El Papa Francisco saluda a la multitud durante su audiencia general en el Patio de San Dámaso del Palacio Apostólico en el Vaticano, el 26 de mayo de 2021. (CNS Foto/Paul Haring)
El Papa Francisco saluda a la multitud durante su audiencia general en el Patio de San Dámaso del Palacio Apostólico en el Vaticano, el 26 de mayo de 2021. (CNS Foto/Paul Haring)

El Papa Francisco continúa con su serie de catequesis sobre la oración y este miércoles 26 de mayo reflexionó sobre “la certeza de ser escuchados” en la oración.

En la Audiencia General realizada en el patio de San Dámaso del Vaticano el Santo Padre describió que el Catecismo de la Iglesia Católica “nos advierte del riesgo de no vivir una aute´ntica experiencia de fe, sino de transformar la relacio´n con Dios en algo ma´gico.

“Cuando rezamos debemos ser humildes, esta es la primera actitud para ir a rezar. Al igual que existe la costumbre en muchos lugares de que para ir a la iglesia a rezar, las mujeres se ponen el velo o toman agua bendita para empezar a rezar, así debemos decirnos antes de la oración, que sea lo más conveniente, que Dios me de lo que más conviene, Él sabe”, destacó el Papa. 

A continuación, la catequesis pronunciada por el Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos di´as!

Hay una contestacio´n radical a la oracio´n, que deriva de una observacio´n que todos hacemos: nosotros rezamos, preguntamos, sin embargo, a veces parece que nuestras oraciones no son escuchadas: lo que hemos pedido – para nosotros o para otros – no sucede. Nosotros hemos tenido esta experiencia muchas veces ¿no?

Si adema´s el motivo por el que hemos rezado era noble (como puede ser la intercesio´n por la salud de un enfermo, o para que cese una guerra, por ejemplo), el incumplimiento nos parece escandaloso. Por ejemplo, con las guerras, estamos rezando para que terminen las guerras, en tantas partes del mundo, pensemos en Yemen, pensemos en Siria, países que están en guerra hace años y años, martirizados por la guerra, rezamos y no terminan, ¿cómo puede ser esto?

«Hay quien deja de orar porque piensa que su oracio´n no es escuchada» (Catecismo de la Iglesia Cato´lica, n.2734) Si Dios es Padre, ¿por que´ no nos escucha? E´l que ha asegurado que da cosas buenas a los hijos que se lo piden (cfr Mt 7,10), ¿por que´ no responde a nuestras peticiones? Todos nosotros hemos tenido experiencia de esto. Hemos rezado, rezado, por la enfermedad de este amigo, de este padre, de esta madre, y después, se marchó. ¿Dios no nos lo concedió? Es una experiencia de todos nosotros.

El Catecismo nos ofrece una buena si´ntesis sobre la cuestio´n. Nos advierte del riesgo de no vivir una aute´ntica experiencia de fe, sino de transformar la relacio´n con Dios en algo ma´gico. La oración no es una varita mágica, es un diálogo con el Señor.

De hecho, cuando rezamos podemos caer en el riesgo de no ser nosotros quien sirve a Dios, sino pretender que sea E´l quien nos sirva a nosotros (cfr n. 2735). He aqui´, pues, una oracio´n que siempre reclama, que quiere dirigir los sucesos segu´n nuestro disen~o, que no admite otros proyectos si no nuestros deseos.

Jesu´s sin embargo tuvo una gran sabiduri´a poniendo en nuestros labios el “Padre nuestro”. Es una oracio´n solo de peticiones, como sabemos, pero las primeras que pronunciamos esta´n todas del lado de Dios. Piden que se cumpla no nuestro proyecto, sino su voluntad en relacio´n con el mundo. Mejor dejar hacer a E´l: «Sea santificado tu nombre, venga tu Reino, ha´gase tu voluntad» (Mt 6,9-10).

El apo´stol Pablo nos recuerda que nosotros no sabemos ni siquiera que´ sea conveniente pedir (cfr Rm 8,26). Nosotros pedimos por nuestras necesidades, nuestras necesidades, las cosas que queremos, pero esto es conveniente o no, pero Pablo dice, nosotros no sabemos ni siquiera que´ sea conveniente pedir. 

Cuando rezamos debemos ser humildes, esta es la primera actitud para ir a rezar. Al igual que existe la costumbre en muchos lugares de que para ir a la iglesia a rezar, las mujeres se ponen el velo o toman agua bendita para empezar a rezar, así debemos decirnos antes de la oración, que sea lo más conveniente, que Dios me de lo que más conviene, Él sabe. 

Cuando rezamos debemos ser humildes, para que nuestras palabras sean efectivamente oraciones y no un vaniloquio que Dios rechaza. Se puede tambie´n rezar por motivos equivocados: por ejemplo, derrotar el enemigo en guerra, sin preguntarnos que´ piensa Dios de esa guerra. Es fa´cil escribir en un estandarte “Dios esta´ con nosotros”; muchos esta´n ansiosos por asegurar que Dios esta´ con ellos, pero pocos se preocupan por verificar si ellos esta´n efectivamente con Dios. En la oracio´n, es Dios quien nos debe convertir, no somos nosotros los que debemos convertir a Dios.

