El Papa Francisco dedicó su catequesis a “las dificultades de la oración” en la Audiencia General de este miércoles 19 de mayo que se llevó a cabo en el patio de San Dámaso del Vaticano con la presencia de fieles. (Foto captura de pantalla Medios del Vaticano)
El Papa Francisco dedicó su catequesis a “las dificultades de la oración” en la Audiencia General de este miércoles 19 de mayo que se llevó a cabo en el patio de San Dámaso del Vaticano con la presencia de fieles. (Foto captura de pantalla Medios del Vaticano)

El Papa Francisco dedicó su catequesis a “las dificultades de la oración” en la Audiencia General de este miércoles 19 de mayo que se llevó a cabo en el patio de San Dámaso del Vaticano con la presencia de fieles.

“¿Qué hacer entonces en esta sucesión de entusiasmos y abatimientos? Se debe aprender a caminar siempre. El verdadero progreso de la vida espiritual no consiste en multiplicar los éxtasis, sino en ser capaces de perseverar en los tiempos difíciles: camina, camina, camina, si estás cansado detente un poco y luego vuelve a caminar, con perseverancia”, señaló el Santo Padre.

A continuación, el texto completo de la catequesis pronunciada por el Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Siguiendo las líneas del Catecismo, en esta catequesis nos referimos a la experiencia vivida de la oración, tratando de mostrar algunas dificultades muy comunes, que deben ser identificadas y superadas.

Rezar no es fácil. Hay tantas dificultades que vienen a la oración. Es necesario conocerlas, identificarlas y superarlas.

La distracción y la vigilancia en la oración

El primer problema que se presenta a quien reza es la distracción (cfr CIC, 2729). Tú empiezas a rezar y después la mente gira y gira por todo el mundo, tu corazón está allí, la mente allí, la distracción de la oración.

La oración convive a menudo con la distracción. De hecho, a la mente humana le cuesta detenerse durante mucho tiempo en un solo pensamiento.

Todos experimentamos este continuo remolino de imágenes y de ilusiones en perenne movimiento, que nos acompaña incluso durante el sueño. Y todos sabemos que no es bueno dar seguimiento a esta inclinación desordenada.

La lucha por conquistar y mantener la concentración no se refiere solo a la oración. Si no se alcanza un grado de concentración suficiente no se puede estudiar con provecho y tampoco se puede trabajar bien.

Los atletas saben que las competiciones no se ganan solo con el entrenamiento físico sino también con la disciplina mental: sobre todo con la capacidad de estar concentrados y de mantener despierta la atención.

Las distracciones no tienen la culpa, pero hay que combatirlas.

En el patrimonio de nuestra fe hay una virtud que a menudo se olvida, pero que esta´ muy presente en el Evangelio. Se llama “vigilancia”. Y Jesús lo dice mucho: vigilen, recen.

El Catecismo la cita explícitamente en su instrucción sobre la oración (cfr n. 2730).

A menudo Jesús recuerda a los discípulos el deber de una vida sobria, guiada por el pensamiento de que antes o después El volverá, como un novio de la boda o un amo de un viaje.

Pero no conociendo el día y ni la hora de su regreso, todos los minutos de nuestra vida son preciosos y no se deben perder con distracciones.

En un instante que no conocemos resonara´ la voz de nuestro Sen~or: en ese día, bienaventurados los siervos que El encuentre laboriosos, aún concentrados en lo que realmente importa.

No se han dispersado siguiendo todas las atracciones que les venían a la mente, sino que han tratado de caminar por el camino correcto, haciendo bien su trabajo.

Esta es la distracción, la imaginación gira, gira y gira. Santa Teresa llamaba a esta imaginación que gira y gira en la oración, la “locura de la casa” es como una locura que te hace girar y girar, es necesario detenerla y controlarla con atención.

La aridez espiritual

Un discurso diferente merece el tiempo de la aridez. El Catecismo lo describe de esta manera: «El corazón esta´ desprendido, cuando hay aridez, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales.

Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro» (n. 2731).

La aridez nos hace pensar en el Viernes Santo, en la noche, el Sábado Santo, Jesús no está, está en la tumba, está muerto, estamos solos, este es el pensamiento principal de la aridez.

