Foto Servicio Católico de Noticias
Los inmigrantes se han unido en sus comunidades para pedir por la reunión de las familias ante la llegada de cientos de niños solos que cruzan la frontera.
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Los inmigrantes se han unido en sus comunidades para pedir por la reunión de las familias ante la llegada de cientos de niños solos que cruzan la frontera.

Nadie se ha puesto a pensar, por el momento, de dónde ha surgido la interpretación de que los menores de países vecinos a los Estados Unidos, con el simple hecho de cruzar la frontera, tienen derecho a quedarse en tierras norteamericanas.

Esa sensación se ha transmitido boca a boca, en los países centroamericanos, cuya pobreza extrema y la violencia de las mismas naciones, inducen a abandonar la tierra que los vio nacer en busca de sus familiares que, de manera indocumentada, se encuentran en los Estados Unidos.

La triste realidad es precisamente esa. Si en su país de origen no encuentran maneras de vivir, si la violencia, la falta de oportunidades en el estudio y en el trabajo, los mayores que se han quedado protegiendo a esos menores, no tienen otra alternativa que enviarlos en busca de sus padres o familiares más cercanos, exponiéndolos a tantos peligros como bien lo saben, a cruzar caminos inhóspitos, en medio de la incertidumbre, y corriendo todos los riesgos.

¿Por qué lo hacen? Sencillamente porque los padres de esos menores no los pueden solicitar como parte de la familia, porque si bien ellos están en los Estados Unidos, carecen de un estatus legal que les permita hacer las solicitudes formales para que, con todos los requisitos, puedan venir a estar con ellos, en esta tierra “llena de oportunidades’’, que ya no son tantas.

Esos menores procedentes, la mayoría de países como Guatemala, El Salvador y Honduras, que son naciones con problemas en donde no se puede tapar el sol con las manos, carecen de los principales elementos para un ser humano, como servicios básicos en sus lugares de residencia, empleos formales que permitan vivir dentro de los cánones de un empleo digno, escuelas y colegios suficientes en los sectores en donde habitan, calles y vías de penetración, no tienen más esperanzas que venir a buscar a sus padres que viven en la sombra, en los Estados Unidos.

No se trata de que los inmigrantes menores de edad se estén amparando en una campaña por medio de la cual se dice que ellos, al llegar a la frontera, pase lo que pase, van a ser recibidos con los brazos abiertos. No. Lo que ellos intentan es protegerse humanamente hablando de los problemas que los agobian en los países de donde son oriundos, y pensando que en Estados Unidos, en donde están “viviendo sus padres’’, los riesgos poco importan en la búsqueda de sentirse acogidos en el seno de la familia.

La campaña no es detener a esos menores que se están convirtiendo en una crisis humanitaria de proporciones gigantescas. La tarea es encontrarle una solución a más de 11 millones de indocumentados que están en esta nación, para regularizar la presencia de esos menores.

Esos menores no vienen a cruzar la frontera en busca de conocer al Pato Donald y a Mimi, como tampoco admirar la espesa barba blanca del Tío Sam. Vienen para reencontrarse con sus padres a quienes, la mayoría de ellos, hace 8, 10 o 12 años que no los tienen sentados en su regazo.

El paso por tierras mexicanas es tan escabroso como peligroso, acechado por toda clase de vejámenes, incluyendo el narcotráfico, la prostitución, la violación, especialmente de las jóvenes que se exponen a hacer esa travesía.

Peligro que no excluye la pérdida de seres, cuando el ya conocido tránsito de los trenes de carga, bautizados como “la bestia’’, que bordean la frontera con los Estados Unidos, ha dejado a muchos muertos y heridos, porque son utilizados de manera riesgosa, pues no tienen puestos dentro de los vagones, sino que se van sentados encima del techo, agarrados de los estribos y hasta en las partes de conexión entre vagón y vagón.

La crisis es real. La crisis es humanitaria. La crisis no se puede ocultar. Pero las soluciones no son pensadas desde el punto de vista socioeconómico que padecen esos menores y sus familiares en sus naciones nativas, sino desde el punto de vista de la inmigración ilegal,

Algo, que como bien señalábamos anteriormente, ya tuviese solución si se hubiese aprobado el plan gubernamental de inmigración injustamente convertido en botín político en el Congreso, para esos millones de indocumentados que están en los Estados Unidos.

Personas que están trabajando, fortaleciendo la economía del país, laborando en tareas muy poco perseguidas por los propios norteamericanos, y dando ejemplo de superación a propios y extraños, en tierras en donde se mueve la primera economía del mundo. Los niños están en medio de esa realidad y no la pueden evitar.