La humildad. Yo voy a rezar, pero tú Señor convierte mi corazón para que yo pida lo que es más conveniente, pida lo que será mejor para mi salud espiritual.

Sin embargo, un esca´ndalo permanece: cuando los hombres rezan con corazo´n sincero, cuando piden bienes que corresponden al Reino de Dios, cuando una madre reza por el hijo enfermo, ¿por que´ a veces parece que Dios no escucha?

Para responder a esta pregunta, es necesario meditar con calma los Evangelios.

Los pasajes de la vida de Jesu´s esta´n llenos de oraciones: muchas personas heridas en el cuerpo y en el espi´ritu le piden ser sanadas; esta´ quien le pide por un amigo que ya no camina; hay padres y madres que le llevan hijos e hijas enfermos... Todas son oraciones impregnadas de sufrimiento. Es un coro inmenso que invoca: “¡Ten piedad de nosotros!”.

Vemos que a veces la respuesta de Jesu´s es inmediata, sin embargo, en otros casos esta se difiere en el tiempo, parece que Dios no responde.

Pensemos en la mujer cananea que suplica a Jesu´s por la hija: esta mujer debe insistir mucho tiempo para ser escuchada (cfr Mt 15,21-28). También tiene la humildad de escuchar una palabra de Jesús que parece un poco ofensiva de Jesús: ‘no hay que echar el pan a los perros, a los perritos’. Pero a esta mujer no le importa la humillación: la salud de su hija importa. Y continúa: ‘Sí, hasta los perritos comen lo que se cae de la mesa’, y esto le gustó a Jesús. Valentía en la oración.

O pensemos tambie´n en el parali´tico llevado por sus cuatro amigos: inicialmente Jesu´s perdona sus pecados y tan solo en un segundo momento lo sana en el cuerpo (cfr Mc 2,1-12). Por tanto, en alguna ocasio´n la solucio´n del drama no es inmediata.

También en nuestra vida, cada uno de nosotros tenemos experiencia de esto. Hagamos un poco de memoria: cuántas veces hemos pedido una gracia, un milagro, llamémoslo así, y no sucedió nada, después, con el tiempo las cosas se arreglaron, pero según el modo de Dios, el modo divino, no según lo que queríamos en ese momento. El tiempo es de Dios no es nuestro tiempo.

Desde este punto de vista, merece atencio´n sobre todo la sanacio´n de la hija de Jairo (cfr Mc 5,21- 33). Hay un padre que corre sin aliento: su hija esta´ mal y por este motivo pide la ayuda de Jesu´s. El Maestro acepta enseguida, pero mientras van hacia la casa tiene lugar otra sanacio´n, y despue´s llega la noticia de que la nin~a esta´ muerta. Parece el final, pero Jesu´s dice al padre: «No temas; solamente ten fe» (Mc 5,36). “Sigue teniendo fe”: la fe sostiene la oracio´n. Y, de hecho, Jesu´s despertara´ a esa nin~a del suen~o de la muerte. Pero por un cierto tiempo, Jairo ha tenido que caminar a oscuras, con la u´nica llama de la fe.

Señor danos la fe, que mi fe crezca. Pedir esta gracia, tener fe, Jesús dice en el Evangelio dice que la fe mueve montañas. Tener fe en serio, Jesús ante la fe de sus pobres, de sus humildes, cae vencido, siente una ternura especial delante a esa fe y escucha.

Tambie´n la oracio´n que Jesu´s dirige al Padre en el Getsemani´ parece permanecer sin ser escuchada. “Padre, si es posible aleja de mí esto que me espera”. Parece que el Padre no lo escuchó. El Hijo tendra´ que beber hasta el fondo el ca´liz de la Pasio´n. Pero el Sa´bado Santo no es el capi´tulo final, porque al tercer di´a, el Domingo, esta´ la Resurreccio´n: el mal es sen~or del penu´ltimo di´a.

Recuerden bien esto, el mal nunca es un señor del u´ltimo día, no, del penúltimo. El momento en que es más obscura la noche es antes del amanecer. Allí en el penúltimo día, está la tentación que el mal nos hace creer que el mal ha vencido: “¿has visto? Vencí yo”. El mal es señor del penúltimo día, el último día está la Resurrección. Pero el mal nunca es un señor del u´ltimo día, Dios es el señor del último día.  Porque ese pertenece solo a Dios, y es el di´a en el que se cumplira´n todos los anhelos humanos de salvacio´n.

Aprendamos de esta paciencia, humilde, de esperar la gracia del Señor, esperar el último día, y muchas veces el penúltimo es muy feo, porque los sufrimientos humanos son feos, pero el Señor está, el último, Él resuelve todo. Gracias.