A menudo no sabemos cuáles son las razones de la aridez: puede depender de nosotros mismos, pero también de Dios, que permite ciertas situaciones de la vida exterior o interior. O, a veces, puede ser un dolor de cabeza, de hígado, que te impide entrar en la oración. A menudo no sabemos la razón.

Los maestros espirituales describen la experiencia de la fe como un continuo alternarse de tiempos de consolación y de desolación; momentos en los que todo es fácil, mientras que otros están marcados por una gran pesadez.

Muchas veces, cuando encontramos un amigo, decimos: “¿Cómo estás?” Hoy estoy “de bajón”.

Muchas veces estamos “decaídos”, es decir, no tenemos sentimientos, no tenemos consuelo, no podemos afrontarlo.

Son esos días grises... y ¡hay tantos en la vida! Pero el peligro es tener un corazón gris: cuando este “estar de bajón” llega al corazón y lo enferma... Y hay gente que vive con el corazón gris.

Esto es terrible: ¡no puedes rezar, no puedes sentir consuelo con un corazón gris!, o no se puede avanzar en una sequedad espiritual con un corazón gris.

El corazón debe estar abierto y luminoso, para que entre la luz del Señor. Y si no entra, hay que esperarlo con esperanza. Pero no cerrarlo en el gris.

La acedía y la humilde perseverancia

Diferente también es la acedía, otro defecto, otro vicio, que es una auténtica tentación contra la oración y, más en general, contra la vida cristiana.

La acedía es «una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón» (CIC, 2733). Es uno de los siete “pecados capitales” porque, alimentado por la presunción, puede conducir a la muerte del alma.

Entonces, ¿que´ hacer entonces en esta sucesión de entusiasmos y abatimientos? Se debe aprender a caminar siempre.

El verdadero progreso de la vida espiritual no consiste en multiplicar los éxtasis, sino en ser capaces de perseverar en los tiempos difíciles. Camina, camina, camina, si estás cansado detente un poco y luego vuelve a caminar, con perseverancia.

Recordamos la parábola de San Francisco sobre la perfecta alegría: no es en las infinitas fortunas llovidas del Cielo donde se mide la habilidad de un fraile, sino en caminar con constancia, incluso cuando no se es reconocido, incluso cuando se es maltratado, incluso cuando todo ha perdido el sabor de los comienzos.

Todos los santos han pasado por este “valle oscuro” y no nos escandalicemos si, leyendo sus diarios, escuchamos el relato de noches de oración apática, vivida sin gusto. Es necesario aprender a decir: “También si Tú, Dios mío, parece que haces de todo para que yo deje de creer en Ti, yo sin embargo sigo rezándote”.

¡Los creyentes no apagan nunca la oración! Esta a veces puede parecerse a la de Job, el cual no acepta que Dios lo trate injustamente, protesta y lo llama a juicio.

Pero muchas veces protestar ante Dios es un modo de rezar. O como decía esa anciana “enojarse con Dios es un modo de oración” porque muchas veces el hijo se enoja con su papá, es un modo de relacionarse con su papá, lo reconoce padre, se enoja.

Y también nosotros, que somos mucho menos santos y pacientes que Job, sabemos que finalmente, al concluir este tiempo de desolación, en el que hemos elevado al Cielo gritos mudos y muchos “¿por qué?”, Dios nos responderá.

No olviden la oración del por qué, la oración que hacen los niños cuando comienzan a no entender las cosas, los psicólogos lo llaman la edad del por qué, porque el niño pregunta al papá, papá por qué, papá por qué, papá por qué, pero estemos atentos el niño no escucha la respuesta del papá, el papá comienza a responder y viene con otro por qué, solamente quiere atraer la mirada del papá, y cuando nosotros nos enojamos con Dios y comenzamos a decir por qué, estamos atrayendo el corazón del padre sobre nuestra miseria, sobre nuestra dificultad, sobre nuestra vida.

Tengan valentía para decir al padre por qué, hay veces que enojarse un poco hace bien, porque despierta esta relación de hijo a padre, de hija a padre, que nosotros debemos tener con Dios.

Y también nuestras expresiones más duras y más amargas, El las recogerá con el amor de un padre, y las considerara´ como un acto de fe, como una oración. Gracias.