El Papa Francisco renovó su llamado a la acogida de refugiados y migrantes que huyen de las guerras y de la pobreza, y recordó que muchos de los países que se niegan a la acogida, son precisamente, los que fabrican las armas que luego se emplean en los conflictos que empujan a poblaciones enteras al éxodo.

“Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan”.

El Papa Francisco hizo esta denuncia en su homilía de la Misa que, con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, presidió este domingo 29 de septiembre en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

En su enseñanza, el Santo Padre recordó que en esta Jornada “debemos prestar especial atención a los forasteros, como también a las viudas, a los huérfanos y a todos los que son descartados en nuestros días”.

En ese sentido, recordó que el lema de esta Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado es, precisamente, “No se trata sólo de migrantes”.

“Y es verdad”, subrayó, “no se trata sólo de forasteros, se trata de todos los habitantes de las periferias existenciales que, junto con los migrantes y los refugiados, son víctimas de la cultura del

descarte. El Señor nos pide que pongamos en práctica la caridad hacia ellos; nos pide que restauremos su humanidad, a la vez que la nuestra, sin excluir a nadie, sin dejar a nadie afuera”.

El Pontífice señaló que “el Señor nos pide que reflexionemos sobre las injusticias que generan exclusión, en particular sobre los privilegios de unos pocos, que perjudican a muchos otros cuando perduran”.

“El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Una verdad que provoca dolor. Este mundo, cada día es más elitista y más cruel con los excluidos”, lamentó.

El problema descrito por el Papa supone que “los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados”.

“Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja sólo las migajas del banquete”.

En ese contexto de injusticias y de conflictos que afectan a los más pobres, el Santo Padre recordó que “como cristianos no podemos permanecer

indiferentes ante el drama de las viejas y nuevas pobrezas, de las soledades más oscuras, del desprecio y de la discriminación de quienes no pertenecen a ‘nuestro’ grupo”.

“No podemos permanecer insensibles, con el corazón anestesiado, ante la miseria de tantas personas inocentes. No podemos sino llorar. No podemos dejar de reaccionar. Pidamos al Señor la gracia de llorar, ese llanto que convierte el corazón ante estos pecados”.

En ese sentido, subrayó que el mandato evangélico de amar al prójimo como a uno mismo “significa también comprometerse seriamente en la construcción de un mundo más justo, donde todos puedan acceder a los bienes de la tierra, donde todos tengan la posibilidad de realizarse como personas y como familias, donde los derechos fundamentales y la dignidad estén garantizados para todos”.