“Pude ver las llamas gigantes como un monstruo devorar todo en segundos. El granero, los arboles, las casas en tráileres de los vecinos, todo desapareció en segundos”, contó Jairo Gómez a El Centinela, sobre el incendio que redujo a cenizas su vivienda. (Ed Langlois/Catholic Sentinel).
“Pude ver las llamas gigantes como un monstruo devorar todo en segundos. El granero, los arboles, las casas en tráileres de los vecinos, todo desapareció en segundos”, contó Jairo Gómez a El Centinela, sobre el incendio que redujo a cenizas su vivienda. (Ed Langlois/Catholic Sentinel).

Jairo Gómez, feligrés de la parroquia del Sagrado Corazón en Medford, escuchó en las noticias que el incendio venía en Ashland, como a ocho millas de su vivienda en Phoenix, al sur de Oregon. “Yo seguía las noticias en mi teléfono y esperaba que nos dieran la alerta de evacuación”, dijo.

Ese martes era su día de descanso y él abrigaba la esperanza de reparar su Isuzu 2001 y asegurarse de tener un medio de transporte confiable que le permitiera ir y volver al trabajo cada día.

La alerta de evacuación nunca llegó y a medida que transcurría el día, las llamaradas avanzaban y el denso humo envolvía el ambiente. Al mismo tiempo, las llamadas de familiares alertando a su esposa de abandonar la vivienda, se hacían más insistentes.

“Salí al frente de mi casa y vi las nubes de humo y la autopista 99 repleta de vehículos”, dice Elva.

Ante la angustia de su esposa, Jairo pidió a los niños agarrar una cobija para abrigarse y la maleta de la escuela.

Elva, buscó los papeles más importantes, tomó de la mano a su anciano padre y a sus tres pequeños hijos y salió de la casa.

“Voy a seguir trabajando en el carro”, insistió Jairo a su esposa restando importancia al incendio, mientras Elva, rumbo a Medford, intentaba calmar a los niños que lloraban angustiados por dejar a su padre.

“Mi meta de ese día era cambiar los empaques del motor”, dijo Jairo.

“Eran casi las cuatro y media de la tarde y las ráfagas de viento me habían cerrado el capó dos veces impidiéndome el trabajo”, añadió. 

“En ese momento cerré el capó y es cuando veo ese monstruo allá detrás de la casa. ¡grandísimo! una cosa negra y empecé a caminar hacia mi casa”, contó Jairo.

“Había estado trabajando bajo un árbol para aprovechar la sombra y no me había dado cuenta de toda la ceniza cayendo”, comentó.

“Las llamas están en tu patio”, le gritó un vecino.

Como pudo, Jairo corrió y empujó su Isuzu hasta donde sus fuerzas le alcanzaron.

“Pude ver las llamas gigantes como un monstruo devorar todo en segundos. El granero, los arboles, las casas en tráileres de los vecinos, todo desapareció en segundos”.

Jairo y Elva hacen parte de una extensa comunidad hispana residente en Phoenix y Talent, donde sus hermanos, tíos y primos también fueron afectados por el incendio Almeda.

Cerca de otras 1.000 familias hispanas perdieron sus viviendas en el voraz incendio el 8 de septiembre. Muchas de las familias vivían en casas prefabricadas, apartamentos y tráileres, según los reportes de familias entrevistadas por el Centinela.

“El me llamó llorando, la ‘traila’ ya se quemó, me dijo”, cuenta Elva, sin poder contener el llanto al recordar la tragedia que redujo a cenizas la vivienda en la que vivió durante diecisiete años.

Jairo milagrosamente pudo escapar de las llamas y horas más tarde se reunió con su familia, su hermana y un amigo.

En cuatro vehículos condujeron hacia Grants Pass intentando encontrar un lugar donde pasar la noche. Al no encontrar hotel, pasaron la noche en los vehículos en el estacionamiento de un hotel cercano al restaurante Black Bear.

“Esto es una tragedia terrible lo que estamos viviendo”, se lamenta Elva.

“Hace tres semanas enterramos a mi madre”, agregó, mientras las lágrimas inundan sus mejillas.

“Mi papá ama el campo y el cultivo y me sentía bendecida de brindarle un espacio donde él había creado su propia huerta con sembrados de maíz, frutas y verduras”, agregó.

Jairo regresó el jueves siguiente a los escombros de su vivienda y su alegría fue extraordinaria al encontrar vivas nueve gallinas y un gallo; mascotas de sus hijos y en buen estado su Isuzu”.

“Fue una verdadera bendición. Rescaté mis animales y encontré un lugar seguro para ellos”, dijo.

En medio de la tragedia y aunque Jairo y Elva no tenían asegurada su vivienda, se sienten agradecidos por estar bien todos, por la casa rodante que un primo les ofreció para vivir temporalmente en Medford y dan gracias a Dios por la bondad, solidaridad y compasión recibida de tantas personas, la iglesia y muchas organizaciones.

patriciam@ocp.org