VERGENNES, Vertmont (CNS) —Durante cuatro años, Eleuterio "Teyo" Hernández-Ortiz ha trabajado en una granja lechera de Vermont para poder mantener a su esposa y cuatro hijas en su ciudad natal de San José Monteverde, en el sur de México.

Es un trabajo agotador, duro y peligroso, y durante mucho tiempo Hernández-Ortiz no podía practicar completamente su fe católica.

No tenía manera de llegar a la iglesia, e incluso cuando lo hacía, no podía entender el inglés que se hablaba en la misa. No había ningún sacerdote que escuchara sus confesiones en español.

Pero el año pasado, después del Sínodo Diocesano de Burlington, los feligreses de las iglesias de San Pedro en Vergennes y San Ambrosio en Bristol —ambas atendidas por el padre Yvon Royer como párroco— decidieron concretar el llamamiento del sínodo para que las parroquias se involucren más en la evangelización a través del servicio a los trabajadores inmigrantes locales.

Un pequeño grupo de trabajadores migrantes asistía a la misa del domingo de vez en cuando, pero después del impacto de la pandemia del virus COVID-19 eran menos los que venían.

Courtney Banach de San Pedro, quien trabaja en una granja con trabajadores migrantes, sabía lo mucho que la fe significaba para ellos —como lo evidencian los collares con cruces que llevaban o las imágenes de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de las Américas, que portan en sus teléfonos—. "Es lo que los mantiene unidos", dijo Banach.

Los feligreses de San Pedro formaron el Equipo de Compromiso con la Comunidad Migrante para reunirse con los trabajadores, conocer sus necesidades y determinar cómo los parroquianos podrían ayudar.

Lo primero que hizo el padre Royer fue aprender la oración de absolución en español para poder dar absoluciones, después de escuchar las confesiones de los trabajadores con la ayuda de un programa de traducción en internet.

El primer evento formal en San Pedro fue una misa en español con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe en 2019. "Fue un gran éxito", dijo Banach. Los integrantes del equipo esperaban que asistiera una decena de personas, pero vinieron 120 --incluyendo los trabajadores, los feligreses y los estudiantes locales del programa federal Job Corps.

"Nos dimos cuenta de que teníamos mucha gente interesada en el ministerio", dijo el padre Royer.

Veintisiete feligreses tomaron clases de español en el salón parroquial, antes de que fueran suspendidas por la pandemia del coronavirus. El servicio de oración en español del Viernes Santo también fue cancelado.

Cuando se reanudaron las misas públicas, algunos feligreses comenzaron a llevar en auto a los trabajadores a la misa diaria. También les dieron botas, chaquetas, ropa e incluso aire acondicionado.

Los parroquianos ahora están vendiendo bolsos elaborados por mujeres de San José Monteverde que no pueden vender su mercancía en México debido a la pandemia.

Dos de los trece dólares de ganancia de cada bolso van a la iglesia de su pueblo. Las fabricantes de bolsos reciben 11 dólares de ganancia; antes solían ganar unos 50 centavos al día.

Muchas de ellas son viudas sin otra fuente de ingresos.

Hernández-Ortiz apreciaba todo lo que los feligreses de Vermont —incluyendo algunos de la Iglesia Nuestra Señora del Buen Socorro en Brandon—les daban a los trabajadores migrantes, pero su visión era que el ministerio se expandiera para ayudar a las familias de los trabajadores en su ciudad natal de 1.500 habitantes.

Aunque el 70 por ciento de los residentes son católicos, sólo acude un sacerdote una vez al año.

Los feligreses aceptaron su idea y "adoptaron" al pueblo, inicialmente recaudando fondos a través de la venta de artículos usados y donaciones para enviar 2.000 dólares para construir un confesionario que se necesitaba en la iglesia.

Enviaron alimentos y más de 100 libras de ropa y ahora están trabajando con Rotary International para financiar un proyecto de 30.000 dólares para una segunda cisterna de reserva de agua potable.

"Estoy muy feliz y me siento orgulloso de poder apoyar a mi comunidad con la ayuda de estas personas", dijo Hernández-Ortiz con la asistencia de un traductor. Le conmueve el deseo que tienen, no sólo de ayudar a los trabajadores migrantes a llegar a misa, sino de ayudar "con lo que es tan importante como apoyar y cambiar vidas en mi comunidad".

Los miembros del equipo de Compromiso con la Comunidad Migrante se dan cuenta de la importancia de los trabajadores migrantes en las granjas del condado de Addison en Vermont.

"Dejan sus hogares y vienen a trabajar aquí en nuestras granjas para que podamos tener buena comida en nuestras mesas", dijo Donna Fox, parroquiana de la Iglesia de San Ambrosio. "Estamos muy agradecidos, y esta es una forma de retribuirles".

Alicia Rodríguez de la Iglesia Nuestra Señora del Buen Socorro y su esposo, trabajan en una granja lechera local. Rodríguez, oriunda de México, se alegró al oír hablar del trabajo del Equipo de Compromiso con la Comunidad Migrante y quiso ayudar. "Ellos son mi gente", dijo refiriéndose a los trabajadores mexicanos.

"Son nuestros hermanos y hermanas en Cristo", dijo Banach. "Es nuestro deber ayudarlos, acercando la iglesia a ellos y haciéndola accesible, y apoyarlos mientras están aquí. Ellos sostienen nuestra economía agraria".

El feligrés de San Ambrosio, Gerry Tetrault, dijo que es un "mandato del Evangelio" ser amable con los extranjeros y acoger a los inmigrantes. Le dio crédito al padre Royer por su compromiso, tiempo y energía con el ministerio.

Para el padre Royer, el esfuerzo por apoyar a los trabajadores inmigrantes y sus familias es "otro recordatorio de los buenos corazones (de los feligreses), corazones muy cariñosos".