristo, estaremos dando testimonio de vida y sobre todo, de esa espiritualidad que se nos pide al ser católicos.

Su reflexión es algo que me llegó profundamente. Pues en la vida cotidiana, en la vida del ruido, de las redes sociales, del afán por llegar a algún sitio, en fin, estamos tan distraídos de esa espiritualidad que no nos tomamos el tiempo de reflexionar en cómo vemos al otro. Puede ser nuestro hermano, esposo, esposa, amigo, vecino, colega, en fin, cada persona en la vida que nos rodea.

Hoy por medio de esta columna, al iniciar este tiempo de Cuaresma quiero invitar a cada uno de mis lectores a poner en práctica el mensaje del Padre Maese, quien nos lleva a reflexionar sobre el legado de vida en la fe de Jesucristo y su presencia espiritual en nuestra propia vida. En el día a día.