Marti Díaz-Domm dirige el Programa Levantar del Centro de Consejería Católica del Noroeste, que ofrece terapia culturalmente informada para los hispanos del área de Portland. Muchos de sus clientes se han visto dramáticamente afectados por el coronavirus.
Marti Díaz-Domm dirige el Programa Levantar del Centro de Consejería Católica del Noroeste, que ofrece terapia culturalmente informada para los hispanos del área de Portland. Muchos de sus clientes se han visto dramáticamente afectados por el coronavirus.
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“No dudo que la fe y su conexión con la familia, tuvieron mucho que ver con su resiliencia,

" Lucrecia Suárez, directora del Centro Intercultural de Consejería de Caridades Católicas

Este artículo que consta de dos partes, en el contexto de la experiencia de un hombre de Oregon, analiza las razones de los altos índices de coronavirus en la comunidad hispana, los desafíos únicos que muchos enfrentan durante la enfermedad y la recuperación y el papel crítico que juega la fe.

“Si miras hacia el sur, hay una pequeña estrella", le decía Agustín Maldonado a sus dos hijos cuando eran pequeños. “Cuando yo muera, dentro de unos años, seré esa estrella observándote desde lo alto”.

Este verano, a solas en una cama en el hospital, con su cuerpo devastado por el coronavirus, Maldonado dijo en un mensaje de texto a sus hijos que probablemente muy pronto sería esa estrella. El hombre de 55 años les pidió que por favor se cuidaran.

Maldonado nunca imaginó que moriría tan joven o que su última comunicación con sus hijos sería a través de un mensaje de texto. Hablar por teléfono era demasiado difícil mientras estaba conectado a los tubos y a un respirador y con una tos y un dolor de pecho implacables. 

“Al respirar, sentía como si tuviera un ventilador industrial soplando en mis pulmones”, dijo. 

Maldonado, inmigrante del estado de Puebla, en el sur de México, se despidió de su familia en México y de su esposa, pidiendo perdón por cualquier cosa hiriente que hubiera hecho o dicho.

“La despedida más difícil”, dijo, con voz entrecortada, “la despedida más difícil fue la de mis hijos”.

Golpeado duramente pero resiliente

Maldonado, católico que vive cerca de la costa de Oregon (la ciudad de residencia y su parroquia se mantienen en reserva debido a su estatus migratorio), es uno de los cuatro millones de hispanos en todo el país y más de 20.000 en Oregon que hasta finales de noviembre han contraído COVID-19.

Desde los primeros días de la pandemia hasta la actual oleada de nuevos casos, los hispanos han sufrido una carga más pesada que los blancos. 

Representan el 18% de la población de EE. UU. pero aproximadamente el 33% del total de los casos de COVID-19.

En Oregon, constituyen el 13% de la población y el 40% de los casos. 

Enfrentando esta pesada carga, muchos hispanos, incluyendo a Maldonado, han encontrado una fuente inagotable de fortaleza en su fe.

Alrededor del 30% de los hispanos de diferentes orígenes manifiestan que su fe ha crecido durante la pandemia, según un estudio del Centro de Investigación Pew.

Actualmente hay mucho miedo y sufrimiento en la comunidad hispana, sin embargo, “también una profunda creencia de que Dios proveerá”, señaló Lucrecia Suárez, directora del Centro Intercultural de Consejería de Caridades Católicas. 

“No dudo que la fe y su conexión con la familia, tuvieron mucho que ver con su resiliencia”, dijo.

"Maravilloso hasta que llegó el virus" 

Maldonado llegó a Oregon en 2003 con su esposa y su hija de cuatro años. “Nunca tuve planes de mudarme a los Estados Unidos, pero debido a una situación muy triste y que no puedo compartir me mudé aquí”, dijo. 

La ciudad en la que su joven familia encontró un apartamento de dos dormitorios a precios asequibles “es el lugar de mis sueños”, dijo Maldonado.

El y su esposa se hicieron miembros de su parroquia local y Maldonado consiguió un trabajo como cocinero.

Pronto, le dieron la bienvenida a un hijo, Gael. 

Como sólo su hijo posee la ciudadanía, la familia se ha sentido a veces temerosa por los cambios en las leyes de inmigración y las amenazas de deportación. Sin embargo, “todo era casi maravilloso hasta que llegó el virus”, dijo Maldonado. 

Su hija estudia biología en una universidad de Oregon y Gael está en la escuela secundaria y practica varios deportes.

Cuando no estaba trabajando, Maldonado pasaba tiempo en ventas de garaje, donde compraba ropa para los ancianos residentes de Puebla. Tenía la esperanza de que con el tiempo crearía una organización para proporcionar caminadores a adultos mayores pobres que residen en su ciudad natal.

Maldonado no está seguro de cómo contrajo COVID-19. 

“Me alimento saludablemente, hago ejercicio y tomamos todas las precauciones”, dijo. La familia se lavaba las manos y usaba máscaras en el trabajo y en los paseos. Sabían lo mortal que podía ser el virus: en el transcurso dos meses, ocho miembros de la familia de Maldonado fallecieron en México. 

Múltiples Factores

Aunque no está claro si Maldonado contrajo el virus en el trabajo, el impacto desproporcionado del coronavirus en los hispanos de Oregon se debe en gran parte a sus condiciones de vida y trabajo, dijo la doctora Eva Gálvez, miembro de la parroquia de San Pío X en el noroeste de Portland y médico de la Clínica Virginia García Memorial de Oregon. La Clínica ofrece atención médica a personas pobres y de bajos recursos. 

