José López Zamorano
José López Zamorano

Como cada año, Estados Unidos brindará con margaritas y mariachis el Mes de la Herencia Hispana.

 

En 1968, el presidente Lyndon B. Johnson inició la celebración de una semana a la Herencia Hispana. En 1989 el presidente Reagan promulgó todo un mes en la nación para reconocer y celebrar el legado hispano. Comienza el 15 de septiembre y se extiende hasta el 15 de octubre.

 

Leeremos proclamas emitidas desde los edificios de mármol de la Casa Blanca y del Capitolio, exaltando las innegables contribuciones de los hispanos a la economía, la salud y la cultura de este país.

 

En Washington, por ejemplo, siete entidades; la Biblioteca del Congreso, la Administración Nacional de Archivos y Registros, el Fondo Nacional para las Humanidades, la Galería Nacional de Arte, el Servicio de Parques Nacionales, la Institución Smithsonian, y el Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos, se unieron para rendir homenaje a las generaciones de hispanoamericanos que han influido y enriquecido positivamente esta nación y sociedad.

 

¡Qué bueno, nos lo merecemos! Después de todo, hemos peleado hombro con hombro por la libertad, la independencia y la justicia en todas las grandes batallas de la historia de los Estados Unidos, en la Guerra Civil, en la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, en Corea, Vietnam, en las dos guerras de Irak y en la lucha contra el terrorismo global.

 

Más recientemente un ejército de trabajadores esenciales hispanos –personal médico, trabajadores agrícolas, empacadores de carne, empleados de servicios— ha arriesgado la vida todos los días en las trincheras del frente de batalla contra la pandemia de Covid-19.

 

Así que, en efecto, nos merecemos todas las proclamas y hasta poemas épicos.

 

Pero Estados Unidos sigue teniendo una deuda histórica con millones de inmigrantes hispanos indocumentados, marginados y sin más opción que vivir como ciudadanos de segunda, en la sombra de una sociedad feliz de que arreglen sus casas, poden sus patios o cuiden a sus hijos a bajo costo. Pero no para invitarlos a compartir la mesa, el pan y la sal, como iguales.

 

En este momento no veo que se invierta capital político para revivir la dichosa reforma migratoria, o para la reforma plena del sistema de asilo para atender a los millones que siguen llegando a la frontera o para la dotación de recursos a las agencias migratorias que se han vuelto legendarias por sus retrasos en atender a sus usuarios, que pagan tarifas del primer mundo para recibir un servicio de quinta.

 

Son retos complejos y estructurales que reclaman soluciones integrales e innovadoras. Pero no van a aparecer por arte de magia. Estados Unidos es anfitrión de todo tipo de 'Cumbres' globales, pues hagamos una 'Cumbre' doméstica contra la pobreza, el analfabetismo, la desigualdad y el abuso de drogas.

 

Por supuesto, nadie está pidiendo un trato excepcional sólo para los hispanos. Nuestros problemas y retos son compartidos por millones de personas de todos los colores y todas las nacionalidades. Esas reformas nos benefician a todos.

 

Y dejarían que el Mes de la Herencia Hispana sea no sólo un simbolismo, sino también un ejemplo de que cuentan más los hechos que los dichos a la hora de honrar nuestra herencia.