Los refugiados se paran fuera de sus refugios mientras el Papa Francisco visita el Centro de Recepción e Identificación administrado por el gobierno en Mitilene, Grecia, el 5 de diciembre de 2021. (Foto CNS/Vatican Media)
Los refugiados se paran fuera de sus refugios mientras el Papa Francisco visita el Centro de Recepción e Identificación administrado por el gobierno en Mitilene, Grecia, el 5 de diciembre de 2021. (Foto CNS/Vatican Media)

MYTILENE, Grecia (CNS) — Parado cerca de la orilla del Mar Mediterráneo, el papa Francisco dijo que "la cuna de tantas civilizaciones ahora parece un espejo de la muerte".

Así les dijo el 5 de diciembre a funcionarios griegos y de la ONU, pero especialmente a los residentes del campo de refugiados de Mavrovouni, formalmente llamado Centro de Recepción e Identificación.

El pontífice también se dirigió a las naciones de la Unión Europea y a los gobiernos de todo el mundo.

Alrededor de 2.200 personas, incluidos los menores que cruzaron el mar sin un padre u otro adulto, Mavrovouni es su hogar. Viven en filas ordenadas de tiendas y pequeños refugios prefabricados en la isla griega de Lesbos, a las afueras de Mitilene.

El centro sustituyó al infame campamento de Moira tras un incendio en 2020.

El gobierno griego traslada ahora a los refugiados y solicitantes de asilo por todo el país, quitándole así presión —y atención mediática— a Lesbos y otras islas cercanas a Turquía.

El Ministerio de Migración y Asilo dijo que a finales de octubre vivían en Lesbos 4352 migrantes y refugiados, comparado con los 18.872 que había en octubre de 2020.

Aunque la idea del gobierno es que los solicitantes de asilo pasen sólo unos meses en los campamentos de Lesbos antes de mudarse a un apartamento o ser trasladados al continente, muchos de los que se encuentran en Mavrovouni les dijeron a los periodistas —que acompañaban al pontífice— que llevaban años allí.

Mohammadi Zagul, afgana de 34 años y madre de cinco hijos, dijo que ella y su familia llevan dos años en Lesbos. Quieren irse del campamento y empezar sus vidas, dijo, pero no importa en qué país.

Christian Tango Mukalya, un congoleño católico de 30 años que llegó a Lesbos hace más de un año con dos de sus tres hijos pequeños, le dijo al papa Francisco que él y los demás sólo quieren "un lugar seguro en Europa para el futuro de nuestras familias".

"Soy un peregrino, un solicitante de asilo en busca de un refugio seguro" tras "la persecución y las amenazas de muerte en mi país de origen", dijo.

Al visitar el campamento un domingo por la mañana, el papa Francisco utilizó verbos de las lecturas de las Escrituras de Adviento para pedir que Dios "levante", "sacuda" y "despierte" las conciencias de todos para responder a la desesperada situación de los migrantes y refugiados en Grecia y en todo el mundo.

Con la presencia de la presidenta griega, Katerina Sakellaropoulou, el papa volvió a llamar la atención a la comunidad europea al insistir en que los países a los que llegan los migrantes aplican las políticas de inmigración de la Unión Europea, pero hacen poco para ayudar a esos países a gestionar los flujos migratorios.

Básicamente, acusó a la Unión Europea de hipocresía.

"En Europa hay quienes persisten en tratar el problema como un asunto que no les concierne", dijo el papa.

"¡Cuántas condiciones indignas del ser humano existen! ¡Cuántos focos donde los migrantes y refugiados viven en condiciones de penuria extrema, sin vislumbrar soluciones en el horizonte!"

Y sin embargo, dijo, la Unión Europea "promueve constantemente" el respeto de los derechos humanos en todo el mundo e insiste ante los demás en que "la dignidad de cada persona debe estar por encima de todo".

La creencia en la dignidad humana, dijo, debe impulsar a las naciones a trabajar juntas para elaborar políticas inteligentes e integrales que respondan a las necesidades inmediatas de quienes se sienten obligados a huir de sus países de origen y les ayuden a encontrar un hogar donde ellos y sus familias puedan volver a empezar de nuevo.

"Es fácil agitar la opinión pública infundiendo miedo a los demás", dijo el papa Francisco.

"Sin embargo, ¿por qué no hablamos con igual vehemencia de la explotación de los pobres, de las guerras poco mencionadas pero a menudo bien financiadas, de los acuerdos económicos en los que el pueblo tiene que pagar, de los acuerdos encubiertos para traficar con armas, favoreciendo la proliferación del comercio de armas?"

Hay que atacar las causas de la migración "y no a los pobres que pagan las consecuencias e incluso son utilizados para la propaganda política", insistió.

Los cristianos tienen una obligación especial de rechazar la retórica política que pinta a los migrantes como una amenaza, dijo.

"Dios nos ama como hijos suyos; quiere que seamos hermanos y hermanas".

"En cambio, se ofende cuando despreciamos a los hombres y mujeres creados a su imagen, dejándolos a merced de las olas, en la estela de la indiferencia, justificada a veces incluso en nombre de valores supuestamente cristianos".

Con una suave brisa que apenas ondulaba el agua a sus espaldas, el papa Francisco instó a todos —líderes gubernamentales y ciudadanos en general— a mirar los rostros de los niños migrantes.

"Qué encontremos el valor de sentirnos avergonzados en su presencia, en su inocencia. Ellos son nuestro futuro", dijo. "Desafían nuestras conciencias y nos preguntan: '¿Qué clase de mundo quieren darnos?'".

"No nos apresuremos a apartar la vista de las impactantes imágenes de sus pequeños cuerpos tendidos sin vida en las playas", dijo el papa.

"El Mediterráneo, que durante milenios ha unido a pueblos diferentes y a tierras lejanas, se está convirtiendo ahora en un lúgubre cementerio sin lápidas".

"¡Por favor", suplicó, "paremos este naufragio de la civilización!".