Archivo Personal 
 Patricia Toquica (Izquierda) en compañía de su amiga Mayteé Zachrisson Véliz.
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Patricia Toquica (Izquierda) en compañía de su amiga Mayteé Zachrisson Véliz.

PANAMÁ.-La primera vez que tuve contacto con una Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) fue en Toronto en 2002, yo era una inmigrante recién llegada de Colombia a Canadá, y me maravilló ver la ciudad invadida por jóvenes de todas las nacionalidades ondeando sus banderas por las calles, cantando en el metro e impregnando todo de una energía increíble. Era muy emocionante y me encogía el corazón ver la entrega y entusiasmo de estos chicos y chicas hacia algo de naturaleza espiritual.

No pensé en ese entonces, que 17 años después iba a tener el inmenso regalo de vivir una JMJ en la ciudad en donde también como inmigrante me encontraba viviendo: Ciudad de Panamá. Y habiendo visto como espectadora lo de Toronto, estar vez decidí subirme por completo a la ola de esta marea de jóvenes peregrinos y vivir todas las actividades que pude como una peregrina más.

Esta experiencia me hizo reflexionar mucho sobre el qué es ser peregrino. Y para mi ser peregrino significa dejarse guiar por la fe. Fe en el Ser superior que permea el Universo y que también habita dentro de nosotros mismos; Fe en que, tal como el inmigrante, el peregrino avanza sin saber con claridad hacia donde, pero con la certeza de que Dios le guía hacía caminos y experiencias inesperadas de crecimiento, evolución y unión.

Recordé mi experiencia de inmigrante ya en tres países y desde hace casi 20 años y pude sentir en los jóvenes que esa misma fe ciega y esperanza que guían al peregrino es la que impulsa y sostiene al inmigrante en su viaje.

Mi corazón se vuelve a llenar de emoción, humildad y agradecimiento al recordar todo lo vivido en esa semana en Panamá, que marcará huellas en un país multicultural, crisol de razas, credos y culturas, pero que por esos cinco días de enero de 2019 fue uno solo con el peregrino.

Y es que Panamá ha sido forjado históricamente como un país/casa de inmigrantes: aquí han llegado pueblos indígenas, españoles, franceses, colombianos, chinos, afroantillanos, indios, españoles, griegos, libaneses, venezolanos y nicaragüenses entre otros, en busca de oportunidades, de una vida digna y de huir del hambre y la violencia.

Como los inmigrantes, los peregrinos en su corto paso por Panamá durante la JMJ vinieron a dar más que a recibir, vinieron a trabajar y a aportar para construir un país mejor y a dar ejemplo. Fueron capaces de limpiar playas que acumulaban décadas de basura y dejarlas prístinas, visitaron hogares de enfermos, sirvieron a niños y ancianos, nos enseñaron a reciclar, a ser ordenados, a respetar las filas y a servir con esperanza y alegría.

Gracias a la visita de los más de 70.000 jóvenes que cruzaron fronteras panameñas para ver al Papa Francisco y participar de la JMJ, quienes aquí residimos tuvimos la oportunidad de experimentar la ciudad de una manera completamente distinta: en total integración y comunión.

Los tradicionales “tranques” (traducción local del bumper-to-bumper) de la Cinta Costera y el Corredor Sur se transformaron en literales corredores humanos, las parroquias e iglesias se llenaron de vida dando alimento e hidratación a los jóvenes.

Los hogares se abrieron para recibir viajeros que aún sin hablar el mismo idioma, se fusionaron con la cultura y disfrutaron del tradicional patacón y sancocho panameño. Vimos a las sinagogas y mezquitas abrir sus puertas para acoger a los peregrinos y a desconocidos darse la mano para cruzar un puente, dar indicaciones, orientar a los perdidos y hasta devolver billeteras y documentos extraviados.

Panamá mostró su aspecto jovial y la grandeza de su historia, para acoger diversas culturas y hacer algo grande como su Canal que une al mundo.

Si bien, muchos tenían dudas sobre la capacidad del país para manejar un evento que prometía reunir a cientos de miles de personas, el país se sorprendió por su propia capacidad de convocar y gestionar.

Más de 4000 voluntarios dejaron sus labores para ofrecer su mano de infinitas maneras, la infraestructura y los sistemas de transporte como el metro lucieron por su organización y el espíritu fue tan grande que las alabanzas superaron exponencialmente cualquier queja.

En mi experiencia personal, nunca me imaginé sumergida en este mar de caminantes, andando unidos por las autopistas más de 20 km a 30 grados bajo el sol para reunirnos junto al Papa. Menos me imaginé pasando la noche en Vigilia, durmiendo en el piso junto a 700.000 personas, cantando, compartiendo alimento y conociendo las caras y sobre todo los corazones, de desconocidos que después de esta semana se convirtieron en hermanos.

Tras haber vivido esta conmovedora Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Francisco, no puedo dejar de hacer el paralelo entre la experiencia de ser peregrino y la de ser inmigrante, ambas son un acto de fe, requieren valentía, desprendimiento, servicio y humildad.

Gracias peregrinos, porque nos permitieron ver lo más alto de la naturaleza humana y recordarnos la experiencia de tantos inmigrantes en el mundo, que dejan sus hogares y países caminando con alegría, tesón y esperanza hacia esa anhelada tierra prometida.




*Patricia Toquica es Consultora de Comunicación vinculada a agencias humanitarias y de desarrollo en Panamá. Periodista colombiana. Trabajó como redactora en el periódico El Espectador en Bogotá, Colombia.