Es notable el entusiasmo que invade a nuestra sociedad y a nuestras comunidades de fe al saber que poco a poco regresamos a cierto nivel de normalidad.

La reciente pandemia del COVID-19 en verdad ha sido una prueba fuerte en nuestras vidas.

 

¡Cuántas cosas asumimos cada día! La salud, las demás personas, las estructuras que regulan nuestra existencia común, las pequeñas cosas de la vida, etc. Todo ello nos ofrece cierto sentido de normalidad.

 

Nuestra sociedad ha hecho un buen trabajo en los últimos meses controlando el virus. Aun así, una buena porción de la población estadounidense sigue sin vacunarse. La mayoría de las personas en el resto del mundo todavía no tiene acceso a la vacuna y a tratamientos médicos adecuados si llegan a contraer el virus.

 

Cualquier regreso a la normalidad tiene que también reconocer que para millones de personas en nuestra sociedad la vida no será como antes de la pandemia. Cientos de miles de personas se han ido para siempre.

 

Millones no volverán a sus trabajos. Hemos cerrado cientos de parroquias y colegios católicos, y muchos católicos simplemente no volverán a practicar su fe como antes.

 

Hemos aprendido bastante desde que comenzó la pandemia.

 

Estoy en completo desacuerdo con la sugerencia de que el año 2020 fue “un año perdido” o “el año que no fue”.

 

No, no podemos olvidar o ignorar el año 2020.

 

Gracias a ese año, somos distintos como individuos, como sociedad y como iglesia. Tenemos la obligación de afirmar las lecciones aprendidas.

 

Por ejemplo, la generosidad que muchos tuvieron hacia quienes estaban en necesidad, el sentido profundo de solidaridad que muchas personas compartieron en los momentos difíciles, la valentía de los trabajadores esenciales, el trabajo inspirador de los científicos y el personal médico, la adaptabilidad de las familias y la creatividad de los creyentes para seguir practicando su fe, entre muchas otras.

 

El regreso a la normalidad nos pide también reconocer nuestras fallas.

 

La pandemia reveló lo fragmentada que está no sólo nuestra sociedad sino también nuestra propia iglesia, gracias en gran parte al veneno de la polarización ideológica que lleva a muchos a sacrificar al bien común con demasiada facilidad para avanzar intereses particulares.

 

Ciertamente muchas realidades disfuncionales de nuestra sociedad y de nuestra iglesia precedían esta crisis global de salud.

 

Sin embargo, la pandemia dejó entrever que mucho de lo que consideramos como normal no lo es o no debería serlo, y tenemos que confrontar las implicaciones de saber dicha verdad.

 

El regreso a la normalidad exige que nos preguntemos: ¿A qué tipo de normalidad queremos regresar?

 

Antes de la pandemia, muchas de nuestras comunidades católicas exhibían una gran dificultad para ser comunidades verdaderamente abiertas a acoger a la población hispana.

 

Muchos de nuestros agentes pastorales no encontraban el valor para confrontar sin ambigüedad el pecado del racismo en sus homilías y actividades.

 

Muchos católicos se dejaron arrastrar por discursos que trataban a los inmigrantes, los refugiados y los pobres como amenazas. Otros se encontraban muy cómodos con discursos que se quedaban cortos afirmando la vida y la dignidad de toda persona humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

 

Por décadas, nuestra iglesia ha visto cómo millones de jóvenes católicos y sus familias se alejan de nuestras comunidades.

 

Parece que perdimos la capacidad de conectar con ellos y que no ofrecemos respuestas satisfactorias a sus interrogantes y preocupaciones.

Los católicos desean mucho más que ir a Misa en nuestros templos.

 

Si el regresar a la normalidad significa regresar a lo que era el estatus quo de antes de la pandemia, creo que hay poco apetito para ello, especialmente entre los jóvenes.

 

Si hacerlo exige ignorar las lecciones aprendidas durante la crisis, el sufrimiento y lo que perdieron aquellas personas cuyas vidas no serán “normales” otra vez, entonces no quiero ser parte de esa normalidad.

 

Invito a agentes pastorales, educadores, padres de familia y otros católicos a que en los siguientes meses tengamos conversaciones abiertas y críticas sobre lo que significa volver a la normalidad, y a crear espacios para ello. No perdamos la esta oportunidad para acompañarnos mutuamente.

 

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Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.