Una fotografía de una parte de lo que era el jardín de María Helena. “¡Duele mucho todo esto! ¡Es difícil recordar cada día de trabajo en mi jardín! ¡Eran mi alegría, mi ilusión, mi devoción personal! Era ver en mis flores la grandeza del Señor, con tantos colores y olores”, dijo María Helena. (Cortesía Sonia Méndez)
Una fotografía de una parte de lo que era el jardín de María Helena. “¡Duele mucho todo esto! ¡Es difícil recordar cada día de trabajo en mi jardín! ¡Eran mi alegría, mi ilusión, mi devoción personal! Era ver en mis flores la grandeza del Señor, con tantos colores y olores”, dijo María Helena. (Cortesía Sonia Méndez)

María Helena Mejía fue construyendo el alma de su hogar en Talent, al sur de Oregon, con el paso del tiempo. Poco a poco, su vivienda se convirtió en su refugio y santuario donde afianzó el amor por su familia y su cultura.

El cultivo de arboles frutales, chiles, jitomates y tomatillos infaltables en su huerto de verduras y hortalizas, el jardín con rosales y plantas con sus flores favoritas es ahora un tesoro de recuerdos que se esfumó entre las llamas.

El 4 de septiembre María Helena viajó de emergencia a su natal México ante la inminente muerte de su padre. En compañía de Sonia, su hija, alcanzaron a llegar a Zacatecas para darle el último adiós.

Cuatro días más tarde, el incendio Almeda se originó en Ashland, al sur de Oregon, bajo circunstancias que aún investigan las autoridades.

Una inusual zona de presión atmosférica creó vientos cálidos con ráfagas fuertes, alimentando la velocidad de las llamas que se desplazaron rápidamente a orillas de la avenida interestatal I-5 en dirección hacia Talent, Phoenix y Medford, dejando a su paso tres personas muertas y un camino de destrucción con miles de viviendas calcinadas, negocios arrasados y miles de personas desplazadas, según informes de las autoridades locales.

Ese martes, Manuel Mejía, su esposo, salió temprano a cumplir con su jornada de trabajo en Naumes, uno de los mayores productores de peras en el Valle de Rogue y los Estados Unidos.

El Valle de Rogue es una región caracterizada por un clima templado en Oregon, el cual permite una variedad de cultivos de arboles frutales, de nueces, hierbas y especies aromáticas, entre otros.

“Debido al humo en el ambiente ese día no piscamos”, dijo Manuel.

“Estábamos haciendo un producto nuevo y el mayordomo nos pidió cortar la uva negra”, agregó. “Y estábamos haciendo eso cuando recibí llamadas de dos de mis hermanos. Ellos vivían frente a mi casa".

Por el aire contaminado, ellos no habían ido a trabajar”, dijo. “Ya nos evacuaron”, me dijeron ellos.

¡Híjole!, dije “me voy ahorita”, y “comuniqué al mayordomo que necesitaba irme”.

“Pero ya no había tiempo de volver a mi casa”, suspiró Manuel. “Íbamos a vuelta de rueda”, explicó para indicar que el tráfico era muy lento por la congestión vehicular de ese momento.

“Cuando estaba en camino mis nietos me llamaron para decirme que me dirigiera a casa de la abuela Salud, en Medford”, contó.

“Así que mi casa, mi camioneta guardada en el garaje, todo se quemó”, suspiró Manuel

Manuel y María Helena Mejía hacen parte de una extensa comunidad hispana residente en Phoenix y Talent, donde hermanos, hijos y otros familiares también fueron afectados por el incendio Almeda.

Cifras no oficiales indican que cerca de otras 2.000 familias hispanas perdieron sus viviendas en el voraz incendio el 8 de septiembre. Muchas de las familias vivían en casas prefabricadas, apartamentos y tráileres, según los reportes de familias entrevistadas por el Centinela.

“Estaba tan orgullosa de mi casa”, expresó María Helena. “Siempre le dije a mis amigas que ese era ‘mi paraíso del edén’, por dentro y por fuera”, dijo.

“Fueron treinta años de mi vida, de trabajo, de luchar por lo que se quiere”, expresó, entre lágrimas y con la voz entrecortada.

“Lo que más me duele es haber perdido mi altar”, agregó. “Tuve la dicha de ir a Tierra Santa y en cada lugar que visité, obtenía piedritas y las marqué con el nombre del lugar”, continuó.

“Esas piedras decoraban mi altar. Tenía ramitas de olivo, tierra de Jerusalén, agua del río Jordán, del mar de Galilea, mi Biblia de Jerusalén, mis rosarios, agua bendita, todo ordenado para mí y mi oración”, añadió.

“Mi casa era un lugar al que entregué mi tiempo, cuidado, amor y dedicación”, agregó con un dejo de tristeza.

¡Vivimos la angustia del incendio en la distancia!, dijo.

“En México, estando en el novenario de papá, le pedí a mi comunidad orar conmigo por la protección de mi casa”, contó Helena.

“Oramos la novena a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y con la oración recibí una paz interior inmensa. Comprendí su respuesta. Que no podía recuperar nada, pero la paz que Dios me dio es más grande que todas las cosas”, dijo.

“¡Duele mucho todo esto! ¡Es difícil recordar cada día de trabajo en mi jardín! ¡Eran mi alegría, mi ilusión, mi devoción personal! Era ver en mis flores la grandeza del Señor, con tantos colores y olores”, expresó.

“Son dos pérdidas muy grandes en este momento; mi padre y mi casa”, manifestó.

“Todo lo he puesto en manos de Dios y El sabrá”, dijo resignada Helena.

“Si me concede nuevamente la bendición de una casa, lo dejo a la voluntad de El y que la luz del Espíritu Santo nos guíe”, afirmó.

“Por ahora, no he sido capaz de volver al lugar donde fue mi casa”, dijo. “Sé que Dios me ama y me está dando la fortaleza, un día a la vez”, concluyó.



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