Estimados lectores,

En medio de la tempestad con la pandemia del coronavirus, el santo Padre nos dice que “hay que abandonarnos con confianza en Dios, sobre todo en los momentos de prueba y duda, y no tener vergüenza de gritar: “Señor sálvame”, dijo el pontífice en su mensaje dominical del 9 de agosto, aseverando que Jesús “sabe” que “nuestra fe es pobre y nuestro camino puede ser perturbado, bloqueado por fuerzas diversas”.

Ante un panorama marcado por el sufrimiento, la incertidumbre sanitaria y económica y últimamente las protestas y manifestaciones con disturbios incluidos, es entendible que no es fácil mantener la fe, como tampoco lo es confiar en los demás y pedir ayuda.

En las ocasiones agobiantes lo primero que aparece es la desesperanza y el temor y es precisamente en esos momentos cuando necesitamos reforzar el amor hacia nuestro Padre Celestial y permanecer confiados en El. Mientras más grande la prueba, mayor la fe.

En el Evangelio de San Mateo, Jesús dice: “si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a esta montaña: ‘muévete de aquí allá’, y se moverá; y nada os será imposible (Mt. 17-20).

Cuando observamos nuestra realidad con las noticias sobre los hospitales abrumados con el número de pacientes o en el peor de los casos, sistemas de salud colapsados, las estadísticas de contagios y muertes, las tasas de desempleo y una política del gobierno marcada por la indiferencia hacia la pandemia, es obvio que todo esto ponga de relieve nuestra vulnerabilidad.

Sin embargo, como católicos tenemos la certeza de que sin la fortaleza que Dios da a nuestras vidas, es casi imposible atravesar este desierto por donde caminamos.

Los peligros de esta pandemia amenazan la supervivencia humana, pero al mismo tiempo nos invitan a una profunda reflexión para volver nuestro corazón a Dios y descubrir lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. 

Hay incontables historias de fe en la Biblia, de hombres como Noé, Abraham, Daniel y más, historias que nos pueden ayudar a inspirar con esos grandiosos testimonios de como su fe fue probada y, sin embargo, a pesar de las dificultades, los protagonistas de esas historias con mucho coraje y valentía se sostuvieron confiados en Dios y El en su inmenso amor y misericordia jamás les falló.

Sabemos que el virus está fuera del control de todos; científicos, médicos y políticos. Nadie es inmune al virus y la única forma en que podemos continuar, además de la fe en Dios, es ayudándonos los unos a los otros, trabajando juntos, practicando nuestros valores del amor, la solidaridad, el respeto y la compasión.

Generalmente, estamos acostumbrados a tener el control de todas las situaciones y querer resolver los problemas de cierta manera, basados en nuestra experiencia.

No obstante, necesitamos entender que la sociedad se ha salido de todos los esquemas conocidos, entonces se requiere que seamos humildes para aprender, pedir ayuda, seguir las recomendaciones, cuidar de nosotros mismos y nuestras familias y como nos dice el papa Francisco abandonarnos confiadamente a la voluntad de Dios ante los infortunios y las dificultades y permitiendo que Dios haga su obra, confiando en que El siempre tiene para nosotros lo mejor.

En el Evangelio de San Mateo Jesús nos dice: “Pedid, y se os dará; buscáis, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Y si le pide un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?” (Mt.7:7-11).

Mi propia experiencia y el aprendizaje de las de otras personas me han enseñado a pausar, a no querer controlarlo todo y entregar todo en manos del Señor y a dar gracias por cada situación que vivimos sin desesperarnos o desanimarnos.

Como humanos sé que fallamos en descubrir el plan y propósito de Dios en nuestra vida. Tal vez necesitamos recordar que el sufrimiento va y viene, hace parte de la vida, pero un corazón fuerte en la gracia de Dios nunca pierde la fe.

No hay nada más esperanzador que saber que estamos a expensas de la voluntad de Dios y que lo que hacemos no es por nosotros mismos sino de acuerdo con la voluntad de nuestro amoroso Padre Celestial.

Dios los bendiga.