Por Hosffman Ospino, PhD
Especial para El Centinela


La Iglesia católica de los Estados Unidos ha comenzado uno de los procesos evangelizadores más fascinantes de su historia: el V Encuentro Nacional de Ministerio Hispano/Latino.

Este proceso de cuatro años (2016 al 2020) es ciertamente una invitación clara a reconocer el potencial evangelizador del pueblo hispano, el cual constituye cerca del 43% de toda la población católica estadounidense. Al mismo tiempo, es un llamado urgente a que todos los católicos del país reafirmemos nuestra identidad bautismal viviendo como auténticos discípulos misioneros. Miles de católicos en el país participamos de esta experiencia transformadora. Realmente es un momento de gracia, un verdadero kairós.

En el corazón del proceso del V Encuentro se encuentran varios presupuestos teológicos, que son claves para apreciar de lleno la riqueza de esta experiencia. Me gustaría resaltar dos de ellos: vocación y discipulado misionero.

Llamados a ser Pueblo de Dios

Ser cristiano católico en los Estados Unidos no es un accidente. Si realmente confiamos en que nuestras vidas y las de nuestras familias son parte del Plan de Salvación de Dios, entonces, es preciso reconocer que hemos sido llamados de muchas maneras a ser pueblo de Dios en este país. Muchos nacimos en los confines de la geografía estadounidense. Otros inmigramos por razones distintas. Como una gran marcha de creyentes procedentes de todas las naciones, nos encontramos aquí y ahora, atentos a la voz de Dios, para ser pueblo de Dios.

Esta convicción hace eco al Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia: “Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1 Pedro 1, 23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Juan 3, 5–6), pasan, finalmente, a constituir ‘un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición..., que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios’ (1 Pedro 2, 9–10)” (Lumen Gentium, LG, 9). Es más, dice la Constitución conciliar: “El único pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial” (LG, 13).

Dios nos llama de muchas maneras a ser Iglesia en los Estados Unidos y a continuar la tarea evangelizadora del sinnúmero de católicos que nos precedieron.

Sin embargo, somos conscientes de que discernimos esta vocación en un momento nuevo y bajo circunstancias particulares. En una Iglesia cada vez más diversa, el llamado a ser pueblo de Dios exige reconocer la riqueza de las muchas experiencias culturales y religiosas que identifican a los muchos grupos que dan vida a nuestras comunidades de fe actualmente.

Discernir nuestra vocación a ser pueblo de Dios en este momento histórico es aceptar que Dios nos llama a todos a ser Iglesia, de manera renovada, en medio de la diversidad que nos identifica.

La vocación que hemos recibido por parte de Dios como cristianos es una invitación a contemplar las profundidades de su misterio y a experimentar el poder infinito de su amor misericordioso, especialmente por medio de la persona de Jesucristo.

Esto exige pasar tiempo con el Señor en la oración, escuchar y meditar su Palabra, dejarnos transformar por la gracia sacramental y permitir que el Espíritu Santo renueve nuestro ser. Como pueblo de Dios somos invitados a entrar en la intimidad divina de Dios.

Enviados a ser discípulos misioneros

Una vez que hemos sido partícipes de dicha experiencia de intimidad con el Señor, la cual posee un carácter intrínseco de misticismo, Dios nos envía a dar testimonio de lo experimentado.

En palabras del Apóstol san Juan: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos” (1 Juan 1, 1). No es un misticismo que nos aleja de la realidad o está reservado para unos cuantos. Se trata más bien de lo que pudiéramos llamar un “misticismo profético en lo cotidiano”, del que todos somos partícipes a la luz de nuestra relación con el Señor Jesucristo, en el aquí y ahora de nuestra existencia.

Hoy la Iglesia en los Estados Unidos proclama y canta con entusiasmo las convicciones de fe que inspiran el proceso del V Encuentro. Las canciones que son parte de la colección Discípulos misioneros: Testigos del amor de Dios (OCP) son precisamente un testimonio de cómo el Espíritu Santo mueve los corazones de quienes somos parte de este proceso.

Cada canción en esta colección nos recuerda que Dios nos llama a ser un pueblo profético y nos envía dondequiera se necesita el mensaje esperanzador del Evangelio, especialmente a las periferias en donde la luz de Cristo necesita brillar resplandecientemente. Con el salmista decimos: “¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios, qué agradable y merecida es su alabanza!” (Salmo 146, 1)
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*Hosffman Ospino, PhD, es profesor de teología y educación religiosa en Boston College, donde también es director de programas de postgrado en Ministerio Hispano. © 2017 OCP. Derechos reservados.