Hacer el altar, orar y traer al presente los recuerdos es motivo de alegría para Javier Mariela, especialmente cuando su altar fue seleccionado como el segundo mejor del concurso. (Cortesía Mariela Mejía).
Hacer el altar, orar y traer al presente los recuerdos es motivo de alegría para Javier Mariela, especialmente cuando su altar fue seleccionado como el segundo mejor del concurso. (Cortesía Mariela Mejía).
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“En nuestra condición de inmigrantes, no tenemos la posibilidad de ir al cementerio para visitar a nuestros seres queridos, entonces la construcción del altar adquiere un significado más profundo”

" Rev. Sr. Benjamín Tapia, pastor, Iglesia San Antonio de Padua, en Forest Grove

El intenso y fragante olor de guayabas y mandarinas aún despierta en Mariela emociones y sentimientos que la transportan a su infancia en Las Cañas, en el estado mexicano de Michoacán, cuando celebraba con su abuela María la ofrenda en el Día de los Muertos, dijo a El Centinela.

Lejos de su tierra natal, la celebración del Día de los Muertos es aún más relevante para las familias de Mariela, Rosalinda y Marta, feligresas de la iglesia San Antonio de Padua en Forest Grove, tres finalistas en el tradicional concurso que la parroquia celebra cada año para honrar a los Fieles Difuntos.

“Era un día muy especial”, coincidieron en afirmar. Durante la pandemia, muchas familias están de luto y con el dolor de no haber podido asistir a velorios ni realizar honras fúnebres, menos despedir ni enterrar a sus familiares.

Debido a las restricciones impuestas por la pandemia del coronavirus, este año el concurso se llevó a cabo de manera virtual y los participantes enviaron fotografías al correo electrónico de la parroquia.

“Es una oportunidad de unión, oración y recordación de nuestros seres queridos”, dijo el padre Benjamin Tapia, pastor de la iglesia.

“En nuestra condición de inmigrantes, no tenemos la posibilidad de ir al cementerio para visitar a nuestros seres queridos, entonces la construcción del altar adquiere un significado más profundo”, manifestó el religioso.

“En mi corazón, tengo guardado un recuerdo muy especial; siendo aún niño en México, mi abuela me llevaba al cementerio y caminábamos visitando cada una de las tumbas de nuestros familiares, les poníamos flores, velas y rezábamos y ella me contaba cuán especial era ese familiar fallecido”, contó el padre Tapia.

“Construir el altar brinda una oportunidad para explicar a los niños la tradición cultural y religiosa al recordar y celebrar la vida de las personas que aún viven en nuestros corazones. El Altar también se convierte en material didáctico en casa para enseñar una tradición muy arraigada en nuestra cultura”, afirmó el presbítero.

Al preparar el altar para los difuntos, “me alegré mucho ir a comprar los artículos favoritos y todas las cosas que yo quería poner en la ofrenda”, dijo Mariela. Sin embargo, “cuando empezamos la celebración de la misa en línea y al momento de prender las velas y quemar el incienso, sentí mucha nostalgia y lloré”, confesó. “Creo que la pandemia nos ha puesto más sensibles”, agregó.

“El altar de mi abuela era diferente, hoy en día hay mucha cosa”, dijo Mariela. “Mi abuela vivía en un ranchito y cada primero y dos de noviembre ella ponía la ofrenda en honor a mi abuelo y otros familiares fallecidos”, recordó Mariela.

“En Las Cañas, ella nos llevaba al panteón a visitar las tumbas. Mis hermanas y yo llevábamos flores y nos pedía limpiar y poner flores en las tumbas abandonadas”, narró Mejía. Era divertido para nosotras recorrer el cementerio”, añadió.

Hacer el altar, orar y traer al presente los recuerdos es un motivo de alegría para Javier Mariela, especialmente cuando su altar fue seleccionado como el segundo mejor del concurso. Nos alegra vivir y compartir esta celebración con nuestros hijos José y Aarón”, dijo Mariela.

El altar de José González y Rosalinda ocupó el primer lugar en el concurso de altares. Rosalinda contó que las calaveritas de azúcar es lo que más le recuerda sus días de infancia junto a su madre y hermanos, en la celebración de esta festividad.

“En San Andrés Mimiahuapan Molcaxac, Puebla, mi mamá siempre hacía la ofrenda en honor a mi padre e íbamos a la misa al cementerio para rezar por los difuntos, visitar las tumbas y llevarles flores y velas”, dijo Rosalinda.

“Crecí con esa tradición. De mi abuela aprendí la fe católica que practico y esa es la herencia que le dejaré a mis hijos”, agregó.

Mi abuela rezaba mucho y nos llevaba a la iglesia. De niña, además de las conversaciones, mi parte favorita era que se llegara el momento en que podíamos comer la fruta fresca y el pan de la ofrenda. “Siempre hay que visitar y orar por las almas del purgatorio”, nos repetía.

En muchos países hispanos la tradición católica del Día de todos los Santos y los Fieles Difuntos se funde con las tradiciones prehispánicas o indígenas. La celebración del Día de Muertos que tiene lugar en México fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

“El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios”, recordó el Papa Francisco.

patriciam@ocp.org