La mayoría de los hispanos en Oregon son nacidos en los Estados Unidos, pero una minoría considerable, incluyendo los aproximadamente 110.000 inmigrantes indocumentados del estado, nacieron en otros lugares.

Según informes recientes del departamento de Empleo de Oregon y la Fundación Comunitaria de Oregon, los hispanos participan en la fuerza laboral con tasas más altas que sus homólogos blancos, pero ganan menos y tienen más probabilidades de vivir en la pobreza.

Sus trabajos, con frecuencia de baja remuneración, se consideran esenciales.

Trabajan como proveedores de servicios del cuidado de la salud, como trabajadores de la construcción, en la industria de procesamiento y servicio de alimentos.

El trabajo, a menudo, lo realizan en condiciones de hacinamiento, fuera de casa, lo que aumenta el riesgo de exposición a COVID-19.

Para poder pagar la renta, muchos hispanos viven con miembros de su familia extendida. “Estos factores unidos facilitan la propagación”, dijo Gálvez.

Marti Diaz-Domm es directora del Programa Levantar del Centro de Consejería Católica del Noroeste, una entidad que ofrece orientación profesional adecuada culturalmente para hispanos del área de Portland.

Uno de los pacientes de Diaz-Domm perdió a su madre, dos hermanos y su cuñada por el coronavirus. Los miembros de la familia eran trabajadores agrícolas de Oregon que vivían juntos en un remolque. 

“Cuando se enfermaron, los llevaron al hospital y ella nunca los volvió a ver”, dijo Diaz-Domm.

“Ha sido muy emotivo. He llorado con mis pacientes”. 

El acceso inadecuado a la atención médica oportuna agrava la vulnerabilidad de los hispanos, lo que conlleva a condiciones médicas que pueden causar infecciones de coronavirus más graves.

Los datos de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de EE. UU. muestran que las personas de grupos minoritarios tienen casi el doble de probabilidades de morir por el virus que los individuos blancos. 

Un informe del CDC indicó que la falta de información confiable en español ha obstaculizado los esfuerzos para combatir la propagación del virus en las comunidades hispanas.

Las organizaciones de salud pública de Oregon tienen información en varios idiomas, pero puede que algunas poblaciones no sepan que existe. “Hay que ver de dónde obtiene la gente su información y cómo se distribuye”, dijo Gálvez. 

Los regalos de Dios

El tres de junio, Maldonado comenzó a sentirse enfermo y el cuatro de junio no podía ponerse de pie.

Durante 11 días permaneció en casa con una temperatura de 102.9. grados Fahrenheit.

Su esposa y su hija también contrajeron el virus, pero tuvieron síntomas más leves.

Gael permaneció sano y se mantuvo aislado en su habitación. “No sabía lo que estaba pasando porque la puerta sólo se abría cuando mi mamá me daba comida o yo iba al baño”, dijo Gael, de 15 años.

“Más tarde escuché a mi papá tosiendo fuertemente, pero él es saludable así que al principio no estaba realmente preocupado”.

Los síntomas de Maldonado se intensificaron.

“La tos era insoportable y casi no podía comer”, dijo. “Pero le prometí al Señor que no me iba a quejar”.

Cuando intentó ingresar al hospital, el personal le dijo que sólo podían aceptarlo cuando no pudiera respirar o sus labios o las puntas de los dedos estuvieran morados.

“Eso no me sucedía a mí, pero no podía soportar el dolor”, dijo Maldonado. Desesperado, finalmente fingió desmayarse para ser admitido.

Aunque la familia carece de seguro médico, su estadía en el hospital fue pagada a través de un programa de Oregon que cubre servicios médicos de emergencia para personas de bajos ingresos sin documentación legal.

En su cama de hospital en Corvallis, Maldonado estaba al borde de la desesperación. No estaba seguro de querer vivir. Además de la tos, la boca de Maldonado estaba llena de ampollas. 

Todo el personal médico, con la excepción de un doctor, hablaba solamente inglés mientras lo atendían. “Me lo explicaron todo, pero no pude entenderlo”, dijo Maldonado.

Durante ese tiempo, recuerda claramente una conversación con Dios.

"Recé: no tengo nada que ofrecerte aparte de mi dolor, mis lágrimas, mis manos y pies para ayudar a los demás. Si vivo, quiero que me utilices como una herramienta para ayudar a los necesitados en México”.

Cuando estaba en su peor momento, Maldonado cree que Dios envió dos visitantes a su habitación del hospital.

Un enfermero llamado Peter, lo visitó varias veces. “Se sentaba a mi lado y lloraba conmigo”, dijo Maldonado. “Me cuidaba increíblemente bien. Aunque sólo hablaba inglés, hablaba el idioma humano. Le entendía todo”.

En otro momento, Maldonado sintió una presencia y vio a alguien en la habitación. Dijo que la persona finalmente se sentó en su cama y lo cuidó durante dos noches. 

En la tercera noche, “me sermoneó acerca de rendirme; me llamó débil y me dijo que tenía que luchar”, recordó Maldonado. “Eso fue difícil de escuchar. No me gustó eso, así que lo eché. Se fue y nunca volvió”.

Maldonado cree que fue su ángel de la guarda. Rápidamente reconoce que pudo haber sido su mente que le jugó una mala pasada. “Pero fue algo realmente hermoso”, dijo. “Peter era un ángel en la tierra. Tal vez esta persona era un ángel del cielo”. 

Nota de la editora: La segunda parte de esta historia continuará en la siguiente edición, con información en recuadro lateral sobre cómo las organizaciones católicas están ayudando a las familias hispanas. 



katies@catholicsentinel.org